Adrián colgaba del aire… literalmente. Flotaba a unos tres metros del suelo, boca abajo, girando lentamente como un péndulo descompuesto.
—¡No fue intencional! —protestó— Pensé bajar suave y terminé pensando dar una vuelta.
— Pensar es precisamente el problema — respondió Eryom, con un dejo de diversión que no intentó ocultar — El poder celestial responde a intención pura, no a narración interna.
—Genial. Entonces tengo que dejar de pensar.
Exacto.
—Eso jamás funcionó antes.
Eryom suspiró si es que un Nefilim podía suspirar y cortó el campo de sustentación. Adrián cayó… solo para quedar suspendido a veinte centímetros del suelo.
—¡EY!
— Progreso, — dijo Eryom—. No te estrellaste.
Adrián apoyó los pies y se enderezó, sacudiéndose el polvo inexistente de la ropa.
—¿Sabés qué es lo peor de todo esto?
Que aún no materializas las alas.
—Eso también, sí —admitió— Pero sobre todo que cada vez que hago algo bien, algo me mira.
El aire del túnel se tensó apenas. Eryom lo sintió al mismo tiempo.
— No es paranoia, — dijo—. La presencia sigue ahí.
—¿Y por qué no ataca?
— Porque está observando,— respondió— Como si evaluara si vales la pena.
—¡Qué alivio! —ironizó Adrián—. Un examen sorpresa cósmico.
No hubo tiempo para más bromas. El suelo vibró.!El aire se oscureció. El olor a azufre se filtró como una promesa rota.
—Demonios —dijo Adrián— Y esta vez vienen en serio.
— Asmodeo está perdiendo la paciencia — confirmó Eryom— Eso los vuelve imprudentes.
Tres portales se abrieron a la vez. No limpios, no elegantes: rasgados, como heridas mal hechas. De ellos emergieron demonios mayores, más densos, más estables, con formas que ya no parecían caricaturas del odio, sino algo entrenado.
—El mensajero —dijo uno, con voz cavernosa— El que juega a ser jefe.
Adrián dio un paso al frente… y tropezó consigo mismo cuando el aire se volvió sólido bajo sus pies.
—¡AU! —gruñó—. ¡Eryom!
Te dije que no mires el suelo como si fuera suelo.
—¡Eso es contraintuitivo!
El primer demonio atacó. Adrián reaccionó tarde pero reaccionó. La luz azul brotó sin explosión esta vez. No hubo estallido. No hubo choque. El demonio simplemente dejó de existir.
Ni grito.
Ni residuo.
Ni sombra.
Los otros dos se detuvieron en seco.
—Eso—murmuró uno— Eso no es poder nefilim.
Adrián parpadeó.
—¿Eso fui yo?
— Sí — respondió Eryom, con asombro contenido— Y no forzaste nada.
El segundo demonio rugió y se lanzó.nAdrián levantó la mano por reflejony la bajó.
—No —dijo— No así.
Cerró los ojos. Pensó en proteger, no en atacar. El aire se plegó como un manto. El demonio chocó contra una barrera invisible y se desintegró al contacto, como si la realidad misma lo rechazara. El tercero retrocedió, aterrorizado.
—No —susurró— Él recuerda.
Adrián lo miró fijamente. Sus ojos celestes brillaban con una profundidad nueva. Antigua. Innegable.
—No —corrigió— Apenas estoy empezando.
El demonio intentó huir. No llegó a hacerlo. La luz azul lo envolvió y lo deshizo como una mentira sostenida demasiado tiempo. Silencio. Adrián respiró hondo.
—Ok —dijo—. Eso fue… menos caótico.
— Mucho menos, — confirmó Eryom— Estás aprendiendo a modular.
—¿Ves? —sonrió—. No soy un desastre total.
Todavía no.
Muy lejos de allí, bajo capas de roca y sellos antiguos, Sariel sintió el último impacto. No como un temblor. Como una firma.mEl ángel alzó el rostro en la prisión invisible.
—No —susurró, con la voz quebrada— No puede ser…
El recuerdo lo golpeó de golpe: esa frecuencia, ese modo de existir sin imponerse, esa autoridad que no exigía obediencia…
—Gabriel…
El nombre fue una plegaria y una condena.
—¿Eras tú todo este tiempo? —murmuró— ¿El humano?
La culpa se volvió insoportable.
—Te dejé solo —dijo— Te dejé caer dos veces.
Los sellos reaccionaron violentamente. Pero Sariel ya no temblaba. Por primera vez desde la purga, sonrió.
—Si despertaste —susurró— Entonces el cielo ya perdió.
Y mientras tanto, en un pliegue del espacio donde ni demonios ni ángeles miraban,
la presencia observaba con atención renovada.NNo tenía forma definida. No necesitaba ocultarse: simplemente no estaba donde buscaban.
—Así que era verdad… —dijo, con una voz antigua, cargada de memoria— El mensajero cayó al mundo y eligió quedarse.
Una risa baja, casi afectuosa, vibró en el vacío.
—Miguel no va a estar contento…
—Uriel lo verá como una señal…
—Y Rafael—la voz se suavizó— Rafael va a sufrir.
La presencia dio un paso inexistente hacia adelante.
—Pero tú, Gabriel —susurró— Siempre fuiste el más peligroso de nosotros. Porque nunca luchaste por el poder. Luchaste por las personas.
La presencia se retiró, satisfecha. Aún no era el momento. No hasta que Gabriel recordara todo. En el túnel, Adrián se dejó caer sentado, exhausto pero vivo.
—Eryom —dijo— Decime la verdad.
¿Cuál?
—¿Cuántos saben quién soy?
Eryom guardó silencio un segundo.
— Los suficientes — respondió— Y cada uno va a reaccionar distinto.
Adrián apoyó la cabeza contra la pared, sonriendo con cansancio.