A primeras horas del día, cuando las madres alistaban a sus hijos para llevarlos al colegio o los hombres marchaban a sus oficinas. En la mansión Tonali yacía estacionado un camión de carga pesada con kilos y kilos de estupefacientes encubiertos en fórmula para bebés. El joven chófer con el que Brahim hablaba el otro día, obedeció a sus órdenes y se presentó temprano, previo a marchar a Norteamérica, para que su jefe comprobara la calidad de su producto. Brahim sacó una pequeña navaja y llenó la punta de polvo blanco que luego probó. Sonrió complacido de su sabor tan puro, ninguno de sus competidores venderían algo similar. Dio el visto bueno y el joven chófer se dispuso a volver a su camión.
-Álvaro. -escuchó el chófer. Se viró hacia la mansión de donde salía la esposa de su señor. Anne se acercó hasta él y le extendió un sobre blanco, sellado. -Dice Brahim que le entregues esto al primer policía Norteamericano que te detenga para inspeccionar el camión. Es muy importante que lo reciba sellado, no intentes mirarlo.
-No, nunca lo haría. -dijo gentilmente el joven y agarró el sobre tratándolo con el más fino cuidado.
Anne despidió el camión con su vista. Haría las cosas como en la antigüedad y envío una carta con la que informaría a los federales su situación actual.
Cruzaba los dedos y rezaba a cuántos dioses existieran para que su escrito llegara a las manos correctas, de lo contrario, estaría perdida.
Sintió de pronto las dos patas de Azteca posarse sobre su espalda. Giró sobre sus talones y saludó eufórica al animal por quien sentía un mayor aprecio después de que la defendiera de Brahim. Celosos se pusieron Lorna y Talibán quienes se acercaron, también para ser mimados. Anne recogió una de sus pelotas de goma (habían muchos de estos juguetes por todas partes) la arrojó lejos viendo a los tres perros correr a toda prisa para alcanzarla solo para devolvérsela y repetir el proceso. Siempre se peleaban por agarrarla era lo divertido de su juego.
-¿Irás vestida así? -la molesta voz de Brahim le torció las fisuras en una mueca de desagrado. Se volteó a verlo y éste siguió diciendo: -Te había dicho que tienes cita con el obstreta, empiezas hoy.
-Sí, lo sé, pero decidí que no iré; no hasta que le hayas dicho a Ciro que me has embarazado. -dijo resuelta, sonando desafiante. Y en serio era un desafío para Brahim, las piernas le temblaron por un segundo cuando se imaginó delante de su hermano diciéndole eso.
-Le diré cuando sea oportuno, por ahora quiero que...
-Ya me ha dicho lo del viaje a Rusia. -lo interrumpió sintiéndose aburrida de su sermón. Brahim no entendió la gravedad del asunto. -Me llevará lejos de aquí, en parte para separarme de ti, no tendrás muchas oportunidades para decírselo y yo en tu lugar lo haría antes de que empiece a hacer las maletas.
-Tendrá que recapacitar porque ya no eres solo su esposa, sino la madre de mi hijo. -dijo sonando confiado, pero en el fondo albergaba dudas. Se imaginaba dos escenarios: en el primero; Ciro se enfurecía, pero aun era razonable y recapacitaba que no podía llevársela y romper el vínculo que los unía. En el segundo; Ciro se enfurecía, perdía la razón completamente y se la llevaría más rápido aun para romper aposta el vínculo que los unía. Estaba en una encrucijada.
Su escueta filosofía terminó cuando escuchó el feroz ladrido de uno de los canes y al mirar por encima de su hombro vio a uno de éstos acercarse rápidamente. Caminó en retroceso mientras que le exigía con voz grave que se quedara quieto, pero inútiles eran sus intentos. Tropezó y cayó de espalda, entonces se afrontó a las mordidas del perro que despertaban el dolor de las viejas heridas que todavía no terminaban de cicatrizar.
-¡Lorna, quieta! -ordenó Anne cuando el animal estaba a un salto de su víctima. La perra, obediente a su ama hizo lo que se le ordenaba, aunque le ladró un par de veces al caído. Anne recogió otra pelota y la lanzó lejos pidiéndole a Lorna ir trás de ella.
Le dedicó una burlona mirada a Brahim que a penas sentía su corazón vivaz dentro de su pecho.
-Tendré que poner a dormir a esos animales.
-En tus sueños si quieres. -dijo Anne ayudándolo a recogerse del suelo. -Eres un hombre de la mafia, un peligroso criminal que ha lidiado con otros de tu misma especie, pero le temes a un perrito.
-Irónico, no es cierto. -comentó ya estando sobre sus pies, a una corta distancia de Anne. Fue muy ingenuo cuando sintió que su respiración se frenaba al roce de su perfume. Carraspeó nervioso y retrocedió unos cuantos pasos buscando respirar de nuevo el fresco aire del ambiente.
-Todavía estamos a tiempo, podrías subir a cambiarte y de regreso podríamos pasar por un helado. -esta vez no sonaba como una orden. No era una imposición lo que le decía sino una invitación recubierta de indirecta. Anne frunció el ceño confundida notando la rareza de su tono gentil y el pudor que pintó sus mejillas del color de la vergüenza. Era una imagen de Brahim nunca antes revelada.
-Ya te lo he dicho; antes de ir con el médico se lo dices a Ciro.
-Bien. ¿Qué me dices del helado? No tiene por qué ser algo especial. O si prefieres podemos ir a comer, o a cualquier otro sitio. -Anne amusgó su visión. Empezaba a creer que la visita al obstreta era una excusa, que sus intenciones eran las de salir con ella en una...
-¿Cita? -terminó la idea en voz alta. -¿Estás invitándome a salir? -A Brahim le quedó el rostro de marfil, la lengua se le entumeció y sus sarcásticos pensamientos que hubieren funcionado como respuesta se disiparon como papelillo en un vendaval.
-No. -alcanzó a decir con torpeza. Anne se cruzó de brazos y alzó una ceja esperando una explicación a su propuesta. Brahim se sintió en aprietos. -Tengo por entendido que las mujeres en tu estado suelen requerir una atención más dedicada o qué sé yo.
-Pues agradezco tu dedicada atención, pero no me hace falta, al menos no siento que la necesite. -dijo Anne, escéptica a cuantas palabras vociferaba Brahim.