Aranthxa despertó dos horas antes de lo necesario, con el cuerpo todavía cansado pero la mente ya trabajando, en todo lo que tenía que resolver antes de las suerte: Bañarse con agua helada, arreglarse con lo poco que tenía salir a tiempo para caminar las quince cuadras hasta la torre —porque el pasaje del camión, otra vez, era un lujo que no podía permitirse.
Entre su ropa encontró una falda oscura y una blusa gris que no combinaban del todo bien entre sí, pero que al menos no tenían manchas ni arrugas imposibles de disimular. Se las puso, se miró en el espejo torcido detrás de la puerta, y decidió que tendría que bastar.
Salió de su cuarto con tiempo de sobra y llegó a la torre cinco minutos antes de la hora —una victoria pequeña después del desastre del día anterior. El auto de Alonso ya estaba estacionado en su lugar reservado, señal de que él, como siempre, había llegado primero.
Fue entonces cuando el recuerdo la golpeó de golpe, como un balde de agua fría.
La carpeta.
No la había bajado del auto la noche anterior. Se había bajado tan rápido, tan aliviada de escapar antes de que Alonso hiciera más preguntas, que la había dejado ahí, sobre el asiento del copiloto, con su currículum real dentro —el verdadero, el de cuatro meses, el que no tenía nada que ver con Grupo Ferreira ni con ocho años de experiencia.
Sintió un dolor agudo en el estómago, del tipo que no tenía nada que ver con el hambre, aunque esa mañana tampoco había desayunado. Se imaginó lo peor: Alonso encontrándola, leyéndola de nuevo, esta vez sin la confusión de la carpeta equivocada de por medio. Sin nada que le impidiera ver la verdad completa.
No. No pueden correrme. Mi situación ya es una mierda como está.
Caminó hacia el auto casi sin darse cuenta de que lo hacía, con la esperanza absurda de que tal vez, de alguna forma, la carpeta seguiría ahí, esperándola, y podría recuperarla antes de que nadie más la viera.
Se asomó por la ventana del copiloto.
No había nada.
El asiento estaba vacío, y el miedo la invadió por completo, frío y pesado, instalándosele en el pecho.
—¿Se te perdió algo?
La voz la tomó tan por sorpresa que soltó un grito breve, llevándose una mano al pecho.
—Tranquila, no quise asustarte.
Frente a ella, apoyado casualmente contra el auto con las manos en los bolsillos y una sonrisa que no se parecía en nada a la seriedad permanente de su hermano, estaba Emilio Santiesteban.
Aranthxa no tenía idea de quién era. Él, en cambio, la reconoció de inmediato —sabía exactamente quién era la nueva asistente sin experiencia que había logrado colarse en la oficina más exigente de la empresa.
—¿Aranthxa, verdad? —preguntó él, con un tono ligero, casi juguetón.
—Sí... ¿Cómo sabe mi nombre?
—¿Buscas esto?
Emilio ignoró la pregunta y en cambio abrió la puerta del conductor, metió la mano a la guantera, y sacó la carpeta doblada —la misma que él mismo había guardado ahí la noche anterior, después de leerla de principio a fin.
Aranthxa sintió que el corazón se le detenía por completo.
—Tengo curiosidad —continuó Emilio, sin devolvérsela todavía, sosteniéndola entre dos dedos con una diversión evidente en la mirada—. ¿Por qué mi hermano te contrató sin ninguna experiencia? Eso jamás había pasado. Alonso revisa tres veces cada decisión antes de tomarla.
Aranthxa se puso pálida, y después roja, y después de todos los colores posibles en rápida sucesión, sin encontrar una sola palabra que decir.
Y en ese silencio —en esa culpa que se le notaba en cada rasgo de la cara, en la forma en que no podía sostenerle la mirada— Emilio lo entendió todo.
Su hermano, el hombre que se enorgullecía de leer a la gente mejor que nadie en toda la industria, el que jamás cometía errores porque no se lo permitía a sí mismo, había sido engañado.
Por esta chica. Por esta mujer de ropa desigual y ojos asustados que en ese momento parecía a punto de salir corriendo.
Emilio sintió que la sonrisa se le ensanchaba, incontrolable, deliciosa.
—No sabe nada, ¿verdad? —dijo, más para sí mismo que para ella, con una risa que empezaba a formársele en el pecho—. Esto es lo mejor que me ha pasado en meses.
—Por favor, señor —dijo Aranthxa, con la voz quebrándose en cada palabra—, no le diga nada. Necesito el trabajo. De verdad lo necesito.
Emilio la miró de pies a cabeza, y por primera vez desde que había bajado del auto, la diversión en su rostro empezó a ceder espacio a algo distinto.
Era una chica humilde —eso se notaba de inmediato, en la falda que no combinaba con la blusa, en los zapatos gastados en la punta, en la forma en que se sostenía el bolso contra el cuerpo como si fuera lo único que tenía. Nada que ver con las mujeres que él y su hermano solían frecuentar, esas que llevaban el dinero puesto en cada gesto, en cada prenda. Era delgada, además —más de lo que debería, notó Emilio con un vistazo rápido y nada superficial—, y él conocía bien esa clase de delgadez. No era la de un gimnasio ni una dieta de moda. Era la de alguien que no siempre podía permitirse tres comidas al día.
Algo en su pecho se movió, incómodo.
Una parte de él —la parte que llevaba años esperando cualquier oportunidad para hacerle ver a Alonso que no era tan infalible como se creía— quería subir directo a esa oficina y restregarle el error en la cara. Habría sido, sin duda, lo más divertido que le pasaba en meses.
Pero miró a Aranthxa de nuevo, la angustia genuina que le temblaba en la voz, en las manos, en cada línea de su cuerpo tenso, y esa parte divertida de él se apagó casi por completo.
Le extendió la carpeta.
—Toma. —Su voz sonó distinta ahora, más suave de lo que él mismo esperaba—. Y descuida, no le diré nada a mi hermanito.
Aranthxa la tomó con manos temblorosas, sin terminar de creer del todo que fuera a salirse con la suya.