“Explosión de gas”, dijeron en las noticias.
“Estructura antigua”, repitieron los directivos.
“Un milagro que no haya muertos”, concluyeron los periodistas.
Adrián escuchó todo desde una cafetería de esquina, con una taza de café que ya se había enfriado entre sus manos. En la pantalla del televisor, imágenes borrosas mostraban el edificio acordonado, patrulleros, padres llorando, estudiantes abrazándose.
Nadie hablaba de sombras. Nadie hablaba de posesiones. Nadie hablaba del chico del fondo que había sacado a otros con vida. Eso también era parte del horror: el mundo se protegía negando.
— No te expongas — advirtió Eryom. —Después de un evento así, el cielo observa con más atención.
—No hice nada malo —murmuró Adrián.
Eso nunca fue un criterio.
La reubicación llegó dos días después. Otro edificio. Otras aulas. Otros pasillos demasiado estrechos. Adrián volvió a sentarse en el último banco, cerca de la ventana. El vidrio estaba rajado; una grieta vertical deformaba el reflejo de su rostro. A veces, al moverse, tenía la sensación de que la grieta no lo seguía al mismo ritmo.
La profesora hablaba de literatura. El murmullo adolescente llenaba el aula con una normalidad forzada. Entonces alguien susurró su nombre.
—Adrián…
No fue una voz clara. Fue un roce, como al pasar una página demasiado despacio. Miró a su alrededor. Nadie lo estaba mirando.
— No respondas, — dijo Eryom.
—Adrián —repitió el susurro, ahora más cerca.
El chico del banco de adelante se giró lentamente. Tenía pecas. Adrián estaba seguro de haberlo visto reír esa mañana.
—¿Nos conocemos? —preguntó el chico, inclinando la cabeza— Porque yo sí te conozco.
Los ojos del chico parpadearon y durante una fracción de segundo, no hubo pupilas. Adrián se levantó de golpe, tirando la silla.
—Permiso —dijo, con la voz más firme de lo que sentía— Me siento mal.
La profesora asintió, distraída..En el pasillo, el aire estaba más frío. Adrián caminó rápido hacia el baño. Cada paso resonaba de forma extraña, como si el edificio repitiera sus movimientos..Entró al baño y cerró la puerta del último cubículo.
—¿Cuántos? —susurró.
— Uno confirmado. Tal vez dos, — respondió Eryom.— Los cazadores están probando métodos más humanos.
El pestillo vibró.
—Adrián… —dijo la voz desde el otro lado— No tengas miedo. Solo queremos mirar.
El espejo del lavamanos se empañó de golpe. Sobre el vapor apareció un símbolo trazado desde dentro, como con un dedo invisible. Eryom se tensó.
Marca del Trono.
La puerta del cubículo se abrió violentamente. El chico de las pecas entró, caminando de forma rígida, como si alguien estuviera aprendiendo a usar su cuerpo.
—Objetivo localizado —dijo con una voz que no era suya— Separación en curso.
Adrián levantó la mano y apagó el sonido. El mundo quedó mudo. El golpe que dio fue seco, preciso. No a la cara: al espacio frente al pecho. El aire se endureció y lanzó al poseído contra la pared, dejándolo inconsciente. El símbolo del espejo se quebró y desapareció.
El sonido volvió de golpe. Adrián se apoyó en el lavamanos, respirando con dificultad. El reflejo le devolvió una imagen pálida, casi translúcida, con los ojos demasiado claros para la luz artificial.
—Esto está empeorando —susurró.
— Sí — admitió Eryom. — Y no solo aquí.
Esa tarde, al salir, notó algo más. Personas que se detenían al verlo pasar. Miradas que lo seguían un segundo de más.. Un murmullo subterráneo que recorría la ciudad como una corriente eléctrica. En una esquina, una mujer se persignó al cruzarse con él. En otra, un hombre sonrió sin motivo.
La noche cayó temprano. Adrián tomó un atajo por una calle angosta. El farol parpadeó cuando pasó por debajo. El suelo se volvió pegajoso, como si caminara sobre algo vivo.
—No es demoníaco —murmuró— ¿Lo sentís?
— Sí — respondió Eryom, inquieto. — Esto es preparación.
Desde una puerta lateral, un hombre salió tambaleándose. Sus ojos estaban enrojecidos. Su boca murmuraba frases inconexas.
—Nos dijeron que te siguiéramos —dijo— Que vos traías algo adentro.
Otros pasos resonaron detrás. Adrián retrocedió.
—No quiero lastimarlos.
— Entonces muévelos, — dijo Eryom con firmeza. — Pero rápido.
El primer ataque fue torpe. Adrián desvió, empujó, plegó el espacio para que los cuerpos chocaran entre sí sin romperse. Uno cayó, otro gritó, un tercero se arrastró. Pero el farol estalló. Desde la oscuridad descendió una figura blanca, casi invisible contra la noche.
—Corrección autorizada —dijo el cazador— Eliminación inmediata.
Adrián sintió el tirón en el pecho. El aire se volvió cuchilla. Los ojos se le encendieron en dorado.nNo gritó. No huyó. Avanzó. El cazador lanzó la lanza de luz. Adrián la desvió con la palma abierta y la dobló, forzándola a desaparecer en un pliegue imposible. El impacto lo arrojó contra una pared, pero se mantuvo en pie.
—No soy tu enemigo —dijo— Estoy salvando gente.
—Eso no figura en el orden —respondió el cazador.
Adrián cerró los ojos un segundo.
— Ahora, — dijo Eryom.
El mundo se contrajo. El cazador fue expulsado del plano con un estallido silencioso que dejó el callejón vacío y temblando.
Adrián cayó de rodillas. Respiró. Se obligó a respirar. Cuando levantó la vista, los humanos habían huido. Solo quedó una marca quemada en el suelo y un mensaje escrito con hollín en la pared: