Los hijos de Orión

Riegel

Orión vió caer a su hijo número siete y se preparó para oír a través de los ecos de los asteroides donde su último hijo, Riegel, querría enfrentarse a él en la última batalla nocturna.

Miró hacia el horizonte y vió como febo asomaba lentamente sus brazos dorados.

Estaba a punto de amanecer, sino se enfrentaba con Riegel, la profecía no se rompería y no sabia cual seria el destino de sus ocho hijos si él terminaba ganando.

Él no podía hacer trampa porque eso significaba que el rey del inframundo podría enviar otra profecía y que al final sería un círculo interminable.

De repente, el eco mortal de los asteroides llegó a sus oídos.

Riegel había elegido como lugar para el enfrentamiento final la Constelación de Géminis.

Orión se dirigió allí montado en su compañero de viaje, ambos preparados para luchar en su último punto de encuentro.

Cuando llegó vió a Riegel, su hijo más hermoso, identico a su amada Perséfone. Lo esperaba vestido con armadura dorada con las manos en su espalda. A cada lado tenía a Castor y Pollux, los infames gemínidas.

Riegel fue el único de sus hijos que asintió con la cabeza al verlo, a modo de reconocimiento y respeto hacia su padre, el único que se asemejaba a él en la guerra.

Comenzó el enfrentamiento. 

Padre e hijo con espadas y los gemelos con lanzas, atacaban a Escorpión.

Orión estaba cansado y los rayos del sol se burlaban del poco tiempo que le quedaba disponible para terminar con esta absurda profecía.

El cuerpo empezó a fallarle y el Escorpión ligado a él en carne y mente, empezó a flaquear.

Orión parpadeó un momento y la vía láctea se apagó, dejando la galaxia en oscuridad y silencio.

Cuando volvió a abrir los ojos se vio como caía del lomo del Escorpión directo a la tierra.

Volvió a cerrar los ojos y abrió los brazos preparado para recibir el impacto, pero eso no sucedió. 

Orión volvió a sentirse montado en un animal suave.

Abrió los ojos. 

Riegel estaba montado en Pegaso y él estaba a su espalda.

Su hijo lo había salvado.

Cabalgaron en el lomo del maravilloso caballo alado hasta el Cinturón.

Allí se sentaron sobre una estrella a esperar la salida total del sol y al fin descubrir que había decidido Hades; que sobrevivieran dos en el cielo no había sido como se esperaba.

Cuando el sol asomó en su máximo esplendor, una luz brillante cegó los ojos de Orión.

Miró a su lado y vió a su hijo Riegel convertido en una estrella, en la más brillante que ha habitado en los cielos.

El Cinturón de Orión siguió intacto con sus siete hijos devueltos al cielo marcando un punto.

Solo el verdadero ganador y el único que no había caído a la tierra era el único que se podía ver desde cualquier punto del universo por su asombrosa luz, la octava del Cinturón y la más brillante de todo el cielo.

 

 




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