El auto avanzó en total silencio durante los primeros minutos, Arantxa mantenía la mirada fija al frente, con las manos apretadas sobre el regazo. Calculando cuantas cuadras le faltaban para su casa y rezando internamente para que Alonso no preguntará la dirección exacta.
Porque un edificio de un solo cuarto, sin elevador, con la pintura descarapelada en la entrada, no era precisamente el tipo de dirección que una asistente con ocho años de experiencia en Grupo Ferreira debería tener.
—¿Hacia dónde? —preguntó Alonso, deteniéndose en un semáforo, con los ojos todavía en la calle.
Aranthxa sintió el pánico subirle por el pecho.
—Aquí está bien —dijo, señalando hacia el frente con más entusiasmo del necesario—. En la panadería, ahí en la esquina. Necesito comprar pan.
Alonso giró la cabeza apenas lo suficiente para mirarla de reojo. Ella supo, por esa mirada breve, que no le había creído del todo —había algo demasiado rápido en la excusa, demasiado conveniente —, pero él no dijo nada. Se limitó a orillar el auto frente al pequeño local de vidrieras empañadas por el vapor del horno.
—Gracias, señor, de verdad, no tenía que—
—No hay problema.
Aranthxa bajó del auto con el corazón latiéndole con fuerza, aliviada de haber esquivado, aunque fuera por unos minutos, cualquier pregunta sobre dónde vivía realmente.
El alivio le duró exactamente tres segundos.
—También voy a comprar pan —dijo Alonso, con una tranquilidad que a ella le pareció completamente injusta.
Aranthxa no supo qué responder. No podía decirle que no. No podía decirle espéreme aquí, esto es solo mío. Así que asintió, con una sonrisa que le costó un esfuerzo enorme sostener, y caminó hacia la puerta del local con él un paso detrás.
La campanita de la entrada sonó, y el calor del horno los envolvió de golpe, un contraste brusco con el frío de la lluvia.
—¡Aranthxa! —El chico detrás del mostrador levantó la vista con una sonrisa amplia, limpiándose las manos en el delantal—. Hace rato que no venías. Tienes suerte, hoy tengo donas de chocolate, tus favoritas.
Aranthxa sintió que la sangre se le iba de la cara.
—Hola —dijo, casi en un susurro, mordiéndose el labio inferior—. Qué bien.
No era la dona lo que le preocupaba. Era el bolsillo vacío.
Había dicho "voy a comprar pan" sin pensar en que, en realidad, no tenía con qué comprarlo. La panadería nunca fue el destino. Era solo la excusa más rápida que se le había ocurrido para bajarse del auto sin que Alonso la siguiera hasta su puerta.
Y ahora estaba ahí, atrapada entre un panadero que la conocía de memoria y un jefe que la observaba con una atención que no le gustaba nada.
—¿Qué va a llevar? —preguntó el chico, mirándola a ella primero, después a Alonso, con una curiosidad discreta que decía claramente quién es este señor.
Aranthxa abrió la boca. No le salió nada.
Alonso, a su lado, la miró de reojo una vez más —esta vez con algo que ya no era solo desconfianza, sino el principio de una pregunta que todavía no había decidido hacer en voz alta.
El silencio se alargó un segundo de más.
—Eh... —Aranthxa miró la vitrina como si la respuesta estuviera escrita entre los bolillos y las conchas—. Solo... voy a ver qué hay. Todavía no decido.
El chico asintió, paciente, acostumbrado a que ella se tomara su tiempo. Alonso, en cambio, ya había señalado dos piezas de pan dulce sin necesidad de pensarlo, con la seguridad de quien nunca tuvo que hacer cuentas antes de pedir.
—Y para ella, dos donas de chocolate —añadió Alonso, sacando la cartera—. Las favoritas, según escuché.
—¡No! —La palabra le salió a Aranthxa más fuerte de lo que pretendía, y tanto el panadero como Alonso la miraron sorprendidos—. Digo... no, gracias, señor. No hace falta. Yo... —buscó algo, lo que fuera— estoy a dieta.
Silencio.
El chico del mostrador, que la conocía desde hacía meses y sabía perfectamente que Aranthxa jamás en su vida había rechazado una dona de chocolate, abrió la boca para decir algo. Ella le lanzó una mirada tan urgente, tan cargada de por favor no digas nada, que el pobre chico la cerró de golpe y fingió acomodar unas bolsas.
Alonso enarcó una ceja .
—A dieta —repitió, sin ninguna convicción.
—Sí. Cuido mucho... mi alimentación. Por el trabajo. El estrés. Los, eh... las bacterias.
El panadero se dio la vuelta por completo hacia el horno, con los hombros temblándole de una risa que se esforzaba muchísimo por contener.
Alonso la observó un momento más, y por primera vez desde que se habían conocido esa tarde, algo parecido a una sonrisa —diminuta, casi imperceptible, apenas un movimiento en la comisura de la boca— amenazó con aparecer.
—Entiendo —dijo, aunque claramente no entendía nada—. Entonces solo el pan para mí.
Alonso no era el tipo de hombre que se relacionaba con los empleados el solo trabajaba, y eso le pedía a sus empleados que trabajaran sus horas laborales no era un mal jefe estricto sí pero nunca era grosero aunque muchos consideraban su forma de ser como un hombre sin corazon.
Pagó, tomó su bolsa, y se giró hacia la puerta. Aranthxa respiró, aliviada de que el interrogatorio hubiera terminado.
—La llevo a su casa —dijo Alonso, ya con la mano en la puerta, sin voltear a verla, como si diera por hecho que ella lo seguiría.
—No es necesario, señor, de verdad.
—Insisto.
Aranthxa se quedó parada un segundo, calculando rápidamente las opciones: seguir inventando excusas hasta que sonaran tan absurdas como lo de las bacterias, o subirse al auto y rezar para que él no notara el barrio, el edificio, la puerta sin pintar.
El panadero, ya recuperado, le guiñó un ojo desde el mostrador cuando ella pasó de nuevo frente a él.
—Suerte con la dieta —le dijo, en voz baja, con una sonrisa que no disimulaba nada.
Aranthxa sólo pudo culminar con la mirada antes de salir detrás de Alonso, hacia el auto, hacia una mentira que cada minuto se hacía un poco más difícil de sostener.