La aeronave nos dejó en el cielo, sobre nuestros respectivos destinos. La voz de Amara resonó en los comunicadores.
—Las aeronaves no pueden aterrizar en los pilares. Así que deberán dejarse caer. Eso no es nada para ustedes. Adelante.
Uno a uno, saltamos.
Yo caí hacia Groenlandia. El viento helado me golpeó el rostro. Abajo, el pilar brillaba con una luz azul enfermiza. Y junto a él, una figura me esperaba.
—Vaya, vaya —dijo Argos cuando aterricé—. El traidor está aquí para detenerme. Veamos si eres capaz.
Sonreí. La oscuridad dentro de mí rugió.
—Ha pasado un tiempo, Argos. ¿Qué te parece si nos ponemos al día?
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En Egipto, Thalia aterrizó en la arena. El pilar se alzaba entre las ruinas, y Eco la esperaba con su sonrisa vacía.
—¿No se cansan de perder y morir? —preguntó Eco, su voz hueca como siempre.
Thalia tensó su lanza. La sangre comenzó a brillar en sus venas.
—Esta vez será diferente. Vengaré a Evelyn.
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En Argentina, Damian cayó en medio de una llanura infinita. El pilar brillaba a lo lejos. Un chico estaba sentado en el suelo, esperándolo.
—Vaya —dijo el chico, poniéndose de pie—. Argos tenía razón. Vinieron.
—¿Quién eres? —preguntó Damian.
—Soy Caerum, uno de los Apóstoles. —Sonrió, y en sus ojos brillaron constelaciones—. Vamos a luchar.
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En Rusia, Marco aterrizó entre la nieve. El frío era implacable, pero su determinación era más fuerte.
—Hola niño —dijo una mujer de cabello oscuro, apareciendo entre los árboles—. Mi nombre es Nyra. Prepárate para luchar conmigo.
Marco desenvainó su espada. Su mano no tembló.
—Vaya —dijo, con una seriedad que no le conocía—. Tendré que enseñarte cuál es tu lugar.
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En Cuba, Eira tocó suelo en una playa desierta. El pilar se alzaba entre las palmeras. Pero no había nadie.
—Al parecer aquí no hay nadie —murmuró—. ¿Será este el pilar vacío?
Una sombra se movió entre los árboles. Una figura emergió. No caminaba. Flotaba.
—Tú debes de ser Félix —dijo Eira, reconociendo el rostro—. O al menos, lo que queda de su cadáver.
La figura no respondió. Solo la miró con ojos vacíos.
—No te preocupes —Eira se preparó—. Sé que lo que una vez fuiste ya no está y eres un cascarón vacío. Pero aún así, te dejaré descansar eternamente.
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En Australia, Diana aterrizó en el desierto rojo. El calor era sofocante. Freya la esperaba con una sonrisa arrogante.
—Qué suerte la mía —dijo Diana, sacando sus espadas—. Me tocó la batalla que más esperaba.
Freya rió. Las llamas comenzaron a bailar a su alrededor.
—Vamos a ver si esa actitud dura, niñata.
Freya no esperó. Desató una lluvia de fuego que cayó del cielo como un castigo divino. Explosiones. Ráfagas ígneas. El infierno en la tierra.
Pero Diana se movía como una sombra. Esquivaba. Giraba. Danzaba entre las llamas.
"Definitivamente... este nuevo flujo de maná cambió las reglas. Antes no habría podido esquivar ni la mitad."
—¡Esfera Ígnea! —bramó Freya, lanzando una bola de fuego directa.
Diana no esquivó. Cargó.
—¡Flor de Loto Cortante!
Su espada giró en un tajo elegante y feroz. La esfera se partió en dos, sus mitades estrellándose inofensivamente a los lados.
—¡Aún no he terminado! —Diana rugió—. ¡Esto es por Axel!
—¡Tornado de Dalias!
Pétalos giratorios la envolvieron en un torbellino. Se lanzó contra Freya como una tormenta de cuchillas. Cada giro era una danza. Cada pétalo, un corte.
Freya retrocedió, sangrando por múltiples heridas. Su rostro mostraba algo que nunca había mostrado: sorpresa.
—¿¡Cómo... cómo puedes tener este poder!? —exclamó.
—¿Impresionada? —Diana sonrió, pero era una sonrisa de depredadora—. Esto es solo el comienzo.
Freya rugió. La rabia la desbordaba.
—¡Estrella de Fuego!
Una explosión gigantesca estalló frente a Diana. Esta vez no pudo esquivar. Las llamas la atraparon, la quemaron, la lanzaron contra el suelo.
—Hmph —Freya resopló, levantando la mano—. Al final no son gran cosa...
—¡Aliento de Ignis!
El dragón de fuego se alzó, rugiendo, dispuesto a devorar todo a su paso.
Pero entonces...
—¡Guadaña de la Flor del Sol!
Diana emergió de las brasas. Su ropa, quemada. Su piel, ampollada. Pero sus ojos... sus ojos ardían con una furia que no era de este mundo.
Sus espadas se envolvieron en un brillo dorado. Giró. Un corte semicircular. La silueta del dragón se partió en dos, deshaciéndose en chispas.
—¡Mierdaaaa! —gritó Freya, desbordada—. ¡Este es tu fin, niña!
—¡Canto del Fénix Negro!
Llamas negras emergieron del suelo como una criatura viva. Devoraron todo a su paso. Engulleron a Diana.
Freya respiró hondo. Temblaba.
—Conoce tu lugar, niñata... —susurró, dándose la vuelta.
Una voz se alzó entre el crepitar.
—Nunca... le des la espalda a tu enemigo.
Diana apareció detrás de ella. Cubierta de ceniza. Herida. Pero de pie.
—¿Cómo...? —Freya no podía creerlo.
—Esta es mi última técnica —dijo Diana, levantando sus espadas—. La que guardaba para ti.
—¡Última Flor: Lamento del Jardín!
Una danza final. Silenciosa. Bella. Mortal. Diana se deslizó entre pétalos carmesí, sus espadas trazando arcos perfectos. En un solo movimiento, las clavó en el pecho de Freya.
Directo al corazón.
—No... puede ser... —susurró Freya. La sangre brotó de sus labios. Cayó de rodillas.
—Esta es... mi venganza —dijo Diana. Su voz se quebró—. Y estoy... un poco cansada...
Freya se desplomó. Sus ojos se apagaron.
Diana cayó de rodillas junto a ella. No de victoria. De agotamiento. De dolor. Las heridas en su cuerpo eran profundas. Demasiado profundas.
Una luz azul comenzó a brillar en el pilar.
Diana sonrió débilmente.
—Axel... ya casi voy...
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—¡AAAAHHH! —el rugido de Félix hizo temblar el suelo.
Editado: 30.08.2026