Adrián se incorporó lentamente. El cuerpo le dolía como si hubiera corrido durante horas. Al apoyar los pies descalzos sobre el suelo frío, una punzada le recorrió la espalda.
— No te relajes — dijo Eryom — La claridad no es seguridad.
—Lo sé —respondió en voz baja.
Se ató el cabello negro con una cinta gastada. Frente al espejo del baño, el reflejo le devolvió un rostro pálido, casi enfermizo, pero intacto. Demasiado intacto para todo lo que había vivido. Los ojos celestes parecían más claros bajo la luz del día, casi irreales, como si no terminaran de pertenecerle.
No vio los destellos dorados..Eso era buena señal..Salió a la calle..El barrio estaba despierto. Negocios abiertos, colectivos llenos, niños caminando de la mano de sus padres. Adrián caminó entre ellos con cuidado, como si cualquier roce pudiera detonar algo invisible.
— Escucha — dijo Eryom.
Adrián lo hizo. Y entonces lo sintió: un murmullo bajo, constante, como un zumbido eléctrico oculto bajo los sonidos cotidianos. No venía de un punto fijo. Venía de las personas.
Entró al supermercado del barrio porque necesitaba comida. Porque necesitaba fingir que todavía podía hacer cosas simples. Tomó un carrito. Avanzó por los pasillos estrechos, entre estanterías llenas de productos coloridos. Una mujer discutía por el precio de la leche. Un anciano buscaba lentes en su bolsillo. Un niño lloraba porque quería golosinas. Normalidad. Hasta que el niño dejó de llorar. Giró la cabeza lentamente y miró a Adrián desde el otro extremo del pasillo. Sonrió.
—Ya te encontramos —dijo con una voz adulta, profunda—. Qué fácil fue seguirte.
El carrito se soltó de las manos de Adrián y avanzó solo, empujado por una fuerza invisible. Las luces del supermercado parpadearon. Un vidrio estalló. Gritos.
— Posesión en cadena — dijo Eryom, tenso— Más de uno.
—No aquí —murmuró Adrián—. Hay demasiada gente.
El anciano del pasillo contiguo se enderezó con un crujido antinatural. Sus ojos se volvieron blancos. La mujer de la leche comenzó a reír sin detenerse, con una risa que no coincidía con su rostro.
—Asmodeo saluda —dijeron varias bocas a la vez— Y ordena que te entregues.
Los estantes colapsaron. Latas y botellas volaron por el aire como proyectiles. Adrián se lanzó hacia adelante, cubriendo con su cuerpo a una madre y a su hijo que habían quedado atrapados.
—¡Al piso! —gritó—. ¡No se muevan!
Extendió la mano y el aire se plegó, formando una barrera invisible que detuvo los objetos en pleno vuelo. El esfuerzo le arrancó un gemido. La frente se le empapó de sudor.
— Te están forzando — advirtió Eryom — Quieren que uses poder frente a testigos.
—Entonces voy a usarlo bien.
Un poseído se abalanzó sobre él con una fuerza desmedida. Adrián lo desvió, lo hizo rodar por el suelo sin romperle un hueso. Otro intentó agarrarlo por la espalda. Los ojos de Adrián se encendieron en dorado. El mundo se ralentizó.
No atacó a los cuerpos. Atacó la conexión. Con un gesto preciso, arrancó la sombra del interior de una mujer y la selló contra el techo, donde se retorció antes de desaparecer en un suspiro negro.
La mujer cayó inconsciente. Los gritos aumentaron. La gente corría hacia la salida. Vidrios estallando. Alarmas. Desde lo alto, algo descendió. No era demonio. El aire se volvió puro, demasiado puro, como si cada impureza hubiera sido quemada. Una figura blanca apareció sobre las cajas registradoras, sin tocar nada.
—Interferencia detectada —dijo el cazador del Trono—. El humano está contaminado.
Adrián levantó la vista.
—Estoy salvando personas —respondió, jadeando— Eso no es contaminación.
—Es irrelevante.
La lanza de luz se formó en el aire.
— Adrián — dijo Eryom, con urgencia — Si disparan aquí, no habrá marcha atrás.
—Entonces no van a disparar.
Adrián dio un paso al frente. El cazador lanzó la lanza. Adrián la desvió hacia el techo. El impacto hizo colapsar parte de la estructura, pero evitó que alcanzara a la gente. El polvo llenó el aire. El cazador retrocedió, sorprendido.
—Estás eligiendo humanos por sobre el orden —dijo.
—Sí —respondió Adrián— Y volvería a hacerlo.
El dorado de sus ojos se apagó lentamente. Sirenas se escucharon a lo lejos. El cazador observó la escena un segundo más. Luego habló con una voz que parecía provenir de muchos lugares a la vez:
—Registro actualizado.
—El día ya no es seguro.
—Autorización ampliada.
La figura se disolvió. El supermercado quedó en ruinas..Adrián salió por la puerta trasera, tambaleándose. Se apoyó contra una pared exterior, respirando con dificultad. Las manos le temblaban.
—Eryom—susurró— Me están empujando a mostrarme.
— Sí — respondió el Nefilim— Y cada vez que lo haces el mundo aprende.
Adrián levantó la vista. En la vereda de enfrente, una mujer lo observaba fijamente. No estaba poseída. Estaba consciente. Y aun así, sus ojos reflejaban algo más.
—¿Vos sos eso? —preguntó en voz baja— ¿El que aparece cuando pasan cosas raras?
Adrián retrocedió un paso.
—No deberías verme.
La mujer sonrió, nerviosa.
—Demasiada gente te vio hoy —dijo— Y algunos ya están hablando.