—Llevamos ya un buen rato caminando y no encontramos nada… ni siquiera una pista —dijo Thalia, con la respiración entrecortada. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano, sus ojos recorriendo el horizonte sin esperanza.
—No debemos desesperarnos —respondió Evelyn con firmeza. Su voz era un ancla en medio de la incertidumbre—. Algo encontraremos, lo presiento.
Damian caminaba en silencio, su mano siempre cerca de la empuñadura de su katana. Luna observaba cada sombra, cada movimiento entre los árboles. Cassandra mantenía su habitual expresión impasible, pero sus dedos tamborileaban sobre el asta de su guadaña. Logan, como siempre, intentaba parecer relajado, pero su mandíbula tensa delataba su nerviosismo.
El sol comenzaba a declinar cuando llegaron a una zona desolada. Casas deterioradas, con techos hundidos y paredes agrietadas, rodeaban una fuente antigua cubierta de musgo. El lugar tenía la sensación de un pueblo abandonado hace décadas, devorado lentamente por la naturaleza.
Y en el centro de ese silencio, una voz.
Era un tarareo. Suave. Melódico. Pero extrañamente vacío, como si la melodía no tuviera alma.
Una joven de cabello pálido estaba arrodillada junto a la fuente, sus dedos rozando el agua estancada. Parecía ajena al mundo, perdida en su propia canción.
—Hola... —Evelyn dio un paso adelante, con cautela—. ¿Eres de por aquí?
La joven se puso de pie lentamente. Cuando se giró, su rostro mostró una serenidad absoluta. Demasiado perfecta. Demasiado vacía.
—No —respondió, su voz tan suave como su tarareo—. Solo... este lugar me transmite paz.
—¿Sabes algo de él? —preguntó Logan, curioso, acercándose un paso más de lo recomendable.
—Se podría decir que sí —dijo la chica. Alzó la vista hacia el cielo, como si buscara respuestas en las nubes. Su expresión era etérea, casi irreal.
—Perdona, olvidé presentarme —Evelyn hizo una pequeña reverencia, siempre diplomática—. Soy Evelyn. Ellos son Cassandra, Logan, Luna, Thalia y Damian. Estamos aquí por una investigación.
—Es un placer —la joven sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos—. Mi nombre es Eco. Y al igual que ustedes... estaba investigando.
—¿Investigabas qué? —intervino Cassandra. Su instinto le decía que algo no encajaba.
—Escritos antiguos —respondió Eco. Esta vez no apartó la mirada de la fuente. Sus dedos volvieron a rozar el agua—. Restos de un pasado que muchos prefieren olvidar.
—Qué coincidencia —Logan sonrió, sin captar las señales de alerta—. Nosotros también buscamos algo así... una especie de profecía.
Los ojos de Eco se entrecerraron. El aire a su alrededor cambió. Se volvió más denso. Más frío.
—¿Son... de la Academia Abalon? —preguntó. Su voz ya no era suave. Era acero envuelto en seda.
—Sí —respondió Thalia, con una sonrisa inocente—. ¿La conoces?
Eco suspiró. Un suspiro largo, profundo, cargado de algo que ninguno de ellos pudo identificar en ese momento.
—Qué lástima… —dijo, y su rostro se tornó completamente inexpresivo—. Tendré que acabar con ustedes.
—¿Qué dijiste? —Cassandra dio un paso atrás, su guadaña ya en posición.
—Clave de Sol.
No hubo tiempo de reaccionar. Un estallido sónico, invisible, golpeó sus cuerpos como un mazo gigante. Volaron hacia atrás, estrellándose contra las paredes de las casas ruinosas, contra el suelo, contra los árboles.
—¿¡Qué rayos haces!? —gritó Damian, poniéndose de pie, la katana ya desenvainada.
Eco enderezó la espalda. Su cabello pálido flotó como si un viento invisible lo levantara.
—Soy Eco, Apóstol del Eclipse —declaró, y su voz resonó con una armonía antinatural—. Y ustedes, como miembros de Abalon, deben ser eliminados.
—¡Mierda! —Evelyn se puso en posición, sus dagas brillando—. ¡Todos en guardia! ¡Ataquen sin piedad o moriremos aquí mismo!
El grupo se lanzó como una tormenta. Acero, llamas, electricidad, energía mística. Todo contra una sola mujer.
Pero Eco no se movía con desesperación. Esquivaba con la gracia de una bailarina, su cuerpo moviéndose en ángulos imposibles, cada ataque pasando a centímetros de su piel sin tocarla. Como si pudiera ver el futuro. Como si el aire mismo le susurrara dónde estaría cada golpe.
—¡No dejen que esquive! —gritó Evelyn—. ¡Vamos, con todo!
—¡Asalto de las Mil Chispas! —Damian liberó una serie de tajos eléctricos, rayos que cruzaron el aire en patrones caóticos.
Eco giró. Los rayos pasaron silbando a su alrededor, ninguno impactó.
—¡Déjamela a mí! —bramó Logan, su hacha brillando con aura carmesí—. ¡Corte del Rugido Bestial!
Su hacha giró en un corte horizontal feroz, capaz de partir un árbol en dos. Eco levantó una mano. Movió apenas los dedos frente al arma. Un pulso sónico, casi imperceptible, desvió el golpe. El hacha pasó rozando su costado, incrustándose en el suelo a sus pies.
—Ya veo… —susurró Cassandra, sus ojos analizando cada movimiento—. Usa ondas de sonido para alterar el curso de nuestros ataques…
—¿¡Cómo!? —exclamó Damian, incrédulo.
—Entonces, ¿cómo la enfrentamos? —preguntó Evelyn, apretando los dientes.
—¡Por ahora, con fuerza bruta! —Logan recuperó su hacha—. ¡Alguno de nuestros ataques debe alcanzarla!
—No importa cuánto lo intenten —dijo Eco. Su voz era fría, distante, como si ya hubiera visto el final de esta batalla—. No podrán tocarme.
Los minutos se volvieron eternos. Uno a uno, fueron cayendo de rodillas. Jadeantes. Heridos. Frustrados. La sangre brotaba de pequeños cortes que ni siquiera recordaban haber recibido. El agotamiento pesaba como plomo en sus músculos.
—Esto… esto no tiene sentido —murmuró Luna. Sus manos temblaban, su aura blanca parpadeaba—. Es como pelear contra el viento.
—Si ya se cansaron... —Eco extendió los brazos hacia el cielo. Su cabello flotó más alto. Su cuerpo comenzó a irradiar una luz tenue—. Ahora me toca a mí.
Editado: 30.08.2026