— No camines recto— dijo Eryom. — La noche imita los hábitos.
—¿Desde cuándo aprende tan rápido? —murmuró Adrián.
Desde que la desafiamos a plena luz.
La parada del colectivo estaba casi vacía. Un farol iluminaba el asfalto con un cono amarillento y débil. Dos personas esperaban: una mujer con auriculares y un hombre apoyado en la pared, fumando. Adrián se colocó a varios metros, de espaldas a la calle. El farol parpadeó. El hombre exhaló el humo y este no se dispersó. Se quedó suspendido en el aire, retorciéndose como una serpiente perezosa.
— No respires profundo — advirtió Eryom.
La mujer se quitó un auricular.
—¿Escuchás eso? —preguntó, mirando a Adrián— Como si alguien caminara pero no hay nadie.
El sonido llegó entonces: pasos que no tocaban el suelo, un roce húmedo contra el concreto. Desde el callejón lateral, algo avanzó.
No tenía forma definida al principio. Era una sombra demasiado densa, con bordes que se movían tarde. Cuando entró en el cono de luz, adoptó un cuerpo humano mal armado: brazos largos, cuello torcido, una sonrisa que parecía dibujada a la fuerza.
—Buenas noches —dijo, con una voz suave— Asmodeo agradece tu resistencia.
La mujer gritó. El hombre tiró el cigarrillo y corrió. Adrián dio un paso adelante.
—Aléjense —ordenó— ¡Ahora!
La mujer dudó un segundo. Ese segundo casi la mata..La sombra se estiró y la pared detrás de ella sangró oscuridad. Adrián levantó la mano y plegó la noche, empujando la sombra hacia atrás como si empujara agua espesa.
—¡Corré! —gritó a la mujer.
Ella corrió. La cosa rió.
—Siempre salvando humanos —dijo— Qué costumbre tan frágil.
Se multiplicó. Tres sombras más surgieron del suelo, del poste, del banco de la parada. La noche había aprendido: atacar en capas, rodear, cansar.
— No gastes todo — dijo Eryom. — Ellos quieren que pierdas el control.
—Entonces no se los voy a dar.
Adrián avanzó con cuidado. Sus movimientos eran medidos, casi silenciosos. El cabello negro se le pegó a la frente por el sudor; la piel, pálida bajo la luz, parecía absorber el brillo del farol. Cuando una sombra se lanzó, Adrián la desvió y la selló contra el suelo con un gesto breve. No explotó. Se apagó.
Las otras aprendieron. Atacaron a la vez. El golpe lo lanzó contra la pared. Adrián sintió el aire irse de los pulmones. Se deslizó hasta el suelo, mareado.
— Ahora — dijo Eryom, firme — Te cubro.
Los ojos de Adrián se encendieron en dorado. El mundo se afiló.
Se incorporó de un salto y rasgó el espacio frente a él. No fue un portal limpio; fue una hendidura oscura que absorbió a dos sombras con un gemido húmedo. La tercera intentó huir. Adrián extendió la mano y la llamó de vuelta. La sombra chocó contra una barrera invisible y se deshizo. Silencio. El farol volvió a parpadear y se apagó. Adrián respiró con dificultad.
—¿Eso fue distinto? —preguntó.
— Sí — respondió Eryom.— Están probando nuevas formas. Más silenciosas. Más crueles.
Adrián se apoyó en el poste. Un hilo de sangre le bajó por la sien.
—No podemos seguir así todas las noches.
Lo sé.
El colectivo llegó tarde. Demasiado tarde. Adrián subió y se sentó al fondo. El interior estaba casi vacío. El motor arrancó con un ronroneo irregular. A mitad del trayecto, el conductor dejó de parpadear.
—Próxima parada —dijo, con una voz que no vibraba— Fin del camino.
El colectivo se desvió solo, tomando una calle que Adrián no reconoció. Las luces interiores se apagaron una a una.
—No… —susurró.
— Trampa — dijo Eryom — Bájate.
Las puertas no se abrieron. Las sombras se filtraron por el piso, por los asientos, por el techo. El colectivo se alargó, como si la noche lo estuviera estirando desde adentro. Adrián avanzó hacia el frente, esquivando manos que surgían del suelo. Apoyó la palma en la puerta.
—Abrite.
Nada..Los ojos se le encendieron en dorado. El vidrio cedió, doblándose hacia afuera como metal caliente. Adrián saltó justo cuando el colectivo se cerraba detrás de él con un aullido.
Cayó sobre el asfalto y rodó. Se levantó tambaleándose.. La calle estaba vacía..Demasiado vacía. Desde un balcón cercano, una figura humana lo observaba. No poseída. Consciente. Sonriendo.
—La noche te ve —dijo— Y el cielo también.
La figura levantó la mano..El aire se volvió puro, insoportablemente puro..Un cazador del Trono descendió en silencio, bloqueándole la salida.
—Autorización nocturna —dijo— Eliminación directa.
Adrián retrocedió un paso.
—Eryom…
Estoy contigo.
El cazador avanzó. Adrián desvió el primer golpe, el segundo le rozó el hombro y le quemó la piel. Cayó de rodillas.
—Ríndete —ordenó la voz— El humano puede morir. El Nefilim será extraído.
—No —respondió Adrián, con los dientes apretados— Si me matás no te llevás nada.
El dorado brilló más intenso. Adrián abrió el espacio bajo el cazador y lo empujó fuera del plano con un esfuerzo que le arrancó un grito. El mundo se cerró de golpe. Adrián quedó solo, jadeando. El teléfono vibró en su bolsillo. Mensaje nuevo.