Los Herederos del Mana

Capítulo 14: Cuando los Caminos se Rompen

Ya ha pasado un mes desde que Brayden se fue.

Aún no me acostumbro a estar solo en esta habitación. Su cama sigue ahí, intacta, como esperando que vuelva. A veces, por las mañanas, giro la cabeza para decirle algo y me encuentro con el silencio. Con el vacío.

Incluso el ambiente en los entrenamientos ha cambiado. Es normal, supongo. La mitad del equipo se fue. Pero duele igual.

—Damian, es hora de ir a entrenar —dijo Thalia desde fuera de la habitación.

Suspiré. Me vestí rápido. Al menos todavía me quedan ellos.

El centro de entrenamiento estaba más vacío que nunca. Solo nosotros tres: Evelyn, Thalia y yo. Los golpes contra los maniquíes sonaban huecos, como si el eco se burlara de nuestra pequeñez.

—Concéntrate, Damian —dijo Evelyn, sus dagas brillando mientras atravesaba un golem de práctica—. La nostalgia no te hará más fuerte.

—Lo sé —respondí, ajustando mi katana—. Pero es difícil ignorar el silencio.

Thalia asintió, su lanza trazando círculos en el aire. Ninguno dijo lo que todos pensábamos: Brayden, ¿por qué te fuiste sin explicación?

De repente, la puerta principal se abrió de golpe. Un grupo de desconocidos entró como si el lugar les perteneciera. Ropa de calidad, posturas arrogantes, sonrisas sobradoras.

—Vaya, vaya… —dijo el que lideraba el grupo, un chico de cabello oscuro y mirada penetrante—. Así que estas serán nuestras nuevas instalaciones.

—¿A qué te refieres? —Evelyn se plantó frente a él, sin intimidarse—. Estas son nuestras instalaciones.

El chico la miró de arriba abajo con una sonrisa condescendiente.

—No lo creo, señorita. Su equipo está en decadencia. Ustedes tres no bastarán para las misiones, así que pronto serán retirados de aquí.

—¿Oh? —Evelyn sonrió, pero era una sonrisa peligrosa—. ¿Y qué te hace pensar que nosotros tres no somos suficientes?

—Marco —dijo el chico, dirigiéndose a otro de su grupo—. El chico que dices no está aquí, ¿cierto?

—N-no, Darius —tartamudeó Marco—. Brayden al parecer abandonó la Academia.

Darius asintió, satisfecho.

—Bien. Ese es el único que considero fuerte aquí.

—¿A qué te refieres con eso? —preguntó Thalia, confundida.

—Él logró vencer a Marco —respondió Darius, con total convicción—. A pesar de su apariencia, Marco es increíblemente fuerte. Y aun así, Brayden ganó. Por eso digo que él sí valía la pena.

—Da igual lo que digas —intervine, dando un paso al frente—. No puedes venir y arrebatarnos este lugar solo porque te da la gana.

Darius sonrió. Iba a responder cuando la puerta se abrió de nuevo.

Un agente de la Academia entró, su expresión seria e impersonal.

—Lamento informarles que serán retirados por el momento de las misiones, y por lo tanto este salón dejará de ser usado por ustedes. Órdenes del jefe Zarius.

Se marchó sin dejarnos decir palabra.

—¿Qué mierda significa esto? —exclamó Evelyn, la sorpresa deformando su rostro.

—Me gustaría que salieran de mi salón —dijo Darius, con una sonrisa triunfal.

Salimos. La rabia quemaba mi pecho. Caminamos en silencio hacia la oficina de Zarius, cada paso más pesado que el anterior.

—Iré a hablar con el jefe —dijo Evelyn, su voz temblando de furia contenida.

—Espera —Thalia la detuvo—. Te acompañaremos.

La oficina de Zarius era amplia, llena de pantallas y documentos. Él estaba detrás de su escritorio, como si nos estuviera esperando.

—Es como les cuento —dijo, sin preámbulos—. Son solo tres. Sus posibilidades en una misión son bajas. Hasta que no tengamos más candidatos para su equipo, no podrán participar en misiones.

Evelyn apretó los puños. La vi tragarse las palabras, el orgullo, la furia. Sabía que por mucho que insistiera, la decisión estaba tomada.

Salimos. El pasillo se extendía frente a nosotros como un símbolo de nuestra irrelevancia.

Hasta que Evelyn se detuvo.

—Síganme —dijo, y su voz había cambiado. Ya no era furia. Era determinación.

—Pero el jefe no dijo...

—No importa lo que él diga —cortó Evelyn, girándose hacia nosotros—. Le mostraremos que está equivocado.

Fuimos a la central de misiones. El agente de turno, distraído, nos entregó el encargo sin verificar nuestro estatus. Una mazmorra de nivel medio estaba dando problemas a los novatos. Cerrarla sería pan comido.

O eso creíamos.

La aeronave nos dejó en la entrada de la mazmorra. El aire era húmedo, pesado, y olía a azufre.

Apenas cruzamos el umbral, una horda de criaturas nos recibió. Las enfrentamos sin titubear, abriéndonos paso a golpes. Nuestro entrenamiento daba frutos. Pero algo me inquietaba. Eran demasiado débiles para ser una amenaza real.

Hasta que llegamos a la cámara central.

—Todo está demasiado... tranquilo —susurró Thalia, tensando la lanza entre sus manos.

—¿Esta es la mazmorra que puso en apuros a los novatos? —Evelyn giró la cabeza, decepcionada—. Parece una broma.

Pero algo me erizó la piel. No era silencio… era acecho.

—Creo que ya entiendo el problema... —dije, fijando la vista en la entrada que acabábamos de cruzar.

Una sombra gigantesca bloqueó la puerta.

Dos ojos brillaban como brasas fundidas en la oscuridad. Un dragón de escamas negras como la obsidiana nos miraba, inmóvil, como esperando a que diéramos el primer paso. Su tamaño era absurdo. Su presencia, aplastante.

—¡Mierda! —Evelyn desenvainó sus dagas, la energía brotando de su filo como un aura violenta—. ¡Prepárense! Si lo derrotamos, el jefe nos reconocerá oficialmente.

Cargamos.

Dagas, lanzas y espadas chocaron contra el cuerpo del dragón. Pero sus escamas repelían nuestros ataques como si golpeáramos una muralla de acero viviente. Ni una marca. Ni un rasguño.

El dragón rugió. Su pecho se infló como un fuelle… y entonces el infierno estalló.

Una lengua de fuego abrasador barrió la cámara. Apenas tuvimos tiempo de lanzarnos a los lados. El calor era tan intenso que sentí mi piel ampollarse.



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En el texto hay: jovenes, magia, poderes

Editado: 30.08.2026

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