Los Hijos Del Olvido

Aulas de sombra

La escuela pública olía a tiza húmeda, desinfectante barato y cansancio adolescente. Adrián se sentó en el último banco del aula, cerca de la ventana, como siempre. Desde allí podía ver el patio de baldosas partidas, los murales descascarados y el cielo gris que parecía observarlos con paciencia hostil.

Mantén la cabeza bajadijo Eryom desde dentro. — Aquí los ecos se multiplican.

Adrián asintió apenas. Llevaba el cabello negro recogido con una goma gastada; algunos mechones se le escapaban y caían sobre la frente. La profesora escribía fechas en el pizarrón. Nadie lo miraba demasiado. Nadie preguntaba por sus ojeras. Nadie notaba la palidez casi translúcida de su piel bajo la luz fluorescente..Eso era la normalidad: pasar desapercibido.

El primer indicio llegó con un sonido. No un golpe. No un grito. Un rasguño prolongado, como uñas arrastrándose por vidrio, que atravesó el aula y se coló en los oídos de Adrián. Se llevó la mano al pecho.

No respondas advirtió Eryom. — Te están tanteando.

—¿Escucharon eso? —preguntó alguien en voz alta.

Risas nerviosas. Un banco arrastrado. La profesora pidió silencio. El rasguño volvió, más cerca.

Adrián miró a su alrededor. Tres filas adelante, un chico de su curso —Lucas— se había quedado inmóvil, con la vista clavada en el pizarrón. No parpadeaba. Sus dedos apretaban el borde del banco hasta blanquearse.

—Lucas —dijo la profesora—. ¿Te sentís bien?

Lucas levantó la cabeza..Sus ojos eran negros.

—Ahora sí —respondió con una voz que no era suya.

El aula explotó. Las ventanas se quebraron hacia adentro con un estallido seco. El pizarrón se partió en dos y cayó sobre los primeros bancos. Gritos. Sillas volcándose. Mochilas volando. Adrián se levantó de un salto cuando el techo comenzó a hundirse como si algo pesado caminara sobre él.

Demonios menores, — dijo Eryom con rapidez. — Posesión activa. Hay más.

—¡Todos al piso! —gritó alguien.

Demasiado tarde..Otra estudiante se irguió desde el fondo. Luego otro. Luego dos más. Las sombras se deslizaron bajo sus pieles, hinchándolas, retorciéndolas. El aire se volvió espeso, caliente, cargado de un olor dulzón que hacía arder la garganta.

—Asmodeo saluda —dijeron varias bocas a la vez— Entréguennos al portador.

El piso cedió..Un aula contigua se desplomó con un estruendo que sacudió todo el edificio. Polvo, cascotes, gritos desesperados. Adrián vio a una chica quedar atrapada bajo una viga; otro chico rodó por las escaleras cuando una baranda se arrancó de cuajo. El pánico se propagó como fuego.

—Eryom —dijo Adrián, respirando hondo— No puedo esconderme.

Lo sé.

Adrián avanzó entre el caos. Esquivó una mesa que se estrelló contra la pared. Tomó del brazo a un chico que había quedado paralizado y lo empujó hacia la puerta.

—¡Corré! ¡Salí ahora!

El chico obedeció sin entender..Una figura poseída se lanzó contra Adrián con un alarido. Adrián levantó el antebrazo y endureció el aire: el impacto rebotó, arrojando al atacante contra un banco que se hizo astillas.

—¡Adrián! —gritó una voz—. ¡Ayudá!

Era la chica de la viga. Tenía la pierna atrapada. El techo crujía sobre ella..Adrián corrió. Se arrodilló y apoyó la mano sobre la viga.

—Confía en mí —le dijo, sin saber por qué.

Cerró los ojos.

Con cuidado, — dijo Eryom. — Dirección, no fuerza.

Adrián replegó la materia. La viga se aligeró, como si perdiera peso por un segundo eterno. La chica se deslizó fuera. Adrián la empujó hacia la salida.

—¡No mires atrás!

Un rugido sacudió el pasillo. Tres poseídos avanzaban, retorciéndose, con sombras saliéndoles por la boca y los ojos. Uno de ellos levantó la mano y el suelo se abrió, tragándose lockers y mochilas. Adrián retrocedió un paso.

—Juntos —susurró.

Los ojos se le encendieron en dorado. No gritó. No atacó con rabia. Se movió con una precisión nueva, casi elegante. Giró, esquivó una garra, y selló el espacio frente a él con símbolos que aparecieron como respiraciones de luz oscura. Uno de los demonios chocó contra el sello y quedó atrapado, chillando, hasta deshacerse en humo.

—¡Por acá! —gritó Adrián a un grupo de estudiantes—. ¡Sigan el pasillo y bajen por las escaleras!

Un demonio más grande emergió del aula derrumbada, usando el cuerpo de una estudiante. Adrián se detuvo en seco.

—No… —murmuró—. A ella no.

Separar sin matar es posible, dijo Eryom— Pero te va a costar.

—Hacélo —respondió Adrián— Yo aguanto.

Avanzó. Apoyó la mano en el pecho de la chica poseída. El contacto fue helado. Adrián sintió el tirón, la succión violenta. Apretó los dientes.

—¡Salí! —ordenó.

El demonio fue arrancado como una sombra que se resiste a la luz. La chica cayó inconsciente. Adrián la sostuvo antes de que golpeara el suelo.

—Vivan —susurró— Por favor.

El edificio volvió a temblar..Desde el patio, una presión distinta descendió. No era demoníaca.

Ellos, — dijo Eryom, tenso. — Cazadores del Trono.

La luz atravesó los ventanales rotos como cuchillas blancas. Figuras descendieron en el patio, ignorando a los humanos que huían.

—Objetivo localizado —dijo una voz sin rostro— Proceder a eliminación del Nefilim. El humano es prescindible.

Adrián dejó a la chica a salvo y se irguió.

—No aquí —murmuró— No con ellos.

Corrió hacia la salida lateral mientras el cielo entraba a la escuela. Las aulas seguían cayendo detrás. Gritos, sirenas, pasos desordenados. En el umbral, Adrián se detuvo un segundo. Miró el edificio derrumbándose, los chicos corriendo, la normalidad hecha polvo.




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