Los Hijos Del Olvido

El temblor bajo la fe

El temblor no fue un terremoto..Fue un latido. Adrián lo sintió bajo las plantas de los pies, una vibración profunda que subía desde las entrañas de la ciudad como si algo inmenso se hubiera dado vuelta en su sueño. El asfalto se agrietó en líneas finas, no violentas, casi… cuidadosas. Las luces parpadearon. Los gritos se apagaron uno a uno, reemplazados por un silencio cargado de terror reverente.

—Eso —susurró Adrián, con la respiración entrecortada— Eso no fue Asmodeo.

Norespondió Eryom, con una mezcla de anhelo y alarma— Fue mi padre.

A su alrededor, las personas libres miraban el suelo con los ojos desorbitados. Algunos cayeron de rodillas sin saber por qué. Otros se persignaron, llorando. Un hombre gritó hacia el cielo:

—¡Si vas a castigar, castigá ya! ¡Pero no nos dejes así!

El cielo siguió mudo. Los demonios subordinados, que hasta hacía segundos reían, retrocedieron. No huyeron. Se replegaron, como animales que reconocen a un depredador más grande.

—Interesante —susurró uno de ellos, con la voz deformada— La jaula se movió.

Adrián avanzó un paso.

—¿Qué jaula?

El demonio sonrió con crueldad satisfecha.

—La que mantiene al Vigilante dormido. O eso creían.

Antes de que pudiera decir más, el demonio se deshizo en sombra y desapareció, dejando atrás un olor a hierro quemado..El caos humano no había terminado. A unas cuadras, un edificio comenzó a inclinarse como si la gravedad hubiera cambiado de opinión. Personas corrían despavoridas. Una mujer tropezó con un coche volcado y quedó atrapada.

—¡Ayuda! —gritó—. ¡Por favor!

Adrián no dudó. Corrió hacia ella, ignorando el mareo que le nublaba la vista. Al tocar el metal retorcido, sintió cómo Eryom se acomodaba dentro de él, no para dominar, sino para acompañar.

Juntosdijo el Nefilim.

Los ojos de Adrián brillaron en dorado suave, estable. El metal cedió como si fuera arcilla caliente. La mujer quedó libre y salió corriendo sin mirar atrás.

—Gracias —balbuceó.

Adrián no respondió. Estaba demasiado concentrado en no caer de rodillas.

—Eryom —murmuró— Algo me está drenando.

Es la resonancia explicó— Mientras la prisión de Sariel se agita, el vínculo se tensa. Estamos conectados a algo más grande de lo que pensábamos.

Un nuevo sonido atravesó la ciudad. No era un rugido. Era un canto. Grave, lejano, imposible de ubicar. Algunas personas se taparon los oídos. Otras comenzaron a llorar sin control. Un niño señaló el suelo.

—Mamá —dijo, temblando— La tierra está rezando.

Adrián cerró los ojos.nY entonces lo vio. No con la vista, sino con algo más antiguo. Un abismo subterráneo, sellado con símbolos que ya no brillaban como antes. Cadenas de luz enterradas en roca viva. Y en el centro una presencia inmensa, contenida, paciente.

Sariel.

No despertando. Recordando.

Padre —susurró Eryom, con un hilo de voz— Aguantá un poco más.

El cielo respondió..No con ángeles..Con cazadores. El aire se volvió puro, cortante. Tres figuras descendieron al mismo tiempo, formando un triángulo perfecto alrededor de Adrián. No atacaron de inmediato. Lo observaron.

—Confirmación recibida —dijo uno— La prisión del Vigilante está comprometida.

—Interferencia humana excesiva —dijo otro— El portador es el catalizador.

El tercero dio un paso adelante.

—Adrián —dijo— Esta es tu última advertencia.

Adrián levantó la cabeza. El rostro estaba pálido, marcado por el cansancio, pero los ojos celestes seguían firmes.

—¿Advertencia de qué? —preguntó.

—De que si la prisión se rompe —continuó el cazador— el Trono ejecutará el Protocolo de Restauración Total.

El estómago de Adrián se heló.

—¿Qué significa eso?

Eryom respondió antes.

Exterminiodijo, con una calma terrible— No solo de demonios. De humanos también.

—No —murmuró Adrián— No pueden hacer eso.

—Ya lo hicieron antes —replicó el cazador— Y lo harían de nuevo.

Silencio. Las sirenas volvieron a sonar a lo lejos. El caos no había terminado. Solo había cambiado de forma.

—Entonces escuchen bien —dijo Adrián, con la voz temblando pero firme— No voy a entregar a Eryom. No voy a abandonar a Sariel. Y no voy a permitir que usen a la humanidad como daño colateral.

Los cazadores se tensaron.

—Eso es rebelión —advirtió uno.

Adrián apretó los puños.

—No —corrigió— Es elección.

El suelo tembló otra vez, más fuerte. Desde las profundidades, una voz antigua atravesó la piedra y el miedo, llegando clara, inequívoca, hasta Adrián y Eryom:

Hijos…

Los cazadores retrocedieron un paso por primera vez. El cielo se rasgó apenas..Y en la grieta, algo comenzó a descender. Adrián alzó la vista, con el corazón golpeándole el pecho.

—Eryom —susurró— Creo que ya no somos los únicos que vamos a elegir.

Y en algún lugar, entre la prisión que se abría y el mundo que se desmoronaba, Asmodeo sonrió, sabiendo que el siguiente movimiento haría que nadie pudiera volver atrás.




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