Los Hermanos Santiesteban Alonso

CAPITULO 2

Alonso no levantó la vista cuando ella entró. Aranthxa si lo miro, cabello peinado a la perfección, traje negro que Aranthxa imaginaba que valia lo que ella jamas ganaria en años.

—Siéntese, señorita —dijo, sin apartar los ojos de la carpeta.

Ella obedeció, su ropa húmeda hizo un sonido al sentarse, cruzó las manos sobre el regazo para que no se notara el temblor—del frío, se dijo. Solo del frio.

—Según esto —empezó Alonso, pasando una hoja sin mirarla todavía—, tiene ocho años de experiencia en Grupo Ferreira. Tres cartas de recomendación de nivel directivo. Una maestría en Administración.

Aranthxa abrió la boca. La cerró.

No. Quiso decir no, señor, hay un error. Pero la palabra se le atoro en algún punto entre la garganta y la urgencia de no perder lo único que tenía frente a ella en semanas.

—Sí, señor —dijo en cambio, y odió un poco el sonido de su propia voz.

Alonso finalmente levantó la vista. La estudió un segundo —el cabello goteando, la blusa transparentada por la lluvia.

—Es usted más joven de lo que esperaba para un historial así.

—Empecé temprano —dijo Aranthxa, y la frase le salió tan rápido que ni ella supo de dónde la sacó.

—Ferreira tiene fama de exigente.

—Lo es.

Alonso asintió, como si esa respuesta de dos palabras confirmara algo que él ya sospechaba sobre sí mismo: que su instinto para elegir personal nunca fallaba.

—Dígame —continuó, cerrando la carpeta y entrelazando los dedos sobre el escritorio—, ¿por qué dejó Ferreira después de ocho años? Es una salida extraña, tratándose de una posición consolidada.

Aranthxa sintió que el suelo se movía un poco bajo la silla.

—Buscaba... —empezó, y una gota de agua de lluvia eligió exactamente ese momento para resbalarle desde el cabello hasta la barbilla— un reto distinto, señor. Ferreira ya no tenía nada nuevo que enseñarme.

Lo dijo con una convicción que la sorprendió a ella misma. Alonso pareció sorprenderse también, aunque de otra forma.

—Interesante —dijo, y por primera vez algo parecido a un asomo de aprobación le cruzó el rostro—. La mayoría de la gente con ocho años en un puesto así se aferra a la comodidad.

—Yo no soy la mayoría de la gente.

Eso, al menos, era completamente cierto.

Alonso la observó un momento más, y en ese silencio Aranthxa contó cada segundo como quien cuenta los pasos hacia un precipicio sin saber si va a caer o a llegar del otro lado.

—Bien —dijo finalmente, abriendo la carpeta de nuevo, ahora con un gesto distinto, más cercano a la formalidad que a la sospecha—. Su experiencia habla por usted, señorita Villalobos. Empieza mañana a las siete. No siete y cinco. Siete.

—Sí, señor. —Aranthxa se puso de pie antes de que él pudiera cambiar de opinión, con las piernas todavía temblando por dentro—. Ahí estaré.

Salió de la oficina con el corazón golpeándole el pecho y una sola idea repitiéndose sin parar:

Le mentí a Alonso Santiesteban en la cara. Y él me creyó.

No tenía idea de cuánto tiempo iba a poder sostener esa mentira.

Ni de que Alonso, el hombre que se enorgullecía de leer a la gente mejor que nadie en la industria, acababa de cometer el primer error de su carrera — y ni siquiera lo sabía.

Aranthxa salió del edificio con una sonrisa que no le cabía en la cara. La lluvia seguía cayendo, pero ya no le importaba, qué más daba un poco más de agua cuando ya lo estaba desde hacía dos horas.

Camino hacia la calle con los hombros más ligeros de lo que los había sentido en meses. Tenia trabajo. Un trabajo de verdad, en una empresa de verdad, con un sueldo que probablemente le permitiría, algún día, no calcular cada peso antes de gastarlo.

Pensó, casi riendo sola bajo la lluvia, en el vestido rosa palo del escaparate. Todavía faltaba mucho para eso. Pero por primera vez en semanas, "mucho" ya no sonaba a "nunca".

Caminó cinco cuadras con ese pensamiento sosteniéndola, calculando mentalmente cuánto jabón le quedaba para lavar la ropa que llevaba puesta, si el boiler compartido del edificio tendría agua caliente esa noche, si alcanzaría a colgar todo antes de que oscureciera del todo.

Fue entonces cuando escuchó el motor bajando la velocidad a su lado.

Un auto negro, de esos que ella conocía solo de lejos —de las veces que había tenido que apartarse rápido al cruzar una calle, o de los anuncios en las revistas que hojeaba en la sala de espera de alguna entrevista fallida. Se tensó automáticamente. Ya sabía cómo terminaba esto. Los hombres en esos autos bajaban la ventana, decían algo que la hacía apretar el paso, y ella aprendía, cada vez, a caminar más rápido y a no voltear.

Apretó el paso ahora también, con la mirada fija al frente, la mandíbula tensa, preparándose para lo de siempre.

La ventana bajó.

—Aranthxa.

Su nombre —su nombre completo— la detuvo en seco, más que cualquier grosería que hubiera podido escuchar.

Volteó, y ahí, al volante de su propio auto, estaba Alonso Santiesteban.

Aranthxa se quedó parada en medio de la banqueta, sin saber qué hacer con las manos, con los pies, con el hecho completo de que su nuevo jefe —el hombre al que le había mentido en la cara hacía menos de una hora— acababa de detener su auto junto a ella en plena lluvia.

—Sube —dijo él, simplemente, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Ella no se movió.

—Está lloviendo —añadió Alonso, con impaciencia,no está acostumbrado a repetir las cosas—. Y usted vive, según su expediente, del otro lado de la ciudad. No voy a dejarla caminar todo ese trayecto bajo esto.

Mi expediente, pensó Aranthxa, con un nudo formándosele en el estómago. El que mintió, o el que es real.

—Estoy bien así, señor, de verdad, no es necesario—

—Suba al auto, señorita Villalobos.

No era una sugerencia. Aranthxa reconoció el mismo tono con el que él le había ordenado sentarse hacía una hora, el mismo que probablemente usaba para cerrar negociaciones de millones de pesos sin que nadie se atreviera a contradecirlo.



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En el texto hay: amor, amor intriga

Editado: 27.07.2026

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