— No estás imaginando esto,— dijo Eryom, atento. — El mundo empieza a reconocerte.
—Eso es peor que ser cazado —murmuró Adrián desde el colchón estrecho—. Al menos cuando me cazan sé de dónde viene el peligro.
La mañana llegó con un cielo gris lechoso. Adrián salió temprano, gorra baja, mochila al hombro. En la calle, algo había cambiado. No era visible a simple vista..Era conductual.
Personas que se detenían cuando él pasaba.
Conversaciones que se apagaban. Un silencio incómodo que se abría a su alrededor como un claro en el bosque. En una panadería, la mujer del mostrador tardó demasiado en darle el vuelto. Sus dedos temblaban.
—¿Todo bien? —preguntó Adrián.
Ella levantó la mirada. Sus ojos estaban normales. Humanos. Pero había algo detrás, una duda venenosa.
—Anoche —dijo en voz baja— Mi hijo soñó con vos.
El estómago de Adrián se contrajo.
—¿Cómo?
—Dijo que tenías los ojos dorados —continuó— Que le pedías que no gritara.
Adrián retrocedió un paso.
—No fue un sueño —susurró Eryom— Fue un eco.
Adrián salió sin el pan. En el colectivo, nadie se sentó a su lado. Un chico lo miró fijo durante todo el trayecto, sin parpadear. Cuando Adrián se levantó para bajar, el chico dijo:
—No sos malo pero tampoco sos nuestro.
La frase le heló la espalda.
— Están empezando a elegir — dijo Eryom — Eso no debería pasar.
La tarde trajo lluvia. Una lluvia espesa, pegajosa, que hacía brillar el asfalto como piel mojada. Adrián caminó rápido por una avenida secundaria cuando escuchó el primer impacto.
Un auto había frenado de golpe. Una mujer gritaba. Un hombre yacía en el suelo, convulsionando. La gente se reunió alrededor, formando un círculo.
—¡Llamen a una ambulancia! —gritó alguien.
Adrián se acercó… y sintió el tirón.
— Posesión inducida, — dijo Eryom— No demoníaca.
—¿Entonces qué?
Humana.
El hombre del suelo abrió los ojos. Eran normales, pero la boca se le abrió más de lo posible.
—¿Sos vos? —preguntó con voz rota— ¿El que sobrevive?
La multitud murmuró.
—Aléjense —dijo Adrián—. ¡Por favor!
Nadie se movió.
—Dicen que cuando estás cerca —continuó el hombre— pasan cosas.
El aire se volvió pesado. Las gotas de lluvia se detuvieron un segundo en el aire.
— Esto es nuevo,— dijo Eryom, tenso. — No es el cielo. No es el infierno.
El hombre se irguió con un crujido y extendió la mano hacia Adrián.
—Probemos —dijo—. Veamos si es cierto.
El estallido fue inmediato. El pavimento se resquebrajó. La gente gritó y huyó cuando una fuerza invisible empujó hacia afuera, como una onda expansiva. Adrián cayó de rodillas.
—¡No! —gritó ¡No quiero esto!
Los ojos se le encendieron en dorado sin que él lo decidiera. La multitud se dispersó. El hombre cayó inconsciente. Silencio. Adrián respiraba agitado.
—Estoy provocando esto —susurró— No los demonios. Yo.
— No, — respondió Eryom con firmeza— Están respondiendo a ti. Es distinto.
—¿Por qué?
Eryom tardó en responder.
— Porque el velo se está afinando — dijo al fin.— Y tú eres una grieta viva.
Esa noche, Adrián soñó despierto. Vio a Sariel, de pie en un lugar sin cielo ni suelo. No hablaba. Solo lo miraba. En sus ojos había algo nuevo: miedo.
—No te acerques más —dijo Sariel sin mover los labios— Si cruzas el próximo límite ya no podré protegerte.
Adrián despertó sobresaltado. El teléfono vibraba. Un mensaje nuevo, esta vez con ubicación.
Ellos ya eligieron.
Debajo, una foto borrosa: una multitud reunida frente a un edificio mirando hacia arriba. Adrián reconoció el lugar. Era su escuela provisoria. Y todos estaban allí. Esperándolo.