Luego de los tres días libres, el jefe Zarius convocó a todos los estudiantes en el patio principal. El sol estaba alto, pero a mí me parecía que una sombra eterna se cernía sobre nosotros.
—Todos deben estar muy desconcertados con respecto a los eventos sucedidos —comenzó Zarius, su voz amplificada por el maná, llegando a cada rincón del patio. Caminaba de un lado a otro en el estrado, sus manos gesticulando con precisión calculada—. El ataque fue llevado a cabo por un grupo de personas que se hacen llamar los Heraldos del Eclipse.
Lo observé con atención. Cada palabra. Cada pausa. Cada microexpresión. Buscaba algo. Una grieta. Un indicio.
—No sabemos cuáles eran sus verdaderas intenciones —continuó—, pero lo que sí sabemos es que no son nada buenos y planean destruir esta Academia.
Hizo una pausa dramática. Sus ojos recorrieron la multitud. Cuando llegaron a mí, se detuvieron un instante. ¿O fue mi imaginación?
—¡Eso es algo que no permitiremos! —levantó el puño—. ¡Todos lucharemos por proteger Abalon!
La multitud estalló en vítores. Gritos de apoyo. Puños en alto. Caras de determinación.
Yo me quedé en silencio.
No dejo de pensar en lo que vi en la oficina de Félix. No dejo de pensar en que Zarius está involucrado. Las fotos. Los números. Los veinte mil. Los quince mil muertos. Los veinticinco supervivientes. Y ahora... ahora pienso que los Heraldos del Eclipse están en lo correcto. Que hay que destruir este lugar corrupto.
—¡Brayden! —la voz de Damian atravesó mis pensamientos como un cuchillo.
Parpadeé. Él estaba frente a mí, con el ceño fruncido.
—¿Qué sucede? —pregunté, mi voz más plana de lo que pretendía.
—Te llamaba como cinco veces —dijo, preocupado—. Evelyn nos convocó a una reunión. Al parecer hay una misión. Vamos, no te quedes ahí.
Asentí y lo seguí. Pero en el camino, no pude evitar mirar hacia atrás. Zarius seguía en el estrado, recibiendo el apoyo de la multitud. Sonreía. Pero sus ojos... sus ojos estaban fríos. Calculadores. Como los de un científico observando un experimento exitoso.
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La sala de reuniones estaba llena cuando llegamos. Ambos equipos completos: los once. Evelyn ya estaba allí, seria como siempre. Damian y yo nos sentamos en los lugares vacíos. Nadie hablaba. El ambiente era tenso.
Zarius entró. Su presencia llenó la sala. Cerró la puerta tras de sí y se colocó al frente, con las manos entrelazadas detrás de la espalda.
—Bien, ahora que estamos todos, primero quiero felicitarlos por su desempeño en la batalla contra Félix —dijo, y sus ojos me buscaron—. En especial a ti, Brayden.
Sonrió. Una sonrisa cálida. Amable. Pero yo había visto esa sonrisa antes. En las fotos. En los informes. Era la sonrisa de alguien que mira un producto exitoso.
Simplemente asentí con la cabeza. Mi rostro no se movió.
Zarius sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario. Luego continuó.
—Bueno, es hora de decirles por qué están aquí hoy. Serán enviados a explorar una región en la que el maná se está comportando de forma inusual.
—¿A qué se refiere con inusual? —preguntó Logan, inclinándose hacia adelante.
—Me refiero a que está corrupto —Zarius entrecerró los ojos—. O al menos, así lo perciben nuestros sensores. Es algo extraño, por eso deben investigar e informar de inmediato.
Sacó un mapa holográfico de su tablet. La región apareció proyectada en el centro de la mesa. Una zona montañosa, densamente arbolada.
—He llamado a los dos equipos debido a que la zona a explorar es extensa —explicó—. Se dividirán en dos grupos, pero habrá un pequeño cambio de alineación.
Señaló a Evelyn y luego a mí.
—Los jefes de esta misión serán Evelyn y Brayden. Evelyn dirigirá a su equipo normal, al que se le añadirá Logan. Por otro lado, Brayden pasará a liderar al otro equipo.
Miré a mi nuevo equipo: Diana, Axel, Sophia, Aaron, Edward. Caras conocidas. Caras que, hace un mes, habrían sido cálidas. Ahora solo eran extraños.
—Las órdenes de ambos capitanes son absolutas y no deben ser discutidas —Zarius endureció el tono—. Ahora, salgan y quédense solo los capitanes.
Todos se levantaron. Mientras salían, sentí la mirada de Diana. Fría. Distante. No la culpaba.
Cuando la puerta se cerró, Zarius cambió. Su expresión se volvió completamente seria. La máscara del líder carismático cayó.
—Les pedí quedarse para explicarles mejor el sentido de la misión —dijo, su voz más grave—. En este lugar, oculta en algún lado, hay una placa de piedra con una profecía para el mundo. Nos interesa saber de qué trata.
—¿Para, si es algo malo, intentar evitarla? —intervino Evelyn. Siempre tan profesional.
—Exacto —Zarius asintió—. El problema es que nos han llegado informes de que los Heraldos del Eclipse también están tras esta profecía. Y no cualquier lacayo, sino peces gordos.
—¿A qué se refiere, señor? —Evelyn frunció el ceño.
—Entre ellos hay seis de gran poder —Zarius bajó la voz—: los Seis Apóstoles del Eclipse. Actualmente solo quedan cinco, ya que ustedes acabaron con uno.
—Así que Félix era uno de esos Apóstoles... —murmuré. No era una pregunta. Ya lo sabía.
—Exacto —Zarius asintió, y por un instante, creí ver algo en sus ojos. ¿Respeto? ¿Admiración?—. Según nuestros espías, al menos dos de ellos podrían estar en la zona a la que van. Así que les pido que, si se encuentran con esos y no pueden derrotarlos, escapen sin pensarlo dos veces.
—No se preocupe, señor —Evelyn se puso de pie, erguida—. La misión será un éxito. Confíe en nosotros.
Me miró. Esperaba que hiciera lo mismo. Que me levantara. Que asintiera. Que mostrara respeto.
Me levanté. Di la vuelta. Caminé hacia la puerta.
—¿Y bien? —dije, sin mirar atrás—. Es hora de partir.
Sentí su mirada en mi espalda. Y la de Zarius también. Pero no me detuve.
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El viaje fue largo. Ocho horas en un transporte sellado, sin ventanas, solo el zumbido del motor y el silencio incómodo de mi equipo. No hablé. No porque no quisiera. Porque no sabía qué decir.
Editado: 30.08.2026