—Buenos días, señor Santiesteban —dijo Aranthxa, tratando de disimular que todavía le faltaba el aire.
Alonso ni siquiera levantó la vista de los papeles que firmaba. Solo miró el reloj —un Rolex que probablemente costaba más de lo que ella ganaría en dos años.
—Llega tarde, señorita Villalobos.
— Lo siento. No volverá a pasar.
—Eso espero. —Alonso finalmente levantó la vista, y sus ojos se posaron en ella —. La puntualidad es muy importante para mí, señorita Villalobos. Y las faltas, también.
—Sí, señor —dijo —. No volverá a pasar.
—Necesito que organice mi agenda de la semana y confirme la reunión de las diez con el consorcio Reyna. Todo está en el sistema, su usuario ya debe estar activo.
Aranthxa asintió, aunque por dentro el estómago se le encogió de nuevo —no tenía idea de cómo funcionaba el sistema, ni qué era exactamente el consorcio Reyna, ni cómo iba a fingir, una vez más, que sabía hacer algo que en realidad nunca había hecho en su vida.
—Sí, señor —dijo, de todas formas, porque ya era tarde para decir otra cosa—. Ahora mismo.
Salió de la oficina con la carpeta todavía apretada contra el pecho, y una sola idea repitiéndose, terca, en su cabeza:
Un día a la vez, Aranthxa. Solo tienes que sobrevivir un día a la vez.
Aranthxa salió de la oficina de Alonso con la lista de pendientes ya multiplicándose en su cabeza —el sistema que no sabía usar, el consorcio Reyna del que no tenía idea, la reunión de las diez que se acercaba.— cuando una voz a su lado la sacó de sus cálculos.
—Tú debes ser la nueva. —Una chica de más o menos su edad caminaba a su lado con una taza de café en cada mano, sonriendo con una naturalidad que a Aranthxa se le hizo, por primera vez en dos días, reconfortante—. Soy Camila, del área de comunicación. Te traje esto porque, créeme, con Santiesteban vas a necesitarlo.
—Gracias. De verdad, gracias. —Le dio un trago, y el calor le bajó por la garganta como si fuera lo primero bueno que le pasaba en el día—. Soy Aranthxa.
—Lo sé. —Camila bajó un poco la voz, con esa complicidad instantánea de quien ya decidió que le caes bien—. Todo el piso lo sabe. Contratar a alguien tan rápido, sin el proceso de siempre... digamos que generó comentarios.
Aranthxa sintió que el café se le atoraba un poco.
—¿Qué clase de comentarios?
Antes de que Camila pudiera responder, el elevador se abrió, y de él salió una mujer de unos cuarenta años, traje impecable, el tipo de porte que solo da haber trabajado quince años en el mismo lugar y saberlo. Se detuvo al verlas, con una mirada que recorrió a Aranthxa de arriba abajo en menos de un segundo —la blusa gris que no combinaba con la falda, la taza de café prestada, la inexperiencia entera escrita en cada gesto nervioso.
—Así que tú eres la nueva asistente del señor Santiesteban —dijo, sin necesidad de presentarse, como si su antigüedad en la empresa le diera derecho a saltarse esa formalidad—. Mariana Rueda. Llevo doce años en esta empresa. Empecé exactamente en el puesto que tú tienes ahora.
—Mucho gusto —dijo Aranthxa, extendiendo la mano.
Mariana la miró, pero no la tomó.
—Me sorprende que te hayan elegido a ti. —. Con tan poca experiencia. Yo misma apliqué para el puesto cuando la asistente renunció. Pensé que, con mis años aquí, sería la elección obvia.
Aranthxa sintió que el suelo se movía otra vez.
—Yo... no sé qué pasó con el proceso, la verdad —dijo, y por una vez, no era del todo mentira—. Solo me llamaron.
—Qué suerte la tuya. —Mariana esbozó una sonrisa que no le llegaba a los ojos, y se dio la vuelta hacia el pasillo—. Espero que estés a la altura. El señor Santiesteban no tiene paciencia para los errores. Lo sé de primera mano.
Se alejó con pasos firmes, dejando un silencio incómodo detrás.
Camila esperó a que estuviera lo suficientemente lejos antes de soltar aire.
—No le hagas caso —dijo, dándole un empujoncito de ánimo con el hombro—. Lleva años resentida porque nunca la ascendieron. Cree que el puesto de asistente del hermano mayor era su pase directo a algo más grande. —Le sonrió, esta vez con un guiño—. Entre tú y yo, creo que le caíste mal antes de conocerte. Eso ya es un logro.
Aranthxa soltó una risa nerviosa, la primera del día que le salió sin esfuerzo.
—Genial. Un día y medio aquí y ya tengo una enemiga.
—Bienvenida a la torre Santiesteban. —Camila empezó a caminar de nuevo, haciéndole una seña para que la siguiera—. Ven, te enseño dónde está todo antes de que Mariana decida que también quiere enseñarte algo. Créeme, prefieres mi versión.
Aranthxa la siguió, y por primera vez desde que había cruzado esas puertas de cristal, sintió que tal vez —solo tal vez— no iba a estar completamente sola en todo esto.
Aranthxa pasó la siguiente media hora conociendo al resto del equipo. La mayoría fue amable con ella —un par de chicos de sistemas que le explicaron, sin que ella lo pidiera, cómo funcionaba el acceso a las salas de juntas; una señora de recursos humanos que le sonrió con genuina calidez y le dijo "cualquier duda, aquí estoy"—. Otros fueron simplemente corteses, un saludo breve, un asentimiento de cabeza, suficiente para no ser groseros sin comprometerse a nada más.
Cuando por fin volvió a su escritorio, el peso completo del día le cayó encima de golpe. Se sentó, encendió el computador, y miró la pantalla de inicio de sesión como quien mira el borde de un precipicio.
Escribió la contraseña que Camila le había ayudado a configurar minutos antes.
La pantalla cargó, y frente a ella apareció un sistema entero de carpetas, calendarios, correos sin leer, módulos con nombres que no significaban nada todavía —Reyna, Fusión Prieto, Auditoría Q3— y que en algún momento de ese mismo día tendría que aprender a manejar como si llevara ocho años haciéndolo.
Respiró hondo.
Vas a averiguar cómo se hace, se dijo, con las manos ya sobre el teclado. No naciste sabiendo nada de esto, pero tampoco naciste sabiendo nada de lo que sí sabes hacer, y aprendiste.