Ha pasado ya una semana.
Sigo aquí encerrado.
Las paredes de esta celda son frías, pero no tanto como el vacío que siento dentro. Nadie ha venido en estos días. Ni guardias. Ni interrogadores. Nadie.
De igual manera, no importa.
El colgante de Cassandra descansa en mi mano. Lo he mirado tantas horas que ya podría dibujarlo con los ojos cerrados. A veces, cuando cierro los ojos, la veo. La veo sonriendo en esa playa. La veo apoyando su cabeza en mi hombro en la aeronave. La veo desvaneciéndose entre las llamas.
Y entonces abro los ojos y solo hay piedra.
Afuera, el mundo sigue girando. Yo lo sé. Pero aquí dentro, el tiempo no existe.
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En un salón de reuniones de la Academia, el ambiente era irrespirable. Los profesores llevaban días discutiendo, especulando, temiendo. Nadie tenía respuestas. Nadie tenía un plan.
—Llevamos días y los Heraldos no han dado señal de vida —dijo uno de los profesores, un hombre mayor con gafas, visiblemente agotado.
—Esta situación es cada vez más tensa —añadió otro, una mujer de cabello cano—. Estamos esperando a que simplemente hagan algo y ni siquiera sabemos cómo reaccionaremos.
—Para ese problema, yo les tengo la solución.
La puerta se abrió. Una mujer de aspecto imponente entró en el salón. Su presencia llenó la sala. No era alta, pero su mirada hacía sentir pequeño a cualquiera.
—Vaya, miren quién está aquí... —murmuró una profesora con desprecio—. La niña que nos abandonó.
La mujer ignoró el comentario. Caminó directamente al centro de la sala y activó un dispositivo holográfico.
—Ahora mismo todos podrán escuchar las últimas palabras del jefe —anunció.
La voz de Zarius llenó la sala. Grabada. Débil. Pero clara.
"Si están escuchando esto es porque estoy muerto. Eso significa que los Heraldos tienen la llave y que la profecía está por cumplirse."
Silencio. Todos se inclinaron hacia adelante.
"Lo que pude descifrar de la profecía es esto: al parecer, seis pilares de maná aparecerán por el mundo. Ese será el comienzo. Si logran romper el sello, el dios del maná que una vez casi destruyó el mundo será liberado de nuevo. Las seis sombras son los seis Apóstoles. Uno de ellos ya fue eliminado gracias a dos equipos de Despertados. Me refiero a Félix."
Hubo murmullos. Miradas de reojo.
"Ahora, el hijo del Caos y la Luz... desde mi punto de vista, ese sería Brayden. Es capaz de manejar magia del Caos, igual que un hechicero cuando el dios del maná despertó por primera vez. Ese mismo hechicero fue quien impidió su resurrección."
Mi nombre. Pronunciado por un muerto.
"Y por último, la parte que no descifré bien: los seis gritos. Lo más probable es que deban ofrecer sacrificios en cada pilar para romper el sello."
—Esto es demasiada información —exclamó uno de los presentes.
"Aún no termino. Designaré a Amara como la nueva directora de la Academia. Ella sabe qué hacer en este caso. Dejo todo en sus manos."
La grabación terminó. El silencio fue absoluto.
—Bien, ya lo escucharon —dijo Amara, sentándose en el asiento central, el que había pertenecido a Zarius—. Soy la jefa a partir de ahora.
—¡No puedes ser la nueva jefa! —gritó uno de los profesores, poniéndose de pie.
Amara lo miró. Solo lo miró.
—¿Por qué? —preguntó, su voz peligrosamente calmada—. ¿Acaso porque fui uno de sus antiguos experimentos?
El profesor palideció. Nadie dijo nada.
—Si ese es el caso, déjenme decirles algo —Amara se inclinó sobre la mesa—: soy la jefa ahora. Y haré lo que sea necesario para impedir que el mundo se destruya. Si alguno de ustedes se interpone en mi camino, será eliminado sin dudarlo.
El silencio se volvió absoluto. Nadie se atrevió a respirar.
—Sin más preámbulos —Amara se recostó en el asiento—, les explicaré cómo haremos esto. Pasen.
La puerta se abrió. Un grupo de jóvenes entró. Los profesores los miraron con incredulidad.
—Los presentes son —Amara señaló a cada uno—: Damian, Thalia, Marco, Diana y Eira.
Los cinco se colocaron al frente.
—Aún falta uno —Amara miró su reloj—. Se han tardado en traerlo.
En ese momento, la puerta volvió a abrirse. Dos guardias entraron flanqueándome. Iba encadenado de pies y manos. Mi rostro, frío. Mis ojos, vacíos.
Los chicos me miraron con sorpresa. Pero los profesores estallaron.
—¿¡Un prisionero!? —gritó uno.
—¡No puede estar aquí! —vociferó otro.
—¡Es un traidor! —exclamó una mujer.
—¡Todos cierren el pico de una vez! —Amara golpeó la mesa con tal fuerza que la madera se resquebrajó.
El silencio volvió.
—Estos seis chicos —dijo Amara, señalándonos— son los que irán a por los seis pilares.
—¿Qué seis pilares? —reclamó un profesor—. Aún no ha aparecido ninguno.
Como respuesta, la puerta se abrió de golpe. Un agente entró corriendo, sin aliento.
—¡Es urgente! —gritó—. ¡Han aparecido seis pilares que desprenden una gran cantidad de maná por todo el mundo!
Amara sonrió. Tocó la mesa y una pantalla holográfica se encendió.
—Ahí lo tienen —señaló—. Estos son los seis pilares: uno en Argentina, otro en Cuba, Groenlandia, el este de Rusia, Egipto y Australia.
—¿Cómo sabías que esto iba a pasar? —preguntó un profesor, visiblemente molesto.
—Es simple —respondió Amara—. Teníamos espías en las tropas de los Heraldos.
—¡Exigimos saber quiénes son esos espías! —exigió otro profesor.
—Claro —Amara nos miró—. Eira, Cassandra, Luna y Brayden fueron los espías entre los Heraldos.
Un murmullo recorrió la sala. Algunos profesores me miraron con odio renovado.
—También sabemos —continuó Amara— que en cada pilar habrá un Apóstol custodiándolo. No sabemos qué pasará con el pilar sin Apóstol, pero seguramente no estará desprotegido.
—¿Y qué piensa hacer, jefa? —preguntó una profesora.
Amara sonrió. Una sonrisa peligrosa.
Editado: 30.08.2026