Los Herederos del Mana

Capítulo 18: El Vacío

Los seis fuimos atraídos por el portal gigante como hojas arrastradas por un huracán. El viaje duró solo segundos, pero sentí cada uno de ellos como una eternidad. Mi cuerpo se descomponía y recomponía, mi alma se estiraba como un elástico a punto de romperse.

Y entonces, el silencio.

Aterrizamos en un lugar que no era un lugar. El suelo era una superficie reflectante como vidrio negro. El cielo, un vacío salpicado de estrellas moribundas. Y en todas direcciones, solo infinito.

-¿En dónde diablos estamos? -exclamó Damian. Su voz resonó extraña, como si el espacio mismo la absorbiera.

Miré a nuestro alrededor. Los pilares habían caído. Los Apóstoles estaban muertos. La energía liberada había sido inconmensurable.

-Los pilares cayeron, los Apóstoles murieron y una gran cantidad de maná fue liberada -dije, más para mí mismo que para los demás.

-¿De qué rayos hablas ahora, Brayden? -cuestionó Diana, frunciendo el ceño. Su mano aún sangraba por las heridas de su batalla.

-Esas eran las condiciones para romper el sello del dios del maná -respondí, señalando al frente.

Marco siguió mi mirada. Todos lo hicieron.

Una puerta.

No era una puerta normal. Era inmensa, tallada en una piedra que no pertenecía a este mundo, cubierta de runas que palpitaban con vida propia. Y de ella emanaba una presencia que hacía temblar hasta las partículas del aire.

-S-supongo que tenemos que entrar ahí... -musitó Marco. Su voz, por primera vez, sonaba realmente asustada.

-Esa debe ser la entrada al lugar donde está el dios del maná -afirmé.

Comencé a caminar. Mis pasos resonaban en el vacío. Detrás de mí, los otros me siguieron. No había otra opción.

Atravesamos el umbral.

La luz nos cegó. No era luz cálida ni amable. Era luz de juicio. Luz de creación y destrucción. Cuando nuestros ojos se adaptaron, lo vimos.

Una figura etérea. Un hombre de proporciones perfectas, vestido con ropajes que parecían hechos de estrellas líquidas. Estaba sentado en un trono que flotaba sobre escalones de luz, y su rostro... su rostro era hermoso y terrible al mismo tiempo. Como mirar al sol directamente.

-Hola, hijos míos -saludó. Su voz no provenía de su boca. Provenía de todas partes. De nuestras mentes. De nuestras almas.

El silencio fue sepulcral. Nadie se atrevía a respirar.

-Podéis llamarme Dominus -continuó, inclinándose ligeramente hacia adelante-. Supongo que ustedes fueron los que me liberaron.

-No exactamente... -contesté. Mi voz sonó diminuta.

-Ya veo... -Dominus sonrió, y esa sonrisa heló mi sangre-. De cualquier modo, mi maná los sintió y los trajo hasta mí. Eso significa que serán mis Apóstoles en el nuevo mundo que crearé luego de destruir este mundo impuro.

-Discúlpenos, gran señor del maná -intervino Eira. No había miedo en su voz. Solo determinación-. Pero no vinimos a destruir ningún mundo con usted.

Dominus la miró. Por un instante, su expresión cambió. Ya no era benevolencia. Era algo más oscuro.

-¿A qué te refieres con eso, mi niña?

-Es como ella dice -dije, dando un paso al frente-. No permitiremos que destruyas este mundo. Estamos aquí para detenerte.

El silencio se volvió absoluto. Dominus nos observó largamente. Luego, algo brilló en sus ojos. Reconocimiento.

-Otra vez igual que en aquel entonces... -murmuró, y su voz se volvió un rugido-. Esos estúpidos ancianos dejaron restos de maná. Ahora lo veo claro: ustedes heredaron el poder de quienes una vez impidieron mi liberación.

Se levantó del trono. El movimiento fue suave, pero el suelo tembló. Bajó las escaleras, cada paso un trueno.

-Si su misión es detenerme, déjenme decirles que no les será fácil.

Una ráfaga de energía brotó de su cuerpo. Nos golpeó como un mazo invisible. Sentí mis huesos vibrar, mi alma estremecerse.

-Todos saben lo que tienen que hacer -grité, forzando mi voz a través del dolor-. Esta es la batalla decisiva. El destino del mundo está en juego.

Nos miramos. Asentimos.

-¡A LA CARGA! -rugimos al unísono.

Nuestros cuerpos estallaron en energía mientras nos lanzábamos contra el dios.

Marco y Damian se dividieron, atacando por ambos flancos. Sus espadas brillaban con todo el poder que los minerales antiguos les habían dado.

Dominus no se movió. Esperó. Y cuando estuvieron a centímetros de él, dio un paso atrás. Un solo paso. Sus manos atraparon los brazos de ambos con una fuerza imposible. Los levantó como si fueran plumas.

-Patético -dijo.

Y los lanzó al cielo. Sus cuerpos describieron arcos imposibles antes de estrellarse contra el suelo a cien metros de distancia.

Diana aprovechó el instante. Cargó de frente, sus espadas listas para atravesar el corazón del dios.

Dominus sonrió. Desapareció.

Reapareció detrás de ella.

-¿Buscabas algo?

Una onda de energía pura la golpeó en la espalda. Diana voló como una hoja en el viento.

Thalia y Eira intentaron un ataque combinado. Hielo y sangre, danzando juntos. Dominus ni siquiera pestañeó. Levantó una mano. Una ola de energía las repelió, estrellándolas contra el suelo con brutalidad.

Y entonces... apareció frente a mí.

No vi su movimiento. Solo sentí el impacto. Su mano en mi pecho. Mi cuerpo lanzado al aire. El suelo golpeándome. El dolor. La humillación.

Caímos. Uno a uno. Golpeados. Rotos. Humillados.

-¿Q-qué demonios fue eso...? -murmuró Diana. Su voz era apenas un hilo. Sangre brotaba de su boca.

-Ni siquiera... lo vimos venir... -susurró Marco. Su brazo derecho colgaba inerte. Dislocado.

Dominus flotaba sobre nosotros. Su figura era todo. Su presencia aplastaba.

-Ríndanse, pequeños míos -dijo, y su voz era casi compasiva-. No pueden hacer nada contra un dios.

-¡Relámpago Profano! -grité.

El ataque surgió de mis manos, cargado con toda la oscuridad que habitaba en mí. Un rayo púrpura, capaz de desintegrar montañas.



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En el texto hay: jovenes, magia, poderes

Editado: 30.08.2026

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