El viaje de regreso a Abalon fue un entierro en vida. Nadie dijo una palabra. El cuerpo de Logan yacía cubierto en la parte trasera del transporte. Edward no se separó de él. Diana miraba al vacío. Thalia lloraba en silencio. Damian apretaba la empuñadura de su katana hasta que sus nudillos blanquearon. Luna temblaba, y Cassandra la sostenía.
Yo solo podía pensar en una cosa: Podríamos haberlo evitado. Si hubiera llegado antes. Si hubiera sido más fuerte. Si no nos hubieran mentido.
La mayoría de nosotros conocía a Logan desde hacía años. Éramos amigos desde antes de que el maná existiera, desde antes de que la Academia nos convirtiera en esto. Nunca pensé que llegaríamos a perder a alguien.
Pero aquí estábamos.
Al llegar a Abalon, Evelyn y yo informamos de la situación. Se convocó una reunión urgente. La sala estaba llena de caras serias, de líderes, de estrategas. Gente que no había estado allí. Gente que no había visto a Logan caer.
—No sabemos muy bien qué quiere decir la profecía —dijo uno de los presentes, un hombre mayor con gafas—, pero podemos estar seguros de que no será nada bueno para nosotros.
Los murmullos comenzaron. Teorías. Miedos. Suposiciones.
—Silencio —ordenó Zarius desde el frente. Su voz impuso calma—. No permitan que cunda el pánico. Por ahora intentaremos descifrar la profecía, pero también debemos prepararnos. Los Heraldos del Eclipse podrían intentar atacar la Academia otra vez, y debemos estar listos.
Todos asintieron. Se discutieron planes. Fortificaciones. Patrullas. Estrategias.
Yo no dije nada.
Cuando la reunión terminó, salí sin mirar atrás. Necesitaba aire. Necesitaba silencio. Necesitaba un lugar donde el peso de todo no me aplastara.
Caminé hasta una pequeña playa solitaria, escondida entre los acantilados de la isla. El sonido de las olas era el único consuelo. Me senté en la arena, mirando el horizonte, intentando vaciar mi mente.
—No pensaba que alguien más conociera este lugar —dijo una voz detrás de mí.
Me giré. Cassandra y Luna estaban allí, de pie en la línea donde la arena encuentra la vegetación.
—Cassandra, Luna… —me puse de pie—. ¿Qué las trae por aquí?
—Lo mismo que tú, supongo —respondió Cassandra, caminando hacia la orilla—. Despejar la mente.
Se sentó a poca distancia. Luna hizo lo mismo, más cerca del agua, sus pies descalzos tocando las olas.
—Por cierto —añadió Cassandra, con una pequeña sonrisa—, Luna me contó que ahora son amigos.
Miré a Luna. Ella seguía concentrada en el mar, pero sus orejas se habían teñido ligeramente de rosa.
—Sí, bueno… —dije, rascándome la nuca—. No es raro que seamos amigos.
—No he dicho que lo sea —Cassandra me miró, y por primera vez vi calidez en sus ojos—. Pero si Luna te considera su amigo, yo también. Confío mucho en ella.
Luna, al oír esto, sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida, pero genuina.
—Así que, si algún día quieres hablar de lo que sea —continuó Cassandra—, dilo con total confianza.
Hubo un silencio cómodo. El sonido de las olas llenaba los espacios.
—Oye… —dije, incómodo—. Una cosa. ¿Luna está enamorada de mí?
Cassandra soltó una carcajada. Una risa genuina, libre, que contrastaba con todo lo que habíamos vivido.
—¿Jajajajaja! —se sujetó el estómago—. ¿Por qué preguntas eso?
—No lo sé… —admití, sintiendo mis mejillas arder—. Simplemente me pareció raro su cambio de actitud conmigo. Y no es que ella sea extraña ni nada… es solo que yo no siento nada por ella.
Cassandra se secó una lágrima de risa. Su expresión se suavizó.
—No te preocupes —dijo, mirando a Luna con cariño—. Luna es así porque nunca tuvo amigos. Siempre le costó mucho hablar con personas. Si se comporta así contigo es porque de verdad te aprecia.
Miré a Luna. Ella seguía absorta en el atardecer, pero sus labios dibujaban una sonrisa tranquila. Por un momento, el mundo no parecía tan oscuro.
—Otra cosa que siempre quise preguntarte… —dije, volviendo a Cassandra—. ¿Por qué al principio me daba la impresión de que ya sabías algo del maná?
Cassandra no respondió de inmediato. Miró el horizonte. Su expresión cambió. Se volvió más pesada.
—Con respecto a eso... —suspiró—. Yo ya poseía maná antes que ustedes.
—Ahora entiendo... —dije en voz baja—. Eres una de las sobrevivientes.
Cassandra se giró hacia mí, sorprendida.
—¿Cómo sabes de eso?
—Luego de que acabáramos con Félix, él me entregó una llave —expliqué—. Me dijo que si quería saber la verdad, fuera a su oficina y lo viera por mí mismo.
Cassandra asintió lentamente. Su mirada se perdió en el pasado.
—Así que de eso se trata… —dijo, su voz más baja—. Luna y yo somos de esos sobrevivientes. Fuimos sometidas a esos experimentos desde que éramos niñas.
—Aún no entiendo por qué le hicieron eso a tanta gente —dije, sintiendo la rabia brotar de nuevo.
—Según ellos, era porque debíamos prepararnos para una batalla.
—¿Una batalla?
—Al principio no entendía —Cassandra negó con la cabeza—. Pero luego de saber sobre la profecía, creo que a eso se referían.
—Así que siempre lo supieron… —apreté los puños—. Y nunca nos dijeron nada.
—Eso parece…
El sol se había ocultado casi por completo. Solo quedaba un resplandor naranja en el horizonte.
—Bien —Cassandra se puso de pie—. Creo que ya es tarde. Iremos a nuestra habitación. ¿Tú qué harás?
—Creo que iré a dar un paseo —respondí, sin apartar la mirada del mar.
—De acuerdo. Nos vemos luego.
Se alejaron. Las observé irse, sus siluetas recortadas contra la última luz del día.
Apenas las perdí de vista, la rabia que había contenido estalló.
Caminé rápido. Luego más rápido. Luego corrí.
Directo a la oficina de Zarius.
Llegué sin aliento. Sin tocar. Abrí la puerta de golpe.
Zarius levantó la vista de sus documentos. Su expresión pasó de sorpresa a preocupación en un instante.
Editado: 30.08.2026