Entonces, algo se movió.
Un espasmo.
Una respiración débil.
Sarah, aún sollozando, lo notó primero.—Selene… —dijo con un sollozo—.¡Reacciona! ¡Reid… Reid tiene pulso!Selene parpadeó, sacudida por las palabras.—¿Qué… qué dijiste?
Sarah insistió, temblando.—¡Sigue con vida! ¡Apenas!
Selene se inclinó, temblando.Puso los dedos en el cuello de Reid.Un latido débil, casi imperceptible, le golpeó los dedos.—No puede ser… —susurró, incrédula—. Su corazón aún late.
Su cuerpo comenzó a vibrar, una luz verde envolviéndola.—Creo que puedo ayudarlo —dijo con determinación.
El poder fluyó desde sus manos hacia el cuerpo inmóvil de Reid.
El aire se llenó de destellos.El brillo envolvió ambos cuerpos.
El pulso de Reid se fortaleció, su piel volvió a tomar color.Hasta que, finalmente, abrió los ojos con un quejido.
Selene cayó de rodillas, agotada, pero sonriendo entre lágrimas.Lo abrazó con fuerza, igual que Sarah.
Reid, aún débil, murmuró con media sonrisa:—Esto es agradable… tanto cariño de golpe.Tosió suavemente y añadió con humor—. Pero no me culpen si los chicos se ponen celosos.
Sarah rio entre sollozos.—¿Cómo es posible que estés vivo?
Reid sonrió débilmente, apoyándose en ella.—Tuve que usar todo mi poder para sanar y reparar mi cuello roto… y gracias a ti, Sel, ese empujón de energía tuyo me devolvió el resto.
—De nada —susurró Selene, agotada pero aliviada.
Reid se levantó con dificultad, apoyándose en Sarah y Selene.Sus ojos recorrieron el caos a su alrededor:Caleb y Pogue, tirados y heridos;Chase, moribundo en una esquina, cubierto de sangre;y Tyler, en el centro, rodeado por una energía oscura, desbordante, incontrolable.
Reid arqueó una ceja, con una mezcla de cansancio y sarcasmo.—Mierda… —murmuró—. Me muero por unos segundos, y ya todo se fue al infierno.
Mientras tanto, en el cementerio de Ipswich…
La tormenta rugía con la misma furia.
Relámpagos desgarraban el cielo, bañando el bosque en destellos blancos.En medio de los árboles, una vieja cripta se erguía envuelta en sombras, iluminada solo por el resplandor de un círculo de fuego trazado en el suelo.
Demioz permanecía en el centro, de pie, el rostro bañado en sudor y el cabello cayendo sobre su frente.Su respiración era lenta, controlada, mientras murmuraba un antiguo conjuro.El aire vibraba a su alrededor, las velas temblaban, y aun así ninguna se apagaba.
De pronto, una ráfaga de viento irrumpió desde el centro del círculo.Las llamas se alzaron con fuerza, tiñéndose de rojo carmesí.La lluvia intentaba apagar el fuego, pero las gotas se evaporaban al contacto.
El cielo rugió.Y entonces, la tierra tembló.
Una silueta se formó entre las llamas:alta, monstruosa, de contornos difusos.El demonio Neberiuz emergió con un rugido grave que hizo crujir la madera del techo.
Su presencia llenó el lugar con un olor a hierro y azufre.—Insolente... —tronó con voz distorsionada, su timbre reverberando como un coro de sombras—. ¿Cómo osas convocarme sin mi autorización?
Demioz arqueó una ceja, cruzando los brazos con calma aparente.—Oh, no exageres, querido padre —replicó, con una sonrisa ladeada y una mirada burlona—. Créeme, tu presencia tampoco es precisamente un deleite para mí.
El demonio inclinó la cabeza hacia un lado.Sus ojos, dos brasas incandescentes, se entrecerraron con desdén.—Aún no te has ganado el derecho de llamarme padre, pequeño bribón arrogante. —Su tono goteaba amenaza—. ¿Por qué me has invocado?
Demioz exhaló con fastidio, levantando la vista hacia él.Sus labios se curvaron en una media sonrisa que no alcanzó los ojos.—Bueno veras tengo algunas dudas… y quiero respuestas.
Neberiuz entrecerró los ojos, su respiración rugiendo como fuego.—No tengo tiempo para tus caprichos infantiles.
Demioz soltó una risa baja, el sonido cargado de ironía.—Perfecto. Entonces vayamos directo al punto. —Su mirada se volvió aguda—. ¿Fuiste tú quien maldijo a Selene con la Atra Mors?
El silencio cayó pesado como plomo.El fuego osciló, proyectando sombras danzantes sobre las paredes.Por un instante, el demonio no respondió. Luego, su risa resonó con un estruendo que hizo vibrar el suelo.
—¿Me has llamado solo para acusarme de maldecir a tu pequeña amante? —dijo con una sonrisa depredadora—. Créeme, hijo, si yo la hubiera maldecido… ya estaría bajo tierra.
Demioz entornó los ojos, observándolo con fría atención.Un leve tic se formó en su mandíbula mientras sonreía con sarcasmo.—Sí..eso asumi.Si hubiera sido tú hazaña te hubieras jacteado de ello con orgullo.—Entonces dime, ¿alguno de tus esbirros tendría motivos para hacerlo?
Neberiuz se inclinó hacia adelante, el fuego reflejándose en sus cuernos.Su sonrisa se deformó, mostrando dientes como cuchillas.
—Muchos de mis seguidores odian a “la princesa de Belial”. —Su voz vibró con desprecio—. La Hija de mi rival, mezcla impura de dos mundos que jamás debieron cruzarse.Pero —añadió, levantando una garra que chispeó como un rayo—, ninguno de ellos actuaría sin mi orden.
Demioz bajó la mirada, frotándose el puente de la nariz.El cansancio y la ira se mezclaban en su semblante.—Eso pensé…. —Su voz bajó a un murmullo oscuro—. Entonces, ¿quién demonios quiere lastimarla?
Las llamas vacilaron, lanzando destellos carmesí sobre sus rostros.Y, de pronto, Neberiuz desapareció en un parpadeo.
Demioz giró en seco, el corazón acelerándose, hasta sentir un aliento helado en su nuca.El demonio estaba detrás de él.
—Aún no comprendo el poder que esa chiquilla tiene sobre ti —susurró Neberiuz, con voz rasposa—. Nubla tu juicio, debilita tu voluntad. Cada vez que está en peligro, corres hacia ella como un can abandonado en busca de su amo.
Demioz entrecerró los ojos, la mandíbula rígida.Su voz se volvió baja, contenida.—Sabes, anciano, no tengo tiempo para tus sermones. Si no tienes información, desaparece. —Alzó las manos, los dedos dibujando un gesto de ruptura mágica.