Los Hijos de Ipswich El lado oscuro del pacto

Capítulo 18 – Parte II: Sombras bajo la piel (

Chase Collins se dejó caer en uno de los sillones de su casa; el cuero crujió bajo su peso. Un vaso de whisky temblaba entre sus dedos —un brillo oscuro que se reflejaba en la madera envejecida— y la habitación olía a alcohol, a tabaco viejo y a libros. Miró el líquido como si esperara respuestas en el fondo del vaso, hasta que una risa, surgida de ninguna parte, le erizó la nuca. Era siniestra, estridente, como si viniera desde el mismo corazón de la casa. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral.

—Chase Collins… —susurró una voz sin rostro ni forma— el fracaso de la quinta familia de Ipswich. Una estirpe que debía haberse extinguido.

Chase dejó escapar un suspiro calculado y curvó la boca en una sonrisa sarcástica. Su voz, cuando habló, fue fría y afilada.

—Bueno, nadie es perfecto. —Se encogió de hombros, con la copa apenas moviéndose—. En fin, no es que me importe… pero, ¿quién demonios eres?

De la penumbra emergió una sombra informe. Dos ojos carmesí ardían en la oscuridad como carbones, y la voz que brotó de esa presencia fue como un filo oxidado:

—Siempre tan arrogante y burlón. Un bufón sin gracia. Toda una deshonra para tus ancestros. Descendiente de un bastardo. Una escoria que no debió sobrevivir.

Chase se inclinó hacia adelante, con la rabia contenida justo bajo la superficie. La comisura de sus labios se tensó y su mirada brilló con desprecio.

—No sabes nada de mi familia —declaró, con voz cortante—. No tienes idea.

Hizo un gesto brusco con la mano; una ráfaga de poder cortó el aire. Esperó impactar. Pero el ataque se perdió contra la sombra como si hubiese chocado contra el vacío. La entidad soltó una carcajada seca y burlona.

—Qué patético y débil eres, y así osas llamarte hijo de Ipswich. ¡Qué insignificante!

Chase apretó los puños; la mandíbula le vibró por la tensión. Se incorporó con brusquedad, las palabras saliendo entre dientes, más mordaces que temerosas.

—Cuando hablas solo escucho el zumbido de un mosquito. Debe ser aplastado. —Su tono subió, y con eso lanzó una onda de poder aún mayor.

La sombra recibió el impacto sin una sola arruga en su forma. Con voz despectiva dijo:

—¿En serio? ¿Osas enfrentar a algo superior a ti, simple mundano? Bien, te daré una lección.

De pronto lo alzó en el aire. La presión comprimió su pecho; la respiración se le volvió corta como si el propio aire se negara a entrar. Chase forcejeó, los pies pateando el vacío; sus dedos arañaban el aire sin encontrar nada sólido. La sangre brotó de sus ojos, y la garganta le ardió en un grito ahogado cuando trató de canalizar su poder —pero algo, o alguien, se lo impidió. La sombra susurró, con desprecio absoluto:

—Pobre huérfano. Tan inmaduro, estúpido, impulsivo. Un alma rota que busca llenar su vacío con poder para acallar las voces. Tranquilo: yo te ofreceré ese poder que tanto anhelas.

Lo soltó. Chase cayó de rodillas, tosiendo, jadeando para recuperar el aire. Sus manos temblaban; la habitación daba vueltas. Se incorporó a duras penas, apoyando una palma en el brazo del sillón, los ojos inyectados en sangre.

—¿Quién eres? —escupió entre dientes—. ¿Qué es lo que quieres?

La entidad rió, divertida, como quien contempla un juguete.

—Buena pregunta, pequeño. Lo que desea mi señor es simple: ver sufrir a los tuyos. Ver cómo una “esmeralda” se rompe cuando pierda a quienes cree su nueva familia. Verla desmoronarse hasta desaparecer del camino del sucesor de mi amo. Y si no se rompe por sí sola… bueno, tendre encontrar otra forma de hacerla trizas y cumplir mi tarea que me fue ecomendada.

La palabra «poder» golpeó a Chase como una llama cálida. Un hambre antigua, una sed de venganza, se encendió detrás de sus ojos. Aun así, dominó su rostro; la máscara de arrogancia volvió a su sitio, pero ahora con otra veta: calculadora, hambrienta.

—¿Por qué debería creerte? —dijo, con voz baja y cortante—. ¿Cuál es el truco?

La sombra sonrió sin alegría.

—No hay truco, muchacho. Tómalo o sigue siendo la escoria que eres.

Chase lo consideró en silencio; pestañeó, pasando la lengua por los labios resecos. La luna filtraba su luz a través de las persianas, dibujando líneas sobre su rostro. Alzó la vista hacia los ojos carmesí, y por un instante en su expresión hubo algo casi humano: decisión envuelta en peligro.

—Bien —murmuró—. Supongamos que acepto. ¿Ganaré lo que prometes?

La entidad asíntio.

Chase frunció el ceño, el latido en su garganta marcando el ritmo. Su respiración se hizo medida; hizo un movimiento de retractación y, sin dramatismos innecesarios, extendió la mano con decisión. En sus ojos había una mezcla de orgullo y resignación.

—Acepto —dijo. Su sonrisa fue un desafío y una promesa al mismo tiempo.

Cuando su mano se cerró, una corriente fría y oscura lo envolvió. Algo ancestral arrancó a recorrer sus venas, como relámpagos en la médula. Palabras ininteligibles susurraron en el aire, y la sombra se redujo a humo que se desvaneció en la penumbra.

Chase quedó inmóvil unos segundos, sintiendo el nuevo peso en su cuerpo: la fuerza se asentó densa y real, la claridad de sus sentidos se volvió punzante. Se puso en pie con calma calculada, notando la dureza nueva en los músculos y la precisión en cada respiración. Se frotó el pulgar contra la palma, como si comprobara que todo aquello era tangible.

Una sonrisa torcida dibujó sus labios; más fría esta vez, como un filo.—Bien. —Su voz, ahora, no admitía matices—. Danvers… prepárate.

El vapor aún flotaba en el aire, pegándose a la piel como un velo invisible.Selene salió de la ducha, el cabello empapado cayendo en mechones sobre sus hombros. Las gotas de agua resbalaban por su cuello hasta perderse bajo la toalla que la envolvía. Frente al espejo, pasó la palma sobre el vaho, revelando su propio reflejo. Su mirada se detuvo en sus ojos, y en ellos el eco de la conversación con Caleb.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.