Los Hijos Del Olvido

Dos hijos, un mismo latido

La ciudad quedó lejos. No porque hubieran huido de ella, sino porque el ruido del mundo se apagó por primera vez desde que todo había comenzado.

Adrián estaba sentado en el suelo de una habitación vacía, con la espalda apoyada contra la pared. La noche entraba por una ventana rota, pero no traía frío. Traía quietud. Esa clase de quietud que no asusta, que no amenaza, que simplemente abraza. Eryom estaba en silencio..No el silencio tenso de la vigilancia constante, ni el silencio cargado de culpa. Era otro. Profundo. Reverente.

—¿Lo sentís? —susurró Adrián, con la voz cansada.

Eryom no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz ya no estaba fragmentada por la rabia ni la urgencia.

.

La presencia llegó sin romper nada. No fue una aparición, ni una voz que descendiera del cielo. Fue un reconocimiento. Como cuando alguien pronuncia tu nombre exacto después de años de no oírlo. El aire se volvió más denso, pero no pesado. Más bien pleno.

Eryom…

El nombre vibró dentro de Adrián como un latido ajeno y propio al mismo tiempo. Eryom se estremeció. No con miedo. Con anhelo.

Padrerespondió, y por primera vez no hubo eco de reproche en esa palabra.

La habitación se llenó de una luz suave, dorada, no cegadora. No venía de ningún punto específico; parecía nacer del espacio entre respiraciones. Adrián cerró los ojos sin darse cuenta. Algo en su pecho se aflojó, como si una tensión antigua por fin hubiera cedido. Sariel no se mostró con forma. No necesitaba hacerlo. Su presencia era protección.

Te encontré dijo, y esa frase no era una afirmación: era una promesa cumplida.

Eryom sintió cómo siglos de soledad se replegaban de golpe. No desaparecían, pero dejaban de doler. Como cicatrices que, al ser tocadas con cuidado, ya no arden.

Creí que te había perdido,— confesó.

Nunca, — respondió Sariel—. Jamás dejé de buscarte. Incluso cuando tuve que cerrar los ojos para que no te encontraran a través de mí.

Eryom comprendió entonces. No con la mente. Con el alma.

—Él te protegió incluso de sí mismo —murmuró Adrián, sin saber cómo sabía eso— Se escondió para que no te usaran.

Sariel se volvió hacia él. Por primera vez, Adrián sintió esa mirada. No lo juzgaba. No lo medía. Lo reconocía.

dijo Sariel, con una suavidad que atravesó a Adrián— Has cargado lo que no te correspondía.

Adrián tragó saliva. El nudo en la garganta era antiguo. No venía de demonios ni de cazadores. Venía de algo mucho más humano.

—Siempre estuve solo —admitió, en voz baja—.No importaba dónde estuviera. Siempre… solo.

La luz se intensificó apenas. Eryom se movió dentro de él, no para tomar control, sino para acercarse.

No lo estás dijo con firmeza— Nunca más.

Sariel comprendió entonces algo que no había previsto. No tenía un hijo. Tenía dos.

Eryom — dijo— Y Adrián.

El nombre del muchacho resonó con una calidez imposible de ignorar.

Mi hijo de espíritu y mi hijo de elección.

Adrián sintió que el pecho le ardía, pero no de dolor. Las lágrimas le brotaron sin aviso, silenciosas, como si el cuerpo se rindiera al fin.

—No sé si soy fuerte —susurró—. Solo… no quiero perderlos.

Eso es fuerzarespondió Sariel— La más rara.

La energía fluyó. No como poder desatado, sino como reposo. Las heridas de Adrián dejaron de arder. El cansancio se replegó a un rincón manejable. Su respiración se volvió profunda, estable. Eryom sintió algo similar: la fractura interna que llevaba desde la purga se cerró un poco más, no del todo, pero lo suficiente como para respirar sin culpa.

Padredijo Eryom— Quiero volver.

Sariel no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz estaba cargada de una tristeza serena.

Lo sé. Y yo quiero volver a abrazarlos. Pero aún no.

La luz comenzó a retirarse con lentitud, como quien se despide sin urgencia.

Descansendijo Sariel— Reúnan fuerzas. No solo para luchar sino para elegir bien.

Eryom asintió en silencio. Adrián se dejó deslizar hasta quedar recostado en el suelo, con una paz que no recordaba haber sentido nunca. Cerró los ojos.

—Vamos a salvarte —susurró— Te lo prometo.

La presencia de Sariel se disipó, pero no desapareció del todo. Quedó como un hilo dorado, invisible, firme. Eryom se acomodó dentro de Adrián, no como un huésped, sino como un hermano que por fin sabe dónde pertenece.

— Gracias — dijo.

—Gracias a vos —respondió Adrián, medio dormido— Por quedarte.

La noche siguió su curso afuera. Pero dentro de esa habitación olvidada, por primera vez, nadie estaba solo. Y ese amor antiguo, imposible, luminoso se convirtió en el motor más peligroso de todos: el deseo irrenunciable de liberar a Sariel, y volver a ser, contra todo cielo y todo infierno, una familia.




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