Los Hijos Del Olvido

Lo que despierta cuando descansamos

El descanso duró lo justo para volverse peligroso.

Adrián despertó antes del amanecer, con el cuerpo tibio y una sensación extraña en la piel, como si hubiera dormido bajo una luz que no recordaba. Tardó unos segundos en reconocer la habitación: paredes descascaradas, el colchón en el suelo, la ventana rota cubierta con una manta vieja. Todo seguía ahí.

Él no.

Se incorporó despacio. El silencio era absoluto, tan compacto que dolía en los oídos. Se miró las manos. La piel, habitualmente pálida, tenía ahora finas líneas doradas, apenas visibles, como venas de luz bajo la superficie. No ardían. No dolían. Latían.

—Eryom — susurró.

El Nefilim estaba despierto. No alerta. Inquieto.

Yo también lo sientodijo— No es una herida. Es un residuo.

Adrián pasó los dedos por su antebrazo. Las líneas reaccionaron al contacto, apagándose un segundo, como si se ocultaran.

—¿Del encuentro con Sariel?

Sí. Y no.

Adrián frunció el ceño.

—Explícame.

Eryom tardó. Y ese retraso le heló la sangre.

Cuando Sariel nos alcanzó no solo nos sostuvo — dijo al fin— Nos reconoció. Y el reconocimiento deja huella.

Adrián se levantó y fue hasta el espejo improvisado del baño. Su reflejo lo miró con ojos celestes claros, intactos. Pero algo más se había afinado: el rostro parecía más sereno, más definido, como si la fatiga hubiera esculpido belleza sin pedir permiso.

—No me siento más fuerte —dijo— Me siento visible.

Eryom no lo negó.

Eso es lo que me preocupa.

El primer signo llegó minutos después. El teléfono, que había quedado apagado, vibró sin encenderse. La pantalla permanecía negra, pero el aparato temblaba como si algo desde adentro intentara salir. Adrián lo tomó con cuidado.

—¿Qué es esto?

Un eco respondió Eryom— Del vínculo.

La pantalla se encendió sola. No mostró mensajes. Mostró una imagen. Una calle cualquiera de la ciudad. Personas caminando. De pronto, una mujer se detenía, miraba al cielo y decía un nombre.

Sariel.

Adrián sintió un golpe en el pecho.

—No —murmuró— Nadie sabe su nombre.

Ahora sí — dijo Eryom con gravedad— No lo saben conscientemente. Lo sueñan. Lo recuerdan sin haberlo aprendido.

Adrián apagó el teléfono de golpe.

—El reencuentro —dijo— Fue demasiado grande.

Fue amor respondió Eryom— Y el amor deja ondas.

Salieron cuando el sol comenzaba a elevarse. La ciudad estaba extrañamente callada para esa hora. Los negocios abrían más tarde. La gente caminaba despacio, como si algo los mantuviera distraídos por dentro.

En una pared cercana, Adrián se detuvo. Alguien había dibujado un símbolo con tiza. No demoníaco..No celestial..Humano. El mismo que había visto en el refugio tiempo atrás.

—Ese símbolo… —susurró—. ¿Lo reconocés?

No respondió Eryom— Y eso es lo peor.

Un niño estaba agachado frente al dibujo, trazando el mismo símbolo una y otra vez. Adrián se acercó con cautela.

—Hola —dijo con suavidad— ¿Quién te enseñó eso?

El niño levantó la cabeza. Sus ojos eran normales, oscuros, atentos.

—Nadie —respondió— Él me lo pidió.

—¿Quién?

El niño sonrió, tranquilo.

—El señor que brilla cuando cierro los ojos.

Adrián retrocedió un paso.

—¿Te dijo su nombre?

El niño negó con la cabeza.

—No. Pero me dijo que vos lo conocés.

La respiración de Adrián se volvió superficial.

Esto es grave — dijo Eryom— Sariel no debería poder proyectarse así.

—¿Entonces por qué pasa?

Eryom no respondió. La respuesta llegó de otro lado. El aire cambió. No se volvió puro ni denso. Se volvió expectante. Una figura apareció al final de la calle..No descendió. No emergió. Simplemente estuvo. Vestía como un hombre común, pero su presencia ordenaba el espacio. La gente alrededor seguía caminando, sin verlo.

—Adrián —dijo— Portador consciente.

Eryom se tensó como un resorte.

No ataques — dijo— Este es distinto.

—¿Quién sos? —preguntó Adrián, manteniéndose firme.

—Un emisario —respondió— No del castigo. De la evaluación.

Adrián sintió un frío en la nuca.

—¿Del Trono?

El hombre asintió.

—Lo que ocurrió anoche ha sido registrado —continuó— El vínculo con Sariel dejó una resonancia imposible de ignorar.

—No fue un arma —replicó Adrián— Fue un reencuentro.

—Precisamente —respondió el emisario— Eso lo vuelve inaceptable.

Eryom habló, por primera vez, sin usar la voz de Adrián.

No lo tocarán dijo— No otra vez.

El emisario inclinó la cabeza, como reconociendo algo.

—Eryom —dijo—. Hijo del Vigilante. Sobreviviente de la purga.

Adrián sintió que el mundo se inclinaba.

—Así que es cierto —susurró—. Querían matarte por algo que pasó antes.

—No —corrigió el emisario— Queríamos borrarte. Porque tu existencia demostró que el Trono puede equivocarse.

Silencio.

—¿Y ahora? —preguntó Adrián— ¿Van a intervenir?

El emisario lo miró con atención nueva.

—Eso depende de ti.

—¿De mí?

—Sí —respondió— El caos de la ciudad, la tentación de Asmodeo, la resonancia de Sariel todo converge en tu elección.

Eryom sintió un estremecimiento.

Nodijo— No lo pongas sobre él.

—Ya está sobre él —respondió el emisario— Porque tú no puedes existir sin un ancla humana. Y él no puede volver a ser solo humano.




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