La vibración no se detuvo. Se propagó. Adrián cayó de rodillas cuando el suelo volvió a estremecerse, esta vez con un pulso rítmico, profundo, como el latido de algo que llevaba demasiado tiempo esperando. A su alrededor, la ciudad parecía contener el aliento: los gritos se apagaron de golpe, los demonios retrocedieron unos pasos, tensos, alertas.
—¿Qué… qué fue eso? —murmuró una mujer, abrazando a su hijo.
Eryom no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz temblaba.
La prisión ha sido tocada.
Adrián levantó la cabeza lentamente. El dorado seguía encendido en sus ojos, pero ya no ardía con violencia: resplandecía con reconocimiento.
—Sariel —susurró.
Muy lejos de allí, bajo capas de roca, símbolos antiguos y juramentos olvidados, algo respondió.
La prisión no era una celda. Era un silencio impuesto. Sariel estaba suspendido en un espacio donde no existía arriba ni abajo. No había cadenas visibles, pero cada pensamiento que intentaba expandirse era devuelto contra sí mismo. No dolor. No tortura. Algo peor: inmovilidad absoluta. Hasta ahora. El primer temblor no rompió nada. El segundo lo despertó por completo.
—Eryom —susurró, y su voz resonó donde no debería haber sonido.
El sello reaccionó de inmediato. Runas antiguas se encendieron, tratando de reforzar el encierro. Pero ya era tarde. Algo había cambiado. En la superficie, el aire se volvió pesado otra vez. Los demonios comenzaron a moverse con inquietud, murmurando entre ellos.
—No estaba en el trato —dijo uno, mirando al suelo.
—Asmodeo no ordenó esto —respondió otro, retrocediendo— Esto no es tentación.
El más grande, el que había hablado antes, mostró los dientes.
—No importa —gruñó— Si el Vigilante despierta el cielo va a bajar con todo.
Adrián se puso de pie, tambaleándose, pero firme.
—Entonces más les vale irse —dijo—. Porque no pienso detenerme ahora.
Los demonios dudaron. Por primera vez, dudaron..Y ese instante fue suficiente. Un rugido atravesó la ciudad, no desde arriba, sino desde abajo. No fue audible para todos, pero quienes lo sintieron cayeron de rodillas, llevándose las manos al pecho, llorando sin entender por qué.
—Mamá —susurró un niño— Algo… algo nos está llamando.
El cielo respondió. No con ayuda. Con ira. Las nubes se compactaron en un círculo perfecto sobre el centro de la ciudad. Un resplandor blanco comenzó a filtrarse entre ellas, abriendo una herida luminosa.
—No —dijo Adrián— No ahora.
— El Trono no va a permitir que Sariel despierte — dijo Eryom— Van a intervenir directamente.
—¿Contra quién?
Eryom guardó silencio un segundo.
Contra todo lo que sea necesario.
Un estruendo cortó el aire. Una columna de luz descendió a varias cuadras, pulverizando un edificio abandonado como si fuera papel. La gente gritó. Corrió. Cayó.
—¡Nos están atacando! —gritó alguien— ¡Los ángeles nos están atacando!
La frase se propagó más rápido que el miedo. Adrián sintió algo quebrarse dentro.
—Eryom —vdijo, con la voz rota— Si el cielo empieza a matar humanos…
— Entonces el orden está perdido— respondió el Nefilim— Y ya no hay vuelta atrás.
Adrián apretó los puños.
—Entonces elegimos nosotros.
El dorado de sus ojos se expandió, pero esta vez no fue solo de Eryom. Fue compartido.
—No voy a dejar que destruyan la ciudad —dijo— Ni que vuelvan a encerrar a Sariel. Ni que usen a la gente como excusa.
El suelo volvió a temblar. Más fuerte. Desde lo profundo, una grieta invisible se abrió bajo la ciudad, respondiendo al vínculo de sangre y espíritu. Sariel gritó. No de dolor. De furia contenida durante siglos. Los sellos comenzaron a resquebrajarse. En algún lugar fuera del tiempo, Asmodeo sonrió por primera vez y frunció el ceño al mismo tiempo.
—No —murmuró — Todavía no.
Porque por primera vez desde la purga, no era el infierno quien movía las piezas. Era la familia que el cielo había querido borrar. Y mientras la ciudad se partía entre luz, sombra y desesperación, Adrián comprendió algo con una claridad aterradora: liberar a Sariel no salvaría al mundo. Pero no hacerlo lo condenaría para siempre. Y esa decisión estaba a segundos de caer sobre él.