De regreso en la Academia, Evelyn fue a entregar el reporte. Nosotros nos fuimos a descansar. Una hora después, tumbado en mi cama, alguien llamó a la puerta.
Damian abrió. Escuché murmullos.
—Brayden, te buscan.
Me asomé. Luna estaba en el marco de la puerta, mirando al suelo.
—¿Luna? —pregunté, sorprendido—. ¿Qué te trae por aquí?
Luna casi nunca salía de su habitación. Excepto para entrenar o para misiones. Mucho menos para hablar con alguien.
—En realidad —dijo, sin levantar la mirada— vine a darte las gracias de nuevo.
—No es necesario —respondí con suavidad—. Haría lo que fuera por salvar a una amiga. Además, tú intentaste salvarme cuando caí. Así que estamos a mano.
—Supongo que tienes razón —dijo, pero no se movió—. Solo vine porque Cassandra me insistió.
Un minuto de silencio incómodo.
—Bueno, si eso era todo... —comencé a cerrar la puerta.
—Espera.
Levantó la mirada. Sus ojos, normalmente vacíos, ahora brillaban con algo frágil.
—Gracias por decir que soy tu amiga —dijo, y su voz tembló ligeramente—. No sé mucho de esas cosas. Cassandra es la única que considero así. Nunca he tenido amigos... pero supongo que ahora también lo eres tú.
—No tienes por qué agradecer —dije, y lo decía en serio—. A todos en el equipo los considero amigos.
—En ese caso... —una pequeña sonrisa, apenas un movimiento de labios— nos vemos.
Se fue. Cerré la puerta.
—Así que Luna, eh... —bromeó Damian con una ceja alzada.
—No es lo que piensas —repliqué, pero sonreía.
—Como digas —se cruzó de brazos—. Pero lograste que la silenciosa y seria Luna hablara y sonriera.
—Fue raro verla así —admití—. Pero no está mal. Supongo que nuestros lazos como equipo se están fortaleciendo.
Esa noche, me dormí con una sensación cálida en el pecho.
No sabía que era la última vez que me sentiría así en mucho tiempo.
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A medianoche, un estruendo sacudió la Academia.
—¿¡Qué rayos fue eso!? —Damian saltó de la cama.
—No lo sé —respondí, ya vistiéndome.
Salimos corriendo. En el pasillo, nos encontramos con las chicas. Cassandra y Luna ya estaban en posición de combate. Evelyn nos evaluó rápidamente.
—¿Qué está pasando? —le pregunté.
—Ni idea —su rostro estaba tenso—. Pero parece que estamos bajo ataque. Lo mejor será ir a buscar armas y defender la Academia.
Corrimos hacia el área de entrenamiento. En el camino, nos topamos con monstruos. Decenas de ellos. Los eliminamos sin piedad, pero mi mente trabajaba a toda velocidad. ¿Monstruos? ¿Dentro de la Academia? Eso era imposible. Las barreras eran impenetrables.
—¿Qué hacen monstruos aquí? —preguntó Cassandra, reflejando mis pensamientos.
—No tengo ni idea —replicó Evelyn—. Pero no podemos detenernos.
Llegamos al área de entrenamiento. Recogimos nuestras armas. Yo no necesitaba ninguna, pero el contacto con el metal siempre me calmaba. Estábamos a punto de salir cuando...
—Hola, estudiantes...
La voz surgió de las sombras. Profunda. Fría. Familiar.
Félix emergió de la oscuridad. Pero no era el Félix que conocíamos. Su rostro estaba vacío. Sus ojos... sus ojos eran pozos sin fondo.
—¡Profesor! —exclamó Thalia, el alivio visible en su rostro—. ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué hay tantos monstruos?
Félix dio unos pasos al frente. Su mirada recorrió el grupo, y cuando llegó a mí, se detuvo. Sonrió.
—No tienen de qué preocuparse —dijo—. Todo terminará pronto. Estarán bien... mientras no salgan de aquí.
—¡No podemos quedarnos! —protestó Damian—. ¡La Academia está en peligro!
La sonrisa de Félix se ensanchó.
—Creo que no me expresé bien —dijo, y su voz se heló—. No saldrán de aquí.
Levantó la mano. El suelo tembló. Seis golems emergieron de la piedra. Pero no eran como los de entrenamiento. Sus cuerpos irradiaban una energía asesina. Sus ojos brillaban con una luz roja y antinatural.
—¿¡Qué demonios haces!? —grité, sin poder creerlo.
—Lo que debe ser hecho —respondió, y su voz era inhumana—. Reducirlo todo a cenizas.
—¡Nos traicionaste! —Cassandra dio un paso al frente, su guadaña brillando—. ¿¡Por qué!?
—¿Traición? —Félix rió. Una risa seca, rota—. No sean ingenuos. Nunca estuve de su lado. Ustedes... —sus ojos encontraron los míos— fueron mi experimento más interesante.
Levantó la mano.
—Ahora... ríndanse. O mueran.
Los golems se lanzaron.
La batalla fue brutal. Estos no eran los golems lentos de entrenamiento. Eran rápidos, precisos, y cada golpe buscaba matar.
—¡Brayden, inmovilízalos! —gritó Evelyn—. Cassandra y yo haremos el resto.
—¡Mordida de la Serpiente Sombría!
Las serpientes brotaron, enredándose en las piernas de los golems. Pero sentí su resistencia. Estos golems estaban imbuidos de algo que repeliaba mis sombras.
—¡Danza de la Luna Negra!
Cassandra giró como un torbellino. Su guadaña dibujó arcos de oscuridad en el aire. Tres golems cayeron.
—¡Danza de la Sombra Roja!
Evelyn desapareció y reapareció entre los golems restantes. Sus dagas brillaron. Tres más cayeron.
—¡Brayden, ahora! —gritó Evelyn—. ¡Ve por Félix!
Concentré todo. El maná oscuro rugió en mi interior.
—¡Relámpago Profano!
El rayo cayó. La explosión envolvió a Félix. Por un instante, creí que había terminado.
—Bien —dijo Thalia, aliviada—. Acabamos con él. ¡Es hora de salir!
Pero entonces...
—Oh, caballeros olvidados por el tiempo... —la voz de Félix surgió de entre el humo— que las arenas del desierto se agiten para devolverlos al campo de batalla...
—¡Eso es un encantamiento de invocación masiva! —exclamó Evelyn, su rostro pálido—. ¡Prepárense, viene algo grande!
—¡Legión Olvidada!
El suelo se abrió. Cien caballeros de roca emergieron. Sus armaduras estaban cubiertas de runas antiguas. Sus espadas vibraban con poder.
Editado: 30.08.2026