No era una mentira completa; era una máscara útil. Se levantaba temprano, se lavaba la cara con agua fría hasta que el temblor en las manos cedía, y salía a la calle como cualquier otro muchacho. El reflejo en el espejo del baño público —uno de tantos— le devolvía un rostro pálido, ojeroso, con el cabello negro cayéndole sobre los hombros. Nadie miraba dos veces a un chico así en una ciudad cansada.
— Camina, dijo Eryom desde dentro — Respira. Escucha.
Adrián obedeció. Durante el día, el mundo parecía sostenerse por costumbre. Colectivos abarrotados, bocinas impacientes, vendedores que gritaban ofertas. Sin embargo, algo se deslizaba por debajo de ese ruido, como un hilo de electricidad mal aislado.
El primer aviso llegó en el subte. Adrián se sostuvo del pasamanos mientras el vagón avanzaba entre estaciones. El traqueteo se volvió irregular, luego demasiado suave. El murmullo humano se apagó como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
—No mires —susurró Eryom.
El reflejo del vidrio se distorsionó. Entre los rostros comunes apareció otro, sin rasgos, una superficie lisa donde debería haber ojos. Adrián sintió el tirón en el pecho: una fuerza que buscaba extraer.
—Ahora —dijo Eryom.
Adrián cerró la mano. El vagón se sacudió. La luz parpadeó y volvió. El rostro sin rasgos se quebró en el reflejo como cristal mojado y desapareció. La gente protestó, maldijo el servicio. Nadie había visto nada.
Adrián bajó en la siguiente estación con el corazón desbocado.
— Eso fue un rastreador, explicó Eryom.— Los cazadores están aprendiendo a esconderse en lo cotidiano.
—¿Cuántos más? —murmuró Adrián.
Los necesarios.
A media mañana, en una biblioteca pública, el terror se presentó con voz educada.
—Disculpa —dijo un hombre desde la mesa contigua—. ¿Podrías pasarme ese libro?
Adrián levantó la vista. El hombre sonreía. Demasiado. Sus ojos no parpadeaban.
—Claro —respondió, alargando el brazo.
La mano del hombre atravesó la mesa. El mundo se detuvo un segundo.
— ¡Ahora! — gritó Eryom.
Adrián dejó caer el libro y retrocedió. El aire se endureció entre ambos como un muro invisible. La mano quedó atrapada, vibrando, y el hombre se descompuso en líneas de luz ordenadas, precisas.
—Objetivo confirmado —dijo una voz que no era voz—. Neutralización.
Adrián empujó. No con fuerza, sino con dirección. La figura fue expulsada del plano, dejando atrás un olor metálico que se evaporó en segundos. Los lectores se quejaron por el ruido. Un bibliotecario pidió silencio. La normalidad se recompuso como si nada. Adrián salió con las piernas flojas.
— Te estás volviendo más eficiente,— dijo Eryom.
—Me estoy volviendo más rápido —corrigió— Eficiente sería no sentir miedo.
El miedo te mantiene humano.
A la tarde, el cielo se nubló con una prisa antinatural. Las sombras se estiraron. En una plaza, niños jugaban alrededor de una fuente. Adrián se sentó en un banco y cerró los ojos un segundo. Entonces, las estatuas giraron la cabeza. No todas. Solo las que miraban hacia él.
—No… —susurró.
Las bocas de piedra se abrieron y de ellas salió un canto bajo, monótono. Los niños dejaron de correr. El agua de la fuente comenzó a subir, formando columnas que se congelaron en el aire.
— Los cazadores usan símbolos ahora, — dijo Eryom. — Quieren forzarte a mostrarte.
Adrián se puso de pie.
—No aquí.
Caminó hacia la fuente y apoyó la mano en el borde. El agua cayó de golpe, empapándolo. El canto se quebró. Las estatuas volvieron a su posición original con un crujido seco. Un padre gritó el nombre de su hijo. La vida retomó su curso.
Adrián se alejó empapado, con la respiración cortada. Cuando cayó la noche, el terror cambió de rostro. Las luces de los locales titilaron. Las persianas bajaron antes de hora. En un pasaje angosto, sombras se deslizaron por las paredes como aceite vivo.
—Ellos —dijo Adrián— Los demonios.
No vienen a observar, — respondió Eryom. Vienen a matar.
Las sombras se alzaron, tomaron forma humana con risas prestadas. Una mujer con vestido rojo avanzó, la piel atravesada por grietas negras.
—Asmodeo te manda recuerdos —susurró— Y una advertencia.
Adrián retrocedió.
—Dile que no soy su herramienta.
La mujer se lanzó. Adrián levantó el brazo y plegó la noche: la sombra se estrelló contra una pared invisible y se deshizo en humo. Otras dos lo rodearon.
—Eryom —dijo—. Juntos.
Los ojos de Adrián se encendieron en dorado. No fue posesión total. Fue acuerdo. Adrián se movió con una gracia que no parecía suya del todo; el cabello negro le cayó hacia atrás cuando giró, esquivando una garra. Atrapó a otra sombra y la selló contra el suelo con símbolos que aparecieron y desaparecieron como respiraciones. Un demonio más grande emergió del callejón, sonriendo con demasiados dientes.
—Asmodeo quiere tu cuerpo —dijo—. A ti te dejará morir.
Adrián apretó los dientes.
—No esta noche.
Eryom tomó el control por un latido. El dorado brilló más intenso. El demonio fue arrancado del aire y comprimido hasta implosionar en un silencio brutal. Las sombras restantes huyeron, dejando un frío pegajoso. Adrián se apoyó en la pared, exhausto.
— Te estás cuidando, dijo Eryom, con algo nuevo en la voz. — Y me estás cuidando.
—Somos un equipo —respondió Adrián— Aunque el mundo no lo entienda.