Los Hijos Del Olvido

El lugar donde Dios no mira

El silencio del refugio no era vacío. Era antiguo. Adrián lo sintió cuando abrió los ojos: no había latidos ajenos, no había murmullos demoníacos, no había presión celestial. Era como si el mundo hubiera olvidado que ese espacio existía y ese olvido era una bendición peligrosa.

—Este lugar—susurró— No está muerto. Está fuera.

Eryom se movió dentro de él con una inquietud profunda.

No pertenece a ningún orden respondió— Ni siquiera al que existía antes del Trono.

Las paredes d el sitio ,un subsuelo imposible bajo la ciudad, estaban cubiertas de símbolos erosionados, tan antiguos que no respondían a ningún idioma vivo. No brillaban. No reaccionaban. Observaban.

Adrián dio un paso adelante y el símbolo más cercano se apagó.

—¿Viste eso?

Sí. Te reconoció.

El aire tembló levemente. Y muy lejos de allí, bajo toneladas de roca y juramentos, Sariel gritó..No con la voz. Con el espíritu.

La prisión reaccionó con violencia..Los sellos ardieron, atravesándolo como lanzas de luz pura. Sariel cayó, o algo equivalente a caer, dentro de su propio encierro, sintiendo cómo cada deseo de libertad era castigado como un pecado renovado.

—No —jadeó— No ahora… no cuando ellos…

Las runas se cerraron con un estallido sordo.

—Tu sufrimiento es necesario —entonó una voz sin cuerpo— La estabilidad lo exige.

Sariel apretó los dientes.

—La estabilidad —repitió, con amargura— Siempre la misma excusa.

Y entonces lo sintió. Un vacío distinto. Un punto donde la vigilancia no alcanzaba.

Adrián —susurró— ¿Qué estás haciendo?

La respuesta no llegó en palabras. Llegó en forma de quietud. La ciudad, entretanto, ya no fingía normalidad. Asmodeo caminaba entre calles encendidas por el caos como un anfitrión satisfecho. No necesitaba gritar órdenes; las personas acudían a él por sí solas, atraídas por una verdad simple y cruel: nadie iba a salvarlas.

—No los obligué —decía, con una sonrisa suave, mientras una multitud lo rodeaba— Solo les mostré lo que siempre desearon negar.

Un joven cayó de rodillas frente a él.

—¿Y si esto está mal? —preguntó, temblando.

Asmodeo se inclinó, amable.

—¿Mal según quién? —susurró— ¿Según un cielo que no bajó cuando gritaste?

El joven cerró los ojos y abrió la puerta interior. A lo lejos, un edificio colapsó.

—El miedo ya no gobierna —murmuró Asmodeo— Ahora gobierna la elección.

Pero algo no encajaba. Asmodeo se detuvo en seco. Frunció el ceño.

—No —susurró— ¿Dónde estás?

Intentó extender su percepción. Nada.

Ni rastro del dorado.
Ni rastro del Nefilim.
Ni rastro del humano.

Por primera vez desde que la purga había comenzado siglos atrás, Asmodeo no veía el tablero completo. En el refugio, Adrián respiraba con dificultad. El símbolo apagado comenzó a resquebrajarse, no rompiéndose sino replegándose, como si aceptara su presencia.

—Eryom —dijo— Creo que este lugar no bloquea el poder.

Entonces, ¿qué hace?

Adrián levantó la vista, con los ojos celestes brillando en la penumbra.

—Lo vuelve irrelevante.

Eryom comprendió. Y sintió miedo.

Si usamos este lugar para tocar la prisión no habrá testigos. Ni jueces.

—Ni permiso —completó Adrián.

El suelo vibró. No como un terremoto. Como una respuesta. Desde lo profundo, Sariel sintió cómo uno de los sellos dejaba de doler. No porque se rompiera. Sino porque algo dejó de obedecerlo.

—No —susurró el ángel, con una mezcla de terror y esperanza— No hagan esto por mí…

Adrián cerró los ojos.

—Siempre fue por nosotros —dijo— Por no volver a estar solos.

El símbolo terminó de apagarse. Y en ese instante exacto:

• el cielo perdió una coordenada
• el infierno perdió un rastro
• y la prisión perdió su certeza

Asmodeo alzó la cabeza, furioso.

—No —gruñó— Eso no estaba permitido.

En el Trono, una alarma que no existía comenzó a sonar. Y mientras Adrián daba el primer paso hacia un acto que jamás había sido registrado, Eryom comprendió la verdad final:.no estaban intentando liberar a Sariel.

Estaban a punto de romper el concepto mismo de prisión. Y una vez hecho ni el cielo, ni el infierno, ni el mundo humano volverían a ser lo que eran.




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