Los Hijos Del Olvido

El Dolor Del Vigilante

La prisión respondió con dolor. Sariel no tenía cuerpo allí, y aun así sufría como si cada fragmento de su esencia estuviera siendo desgarrado uno por uno. El espacio que lo contenía, un vacío comprimido entre capas de roca, sellos celestiales y juramentos antiguos vibraba con cada pensamiento que intentaba escapar. No había cadenas visibles. No las necesitaba. El verdadero castigo era sentir.

Sentir a Eryom ardiendo en la superficie, dividido entre poder y culpa. Sentir a Adrián sangrando por decisiones que jamás debieron recaer sobre un humano. Sentir la ciudad rompiéndose por su culpa.

—Perdón —susurró Sariel, y el eco de su voz volvió contra él multiplicado— Perdón…

Las runas reaccionaron, clavándose en su conciencia como espinas. Cada vez que pensaba en escapar, el sello se tensaba. Cada vez que pensaba en sus hijos, dolía más. Y aun así no podía dejar de hacerlo.

—No debía existir Eryom —se reprochó— No debía existir Adrián en esto.

El recuerdo del reencuentro lo atravesó como un puñal dulce. Dos presencias aferrándose a él con una fe que ya no merecía. Dos hijos mirándolo como si aún pudiera salvarlos. Y Sariel, el Vigilante, no podía hacer nada.

Nada excepto desear. El deseo comenzó como una grieta. No era rebelión. No era furia. Era algo mucho más peligroso:
voluntad.

—Si mi prisión es el precio —murmuró— que sea la mía. Pero no la de ellos.

Por primera vez en siglos, Sariel deseó ser libre. No para vengarse. No para destruir.

Para llegar a tiempo. El sello reaccionó con violencia. En la superficie, Asmodeo caminaba entre los humanos como un rey sin trono visible. No necesitaba alas. No necesitaba fuego. Vestía un cuerpo prestado, elegante, pulcro, con una sonrisa que no prometía nada y ofrecía todo.

—No les estoy pidiendo que me adoren —decía con suavidad, mientras avanzaba entre una multitud agitada— Solo que escuchen lo que ya sienten.

Una mujer cayó de rodillas, sollozando.

—Estoy cansada —confesó— Cansada de ser buena.

Asmodeo se agachó frente a ella.

—Entonces no lo seas —respondió— Nadie te lo va a agradecer.

Ella levantó la cabeza. Sus ojos se oscurecieron. Y la ciudad cedió un poco más. Las posesiones ya no eran forzadas. Eran consentidas. Personas abriendo la puerta interior por voluntad propia, dejando entrar sombras que amplificaban rencores, deseos, culpas.

—¿Dónde están los ángeles? —gritó un hombre mientras prendía fuego un local— ¡¿No se suponía que nos cuidaban?!

Asmodeo sonrió.

—Tal vez nunca existieron como creían —susurró al oído de otro— Tal vez solo eran una historia para mantenerlos quietos.

Edificios ardían. Familias se separaban. La fe se transformaba en rabia. Y en lo alto, el cielo observaba sin intervenir. Adrián había desaparecido. No por huir. Por necesidad.

El lugar donde se ocultaba no tenía coordenadas claras. No estaba fuera del mundo ni dentro del todo. Era una grieta olvidada, un espacio residual creado cuando la ciudad había sido construida sobre restos antiguos, anteriores al Trono y al Infierno. Un lugar sin nombre.

—Acá… —susurró Adrián, apoyando la espalda contra una pared cubierta de símbolos erosionados— Acá no siento nada.

Eryom estaba alerta, sorprendido.

No puedo percibir el exterior — dijo— Ni a Asmodeo ni al cielo.

—Yo tampoco —respondió Adrián— Es como si el mundo hubiera pasado de largo.

El aire era denso, antiguo. No había electricidad. No había señal. No había ruido de ciudad, solo un silencio pesado pero neutral.

—Este lugar… —murmuró Adrián—. No me da miedo.

Eryom comprendió.

Porque no te juzga.

Adrián se dejó caer sentado, agotado. Las líneas doradas bajo su piel latían con lentitud, como si el lugar las adormeciera. Por primera vez desde que todo comenzó, el dorado de sus ojos no intentó despertar.

—Sariel —susurró— No podemos ayudarte desde acá.

El dolor lo atravesó, pero también algo más: claridad.

—O sí —corrigió— Pero no como esperan.

Eryom sintió el temblor.

¿Qué estás pensando?

Adrián levantó la vista, con una determinación nueva.

—Si el cielo y el infierno pueden sentir a Sariel por el vínculo entonces este lugar existe porque no responde a ninguno.

Eryom comprendió lentamente.

Un punto ciego.

—Exacto —asintió Adrián— Y si Sariel desea ser libre, no podemos romper la prisión desde afuera.

El silencio se tensó.

—Tenemos que hacerlo —continuó— desde donde no miran.

Eryom sintió algo parecido a miedo.

Eso…..eso no está permitido.

Adrián sonrió, cansado, triste pero firme.

—Nada de esto lo está.

Muy lejos de allí, en la prisión que comenzaba a resquebrajarse desde adentro, Sariel sintió algo distinto. No dolor. No culpa. Una presencia estable. Un ancla que no exigía, no juzgaba.

—Adrián —susurró— Eryom…

El sello vibró. Por primera vez, no para castigar sino porque algo había dejado de obedecer.

Y mientras Asmodeo reía entre humanos que se entregaban a la tentación, y el cielo dudaba si descender o arrasar,.la familia que había sido borrada comenzaba a planear su movimiento más peligroso: no atacar, no suplicar, no huir sino romper las reglas desde el único lugar donde nadie miraba.

Y cuando el mundo volviera a notar su ausencia, ya sería demasiado tarde para detenerlos.




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