Los Hijos Del Olvido

El nombre que no debía desperta

El punto ciego terminó de cerrarse con un susurro seco, como una herida que cicatriza mal. Adrián cayó de rodillas. No por debilidad física, sino por ausencia.

El vacío que dejó Eryom al bloquear el vínculo era peor que cualquier dolor: era la certeza de estar solo otra vez. Solo de verdad. Sin la presencia constante, sin la voz que lo había sostenido cuando todo se rompía.

—Eryom… —susurró, con la garganta cerrada.

No hubo respuesta. El aire cambió. No se volvió denso ni puro. Se volvió ordenado. Ese fue el primer aviso. El segundo fue el silencio absoluto: la ciudad, el caos, los gritos, todo quedó atrás, amortiguado, como si el mundo hubiera sido cubierto por una capa invisible.

—Objetivo localizado —dijo una voz sin eco— Proceder.

La luz descendió. No en columnas espectaculares, sino en figuras precisas, trazadas con exactitud quirúrgica. Los cazadores del Trono emergieron del aire mismo, seis en total, armados con símbolos móviles, sellos flotantes y armas que no brillaban, pero pesaban sobre la realidad.

Adrián levantó la cabeza con dificultad.

—No —murmuró— No se lo lleven.

Uno de los cazadores lo observó sin emoción.

—El humano ya no es relevante —respondió— El Nefilim ha sido aislado.

El espacio frente a Adrián se abrió. No un portal. Una extracción.

Eryom fue arrancado de su interior como una constelación desgarrada, su forma espiritual comprimida a la fuerza. El grito no fue sonoro, fue mental, atravesando a Adrián con una violencia que lo hizo arquearse hacia adelante.

—¡NO! —gritó.

La esfera celestial se cerró alrededor de Eryom con un chasquido perfecto. No había grietas. No había fisuras. Solo luz compacta y sellos girando lentamente.

—Encapsulación completa —anunció otro cazador— El objetivo será trasladado para su disolución.

La palabra disolución fue el golpe final. Adrián sintió algo quebrarse. No poder. No furia. Identidad.

Algo antiguo, profundo, que había dormido bajo capas de abandono humano, de miedo, de orfandad, abrió los ojos. El suelo vibró..No con violencia. Con reconocimiento. La sombra de Adrián comenzó a crecer.

No se proyectó en una sola dirección: se desplegó, extendiéndose por las paredes, el suelo, el aire, hasta erguirse detrás de él como una figura imposible, de más de cinco metros de altura. Alas. No físicas. Sombras densas, inmensas, con bordes definidos por una luz azul apenas visible. Los cazadores se tensaron.

—¿Lecturas anómalas? —preguntó uno.

—Confirmo — respondió otro, dudando— Esto no es reacción demoníaca.

Adrián se puso de pie lentamente. Sus ojos seguían siendo celestes. Pero ya no miraban como antes. Miraban sabiendo. El cabello negro, largo hasta los hombros, comenzó a reflejar destellos azules, como si el cielo nocturno se hubiera alojado en cada hebra. No había violencia en su postura. No había amenaza explícita. Solo autoridad antigua.

—Devuélvanlo —dijo Adrián.

No gritó. No ordenó. Anunció..La esfera celestial vibró.

—Retrocedan —ordenó el líder de los cazadores— Esto no estaba en el informe.

Uno de ellos dio un paso atrás sin darse cuenta.

—Es imposible —murmuró— Ese patrón… esa resonancia…

Adrián alzó la mano. No tocó la esfera. La reconoció. El sello comenzó a resquebrajarse, no rompiéndose desde afuera, sino desobedeciéndose desde dentro. La luz se fracturó en líneas irregulares.

—¡Deténganlo! —gritó uno de los cazadores.

Nadie se movió.

—No —dijo otro, con la voz tensa— No podemos.

El líder tragó saliva.

—Estamos ante… —empezó a decir.

Adrián lo miró. Y en ese instante, recordó. No una vida pasada completa. No nombres ni guerras.

Recordó quién era cuando eligió amar en lugar de juzgar. La esfera estalló en silencio. Eryom fue absorbido de nuevo en el cuerpo de Adrián como una marea que regresa a casa, tembloroso, herido, pero vivo.

Adrián....¿Qué… eres…?

Adrián cerró los ojos un segundo.

—Soy el mismo —respondió— Y eso basta.

El poder no explotó. Se asentó. Su cuerpo se volvió más resistente, más estable. La herida que tenía en el costado dejó de sangrar, no por magia visible, sino porque ya no podía. No era invulnerable. Era sostenido. Los cazadores retrocedieron un paso más.

—Confirmación visual y energética —dijo uno, con voz quebrada— Estamos ante uno de los cuatro.

El nombre no fue pronunciado. No hacía falta.

—Retirada táctica —ordenó el líder— El Trono no autorizó este enfrentamiento.

—¿Y el Nefilim?

El líder miró a Adrián una última vez.

—Eso —dijo — ya no es un objetivo simple.

Los cazadores se replegaron en haces de luz fragmentada, dejando el lugar en un silencio pesado. La sombra de alas comenzó a replegarse lentamente, fundiéndose con Adrián hasta desaparecer. Adrián cayó de rodillas otra vez. Esta vez, exhausto. Eryom estaba con él.

Eso….eso fue Gabrieldijo el Nefilim, con una mezcla de asombro y temor.

Adrián apoyó una mano en el suelo, respirando con dificultad.

—No —respondió— Eso fue alguien que no podía dejarte ir.

Muy lejos, en la prisión subterránea, Sariel sintió el despertar y comprendió con una certeza devastadora: su hijo no solo había sobrevivido. Había despertado a otro. Y mientras el cielo comenzaba a reorganizarse, Asmodeo sonreía con una inquietud nueva.

—Así que el mensajero también cayó al mundo —murmuró— Esto se acaba de poner interesante.

Adrián levantó la vista, con los ojos celestes aún brillando con una profundidad nueva.

—Eryom —dijo— Creo que ahora sí no hay vuelta atrás.

Norespondió el Nefilim— Pero por primera vez no estamos huyendo.

Y en algún punto entre cielo, infierno y humanidad, el nombre que no debía despertar
había comenzado a recordar quién era.




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