—No están poseídos —susurró Adrián— Están convencidos.
— Asmodeo cambió la estrategia, — respondió Eryom con gravedad— Ya no necesita demonios visibles. Está dejando que los humanos hagan el trabajo.
Adrián apretó la baranda oxidada hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Por qué ahora? ¿Qué lo apuró tanto?
Eryom tardó en responder.
— Porque algo falló,— dijo al fin— Algo que él creía asegurado.
El viento trajo un grito cercano. Luego otro. Un patrullero pasó a toda velocidad, chocó contra un poste y quedó atravesado en la calle. Nadie salió a ayudar.
—Esto no es solo caos —dijo Adrián— Es preparación.
Sí. Está debilitando la ciudad. Volviéndola maleable.
Adrián sintió un escalofrío.
—¿Para qué?
Eryom dudó. Esa duda fue peor que cualquier respuesta.
— Para que cuando el cielo intervenga, —dijo con cuidado, — la humanidad no importe.
Un estruendo sacudió el aire. No venía del suelo. Venía de arriba..El cielo nocturno se tensó, como una tela estirada al límite. Un relámpago blanco lo atravesó sin sonido, dejando una cicatriz luminosa que tardó segundos en cerrarse.
—No —murmuró Adrián— Todavía no.
— El Trono está considerando una intervención directa — dijo Eryom— Y Asmodeo lo sabe.
Adrián dio un paso atrás.
—Entonces todo esto… es para forzarlos a bajar.
Sí. Y cuando lo hagan Sariel quedará expuesto.
El nombre resonó entre ellos como un golpe.
Antes de que Adrián pudiera decir algo, la azotea vibró. No fue una explosión. Fue un peso. El aire se volvió puro, insoportablemente puro. Adrián cayó de rodillas, jadeando, mientras una figura descendía sin alas visibles, sin luz cegadora. Solo presencia. Un cazador del Trono, distinto a los anteriores. Más antiguo.
—Adrián —dijo con una voz que no necesitaba elevarse— Portador del Nefilim Eryom.
Eryom se tensó como nunca antes.
— No te muevas — dijo— Este no viene a matar.
—¿Entonces? —jadeó Adrián.
Viene a confirmar.
El cazador los observó con atención clínica. Sus ojos no se posaban en Adrián, sino en el espacio que ocupaban juntos.
—El caos humano se ha acelerado —continuó— Tal como ocurrió antes.
Adrián alzó la vista.
—¿Antes de qué?
El cazador lo miró por primera vez a los ojos.
—Antes de la primera purga.
El corazón de Adrián dio un vuelco.
—¿Qué purga?
Eryom habló antes de que el cazador pudiera hacerlo.
No le digas.
El cazador esbozó algo parecido a una sonrisa.
—Eryom recuerda —dijo— Eso lo confirma.
—¿Confirmar qué? —exigió Adrián— ¿Por qué lo quieren exterminar? ¡¿Qué hizo?!
El silencio se extendió como una herida abierta.
—Tú no eres el problema —respondió finalmente el cazador— El problema es que él sobrevivió.
El aire se volvió más pesado.
—Sobrevivió a qué —susurró Adrián.
El cazador dio un paso más cerca. Adrián sintió el impulso de retroceder, pero se obligó a mantenerse firme.
—A la decisión del cielo —dijo—. A una orden que jamás debió fallar.
Eryom rugió dentro de Adrián. No con furia. Con culpa.
— No era así, — dijo, casi para sí— No debía quedar nada.
Adrián apretó los dientes.
—¿Nada de qué?
El cazador levantó la mano. El aire tembló.
—No hoy —dijo— Aún no.
El cielo volvió a vibrar. A lo lejos, otra cicatriz luminosa se abrió, más grande.
—Asmodeo está forzando demasiado —continuó el cazador— Si continúa, el Trono actuará y cuando eso ocurra, Adrián, tú dejarás de ser invisible.
—¿Eso es una amenaza? —preguntó Adrián.
—Es un aviso.
El cazador se desvaneció sin transición. El silencio que quedó fue insoportable. Adrián se dejó caer sentado, respirando con dificultad.
—Eryom —dijo, con la voz quebrada— ¿Qué sobreviviste?
Eryom no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz era distinta. Más antigua. Más cansada.
Sobreviví a una purga donde el cielo decidió que ciertos seres no debían existir. Sobreviví porque Sariel me escondió. Y porque algo salió mal.
Adrián cerró los ojos.
—¿Qué cosa?
Antes de que Eryom pudiera responder, todas las luces de la ciudad se apagaron a la vez. Oscuridad total. Luego, una sola voz resonó desde todos los rincones, humana y demoníaca a la vez, cargada de deleite:
—Querido mundo ya eligieron el miedo.
Adrián se puso de pie de golpe.
—Asmodeo…
La voz continuó:
—Y cuando el miedo gobierna el cielo cae más rápido.
El cielo se rasgó. No del todo. Pero lo suficiente. Un resplandor imposible iluminó la ciudad en silencio. Y desde lo profundo de la prisión olvidada, Sariel gritó el nombre de su hijo, rompiendo por primera vez su propio bloqueo. Eryom sintió el llamado como un golpe directo al alma.
Padre…
Adrián alzó la vista, con los ojos ya comenzando a brillar en dorado.
—Creo —dijo, con un hilo de voz— que acabamos de cruzar el punto de no retorno.
Y muy lejos, donde el cielo y el infierno se tocaban sin verse, algo antiguo despertó, recordando exactamente por qué había sido sellado.