Los Hermanos Santiesteban Alonso

CAPITULO 1

Aranthxa estaba viendo un vestido rosa palo que estaba en el escaparate, cerró los ojos y se imaginó con el puesto, abrió los ojos vio el precio y supo que jamás podría pagarlo. Se rió de sí misma, bajito, sin humor. Ni siquiera tenía trabajo. ¿Qué hacía soñando con un vestido que costaba lo mismo que un mes de renta?

Llevaba semanas entregando solicitudes pero todas terminaban en “Nosotros te llamamos” Lo había escuchado tantas veces que se convencía a sí misma que no la llamarían. Estaba a punto de alejarse del escaparate cuando el teléfono vibró en su bolsillo.

Lo sacó tan rápido que estuvo a punto de que se le cayera — llevaba dos días con la pantalla suelta, sostenida apenas por un pedazo de cinta transparente que ya no adhería bien.

—¿Hola? —contestó, sin aliento, como si hubiera corrido para alcanzarlo.

—Buenas tardes, ¿hablo con la señorita Aranthxa?

—Sí, soy yo.

—Le llamo de parte del Grupo Santiesteban. —La voz al otro lado era neutra, profesional, del tipo que ha hecho esta misma llamada cientos de veces—. Hemos revisado su historial y sus recomendaciones, y nos gustaría contar con usted para una entrevista esta tarde.

Aranthxa sintió que el aire se le quedaba a medio camino entre el pecho y la garganta.

Recomendaciones.

Ella no tenía recomendaciones. Apenas tenía experiencia — — cuatro meses fuera de la universidad, dos prácticas profesionales que apenas alcanzaban para llenar media página. Alguien, en algún lugar de esa cadena de papeles y nombres, se había equivocado. Lo supo de inmediato. No dijo nada, necesitaba el trabajo.

—Sí —dijo, y su voz salió más firme de lo que se sentía—. Dígame a qué hora y ahí estaré.

—El señor Santiesteban la recibirá personalmente a las cinco. Le pido puntualidad; él no la espera a nadie.

—Seré puntual —contestó, y algo en su pecho, algo que llevaba semanas apagado, empezó a encenderse otra vez.

Aranthxa camino nueve cuadras hasta llegar a su pequeño hogar que era un cuarto, estaba en el tercer piso y no había elevador cuando ella llegó a vivir ahí pero no se quejo era el único lugar que podía permitirse. Entró a su cuarto, vio la fotografías de sus difuntos padres que fallecieron cuando ella tenía cinco años, ella se quedó al cuidado de su abuela Matilda, ella la alimento cuido y le dio educación hasta hace cinco años que también falleció.

Desde entonces aprendió que la familia no era algo que se tenía, sino algo que se sostenía sola, con lo que hubiera a la mano. Y lo que tenía a la mano, esa tarde, era un clóset que abrió con la esperanza de encontrar algo que no tenía.

Buscó entre las pocas prendas colgadas. Un par de blusas descoloridas de tanto lavado. Una falda que ya le quedaba corta. Nada que sirviera para pararse frente a un hombre que llevaba un apellido en la puerta de un edificio de cuarenta y dos pisos.

Hasta el fondo encontró un pantalón de vestir negro que se había comprado para su titulación, y la camisa blanca que usaba en la escuela, ya un poco desgastada en los puños pero todavía digna si la planchaba con cuidado.

No era un traje. No era lo que usaría alguien como la asistente que Alonso Santiesteban esperaba encontrar.

Pero era lo que tenía, y por primera vez en semanas, decidió que iba a ser suficiente.

Se paró frente al espejo roto que tenía, ya se había bañado y cambiado, había bajado de peso por que no se alimentaba bien en ocasiones solo hacía una comida al día. Se miró de arriba abajo, ajustando el cuello de la camisa, alisando con las manos una arruga que no terminaba de irse.

—Con esto basta —se dijo en voz baja, como si necesitara escucharlo de alguien, aunque esa alguien fuera ella misma.

Afuera, el cielo empezaba a teñirse del mismo rosa palo del vestido que había dejado atrás en el escaparate.

Le quedaban dos horas para llegar a las cinco en punto.

Salió de su casa cuarenta minutos antes tenía que caminar quince cuadras para llegar a la torre donde esperaba su primer empleo formal.

A media cuadra de su edificio, el celular se le resbaló del bolsillo — la pantalla suelta, la cinta transparente que ya no sostenía nada — y cayó de cara contra el pavimento. Se agachó a recogerlo con el corazón en la garganta. La pantalla, ya rota antes, se había partido en una telaraña nueva que le impedía ver casi nada. Al menos encendía. Al menos podía usarlo si entrecerraba los ojos.

Cinco minutos perdidos. Todavía tenía tiempo.

En la esquina de siempre, el semáforo llevaba descompuesto desde hacía días — un cable colgando, la luz parpadeando en amarillo sin decidirse por nada. El tráfico se había acumulado en un nudo que ningún peatón podía cruzar, y ella se quedó ahí, de puntitas, buscando un espacio entre los coches que no llegaba.

Diez minutos más.

Cuando por fin cruzó, el cielo — ese mismo cielo rosa palo que había admirado un par de horas antes — se abrió sin aviso. No era una llovizna. Era una cortina completa, de esas que en esta ciudad llegaban sin anunciarse y se iban igual de rápido, pero que en el momento no dejaban nada seco a su paso.

Aranthxa corrió las últimas cuadras con los brazos cruzados sobre el pecho, protegiendo más el currículum impreso que llevaba en una carpeta que a sí misma. Llegó a la entrada de la torre empapada, con el cabello pegado a la cara y los zapatos haciendo un sonido húmedo a cada paso, dos minutos tarde.

Dos minutos que, en cuanto cruzó las puertas de cristal y vio el reloj del vestíbulo, se convirtieron en siete — porque el reloj de la calle no marcaba lo mismo que el reloj de adentro, y el de adentro era el único que le importaba a Alonso Santiesteban.

La mujer de traje gris del piso treinta y ocho la recibió con una mirada que recorrió el desastre completo: el cabello, la ropa mojada pegada a los hombros, la carpeta que goteaba en la alfombra.

—Llega tarde —fue lo único que dijo, sin necesidad de aclarar cuánto ni por qué importaba.



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En el texto hay: amor, amor intriga

Editado: 11.07.2026

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