Los Hijos Del Olvido

La noche que eligió sangre

La grieta del cielo no se abrió. Se desgarró. Un filo de luz blanca descendió como una herida viva, partiendo la oscuridad en dos. El aire se volvió cortante, cada respiración una cuchilla en los pulmones. Las personas libres cayeron de rodillas; algunas se taparon el rostro, otras alzaron las manos en un gesto inútil de súplica.

—¡Mamá! —gritó una niña— ¡Me quema!

Adrián corrió hacia ella. La tomó en brazos justo cuando la luz intentó tocarla. El dorado brotó de sus ojos como un reflejo involuntario y desvió el rayo. El impacto abrió un cráter en el asfalto a pocos metros.

—¡Atrás! —rugió—. ¡Todos atrás!

Los cazadores del Trono descendieron por la grieta como lanzas vivientes. No tenían alas visibles, pero el aire se plegaba a su paso. Cada uno portaba una marca distinta, símbolos que parecían negar la realidad a su alrededor.

—Protocolo de Restauración —anunció uno— Fase uno.

El caos respondió. Los demonios subordinados de Asmodeo salieron de las sombras de golpe, decenas, cientos, mezclándose con humanos tentados y poseídos. La ciudad se convirtió en un tablero roto: demonios usando cuerpos como máscaras, humanos atacando humanos, edificios que respiraban oscuridad.

—¡Ahora! —ordenó una voz desde ningún lado y todos— ¡Que el mundo aprenda!

Asmodeo. No se manifestó con cuerpo. No lo necesitaba. Su risa se filtró por las grietas, por los oídos, por los pensamientos.

—Eryom —susurró— Mirá lo que el cielo está dispuesto a sacrificar por borrarte.

Un cazador lanzó su arma: un arco de luz que desintegraba todo lo que tocaba. Adrián se interpuso, con el cuerpo agotado, la voluntad afilada.

No frenes dijo Eryom— Canalizá.

Adrián golpeó el suelo. El espacio se dobló. La flecha de luz se partió en fragmentos y cayó como ceniza brillante. Los cazadores retrocedieron un paso, incrédulos.

—Imposible —murmuró uno— El humano no debería poder.....

—¡Debería! —gritó Adrián— ¡Si ustedes no protegen, alguien tiene que hacerlo!

Un demonio cayó sobre él desde un balcón. Adrián lo recibió con un golpe que apagó la sombra que lo sostenía. El cuerpo humano cayó inconsciente. Otro demonio lo atacó por la espalda; Eryom tomó el control un latido y el mundo se volvió preciso, elegante, brutal. Tres movimientos. Tres caídas. Pero el precio fue inmediato. Adrián cayó de rodillas. La frontera entre ambos se deshilachaba.

—Eryom —jadeó— Me estoy quedando sin tiempo.

Norespondió el Nefilim— Te estás acercando al centro.

El suelo volvió a temblar, esta vez con violencia. Desde una avenida cercana, la tierra se abrió. No como un abismo caótico, sino como una puerta antigua que recordara su forma. Símbolos viejos emergieron de la roca, cadenas de luz tensándose hasta el límite.

—¡No! —gritaron los cazadores— ¡Retirada inmediata!

El canto regresó, más fuerte. No era un himno. Era un llamado.

Hijos…

La voz de Sariel atravesó la ciudad y todo se detuvo por un segundo: demonios congelados a mitad de ataque, humanos temblando, cazadores tensos como estatuas. Asmodeo rugió.

—¡No te atrevas, Vigilante! ¡Todavía sos mío!

Las cadenas crujieron. Adrián se puso de pie con dificultad. La piel pálida brillaba con líneas doradas que ya no se ocultaban. El cabello negro caía sobre su rostro, empapado de sudor y sangre ajena. Los ojos ya no eran solo dorados. Eran dos luces superpuestas.

Padre —dijo Eryom, con una serenidad aterradora— Ya elegimos.

Sariel respondió. No con liberación. Con sacrificio. Las cadenas no se rompieron. Se replegaron hacia adentro, arrastrando la grieta con ellas. La puerta se cerró de golpe, sellando la prisión con un estruendo que sacudió kilómetros. Silencio. Los cazadores quedaron inmóviles.

—¿Qué… qué hizo? —susurró uno.

Asmodeo gritó de furia.

—¡Te escondés otra vez! ¡Cobarde!

Pero Sariel no respondió. La ciudad seguía en caos, pero algo había cambiado: la tentación se debilitó. Los demonios comenzaron a perder cohesión, como sombras sin noche. Adrián cayó de rodillas, exhausto.

—Eryom —susurró— ¿Por qué?

Porque no podía salir, respondióNo todavía. Si lo hacía, el Trono cumpliría su amenaza.

Un cazador dio un paso adelante.

—El Vigilante ha elegido —dijo— Y con eso ha condenado al portador.

—¿A mí? —preguntó Adrián, levantando la vista.

—No —corrigió— A ustedes.

El cielo se cerró por completo. Las luces de la ciudad se apagaron. Y entonces llegó el anuncio final, resonando en cada rincón del mundo, humano y no humano:

El Trono declara a Adrián y a Eryom entidades de ruptura. Autorización de caza total.

Adrián sintió un frío absoluto recorrerle la espalda.

—Eryom —dijo, con una media sonrisa cansada—Creo que acabamos de convertirnos en el enemigo de todos.

El Nefilim respondió, firme, protector:

Entonces pelearemos como familia.

Muy lejos, en lo profundo de la prisión sellada, Sariel abrió los ojos..Y por primera vez desde su caída, sonrió. Porque el siguiente movimiento no lo harían el cielo ni el infierno. Lo harían sus hijos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.