El viento azotaba con suavidad los costados de la aeronave mientras avanzaba por los cielos teñidos de gris. A lo lejos, las nubes parecían arrastrarse como bestias dormidas, y el mundo debajo era un tapiz de bosques, montañas y ruinas olvidadas.
El interior era estrecho pero cálido. Luna dormía recostada contra una pared del vehículo, envuelta en una manta, su respiración suave era lo único que rompía el silencio. Cassandra y yo, sentados frente a frente, no hablábamos desde hacía rato.
Había tanto que decir, pero ninguna palabra parecía adecuada.
—¿Sigues pensando en Logan? —preguntó ella finalmente, con la mirada clavada en la ventana. Las nubes grises se reflejaban en sus ojos, dándoles un brillo melancólico.
Asentí con lentitud. El nombre de Logan todavía pesaba en el aire como una herida abierta.
—No dejo de preguntarme si podría haber hecho algo más… algo diferente.
—No fue tu culpa —dijo sin dudar. Su voz era firme, pero suave. Como alguien que ha aprendido a sostener el dolor de otros—. Todos sabíamos que esas misiones eran peligrosas. Él eligió pelear. Eligió protegernos.
—Lo sé —respondí, con un nudo en la garganta que no se disolvía—. Pero aún así…
Cassandra se incorporó, cruzando las piernas sobre el asiento. Tenía esa forma tan particular de mirarme, como si analizara mis emociones, no solo mis palabras. Como si pudiera ver más allá de lo que decía.
—A veces pienso en cómo sería todo si hubiéramos sabido la verdad desde el principio —dijo con una sonrisa amarga—. Si nunca hubiéramos pisado esa Academia...
—Entonces quizás no nos habríamos conocido —añadí sin pensar. Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas.
Ella me miró en silencio, sorprendida. Sus mejillas se tiñeron apenas de un rojo suave, apenas perceptible en la tenue luz del amanecer que comenzaba a colarse por las ventanas.
—Tal vez... eso sí valió la pena —dijo en voz baja.
El silencio que siguió no fue incómodo. Era un silencio compartido, de esos que solo existen entre dos personas que han pasado por el infierno y han salido del otro lado sosteniéndose mutuamente.
La aeronave se sacudió ligeramente. Un par de chispas azules surcaron el cielo en la distancia. Una tormenta de maná estaba formándose cerca, sus relámpagos danzando entre las nubes como serpientes eléctricas.
Cassandra se acercó a mí y apoyó la cabeza en mi hombro. No dijo nada, pero no hizo falta. Su peso era un ancla en medio de la incertidumbre.
Durante varios minutos, solo existimos en ese instante. El zumbido del motor, la respiración de Luna, el latido de su corazón contra mi brazo.
—Gracias —susurré.
—¿Por qué?
—Por venir conmigo. Por no dejarme solo.
Ella alzó la vista y me sostuvo la mirada. Sus ojos parecían reflejar la tormenta que rugía a lo lejos, pero también algo más cálido. Algo que me daba calma en medio del caos.
—No lo habría soportado si te hubieras ido solo —confesó. Su voz tembló ligeramente, solo un instante—. Cuando vi tu espalda alejándose... sentí miedo.
—¿Miedo?
—De no volver a verte.
Mi respiración se detuvo un segundo. El peso de sus palabras cayó sobre mí como una revelación. ¿Por qué Cassandra está actuando así de repente? Iba a decir algo, pero sus dedos se posaron sobre mis labios.
—No digas nada. No ahora —murmuró.
Su mano bajó lentamente, pero la calidez de su toque quedó ahí, suspendida entre los dos.
Guardamos silencio. Afuera, el cielo seguía tiñéndose de púrpura, los relámpagos de maná iluminando las nubes desde dentro.
—Cuando todo esto acabe —dije en voz baja, apenas un susurro— quiero un día sin guerra. Sin misiones. Sin muertos. Solo un día en que podamos existir sin miedo.
Ella no respondió de inmediato. Pero sentí cómo sus dedos se aferraban con más fuerza a los míos.
—Te voy a hacer recordarlo si intentas olvidarlo —susurró al fin, con una sonrisa que no me mostró, pero que supe que estaba ahí.
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Horas después, la aeronave aterrizó en una zona apartada, cerca de las ruinas de un antiguo santuario rodeado de cristales de maná. El suelo brillaba con un resplandor azulado bajo las raíces de árboles muertos, como si la tierra misma estuviera enferma pero hermosa al mismo tiempo.
Descendimos con cuidado, vigilando los alrededores. El aire era diferente aquí. Más denso. Más viejo.
—Según los registros de Félix, aquí podría haber restos del primer asentamiento vinculado a la profecía —comentó Luna, desplegando un pequeño mapa holográfico que proyectaba líneas tenues sobre las ruinas.
—¿Estás segura? —pregunté, escaneando el perímetro.
—Tan segura como puedo estar sin que alguien me dispare un ataque sónico al rostro —dijo, en un raro intento de humor. Su mirada se desvió hacia mí, buscando aprobación.
—Eso es progreso —murmuró Cassandra con una sonrisa.
Comenzamos a explorar. El ambiente era extraño: no silencioso, sino cargado. Como si las piedras susurraran secretos olvidados, como si el viento llevara nombres perdidos. Cada paso levantaba pequeñas nubes de polvo que brillaban con partículas de maná.
Encontramos tallas antiguas cubiertas de moho y runas semienterradas. Entre ellas, un símbolo se repetía: una media luna partida por un rayo descendente. Estaba en todas partes: en las paredes, en el suelo, incluso en los cristales que crecían de forma natural.
Luna lo observó en silencio durante varios segundos. Su dedo trazó la forma en el aire.
—Este símbolo… estaba en los documentos de Félix.
—¿Qué significa? —preguntó Cassandra, acercándose.
—"División Celestial" —Luna frunció el ceño—. Según la teoría, es un presagio de ruptura entre mundos.
—¿Y qué tiene que ver eso con nosotros? —pregunté.
—No lo sé aún. Pero si la profecía habla de un nuevo equilibrio... entonces quizá también hable de romper uno antiguo.
Cuando mis dedos rozaron una de las tallas, algo ocurrió. El símbolo brilló débilmente. Solo un instante. Pero lo sentí en todo mi cuerpo: una vibración que subió desde la piedra hasta mi brazo, hasta mi pecho, hasta ese lugar oscuro donde mi maná residía.
Editado: 30.08.2026