Los Hijos Del Olvido

Cuando el hermano levanta la espada

El aire se detuvo. No fue una sensación física, sino algo más profundo: como si la realidad hubiera contenido el aliento por respeto o por miedo. Adrián se llevó una mano al pecho.vNo dolor. Presencia.

—No —susurró—nNo ahora…

Eryom lo sintió al mismo tiempo. Y por primera vez desde que existía, tembló.

Adrián…..eso que viene…

No terminó la frase. La voz descendió sin atravesar el aire. Resonó directamente en sus mentes, clara, firme, cargada de una autoridad que no necesitaba imponerse.

Gabriel.

El nombre cayó como una sentencia antigua. Adrián cerró los ojos.

—Miguel… —respondió en voz baja.

El túnel se estremeció, no por destrucción, sino por reconocimiento jerárquico. Las marcas en las paredes se apagaron. La luz azul alrededor de Adrián se replegó instintivamente, como si incluso ella supiera quién estaba hablando..La voz volvió, esta vez con un temblor apenas perceptible.

Hermano. Sabes muy bien que todos los Nefilim debieron morir en el Diluvio.

Eryom sintió el golpe como un puño invisible. Las memorias que no eran suyas ecos del abismo, gritos ahogados, cuerpos cayendo al agua se agolparon en su conciencia.

Los que sobrevivieron eran los más poderosos y los más temidos. Se ocultaron en el Abismo. Se corrompieron. Y hoy son demonios.

Eryom retrocedió dentro de Adrián, instintivamente.

No…..yo no…

Miguel continuó, y esta vez el dolor era evidente

El Nefilim que yace en tu interior eligió esconderse en tu cuerpo humano. Pero el afecto no cambia la ley.

Adrián apretó los puños.

—Migueln—dijo— Escuchame.

La respuesta fue inmediata, cargada de un cansancio antiguo.

Es el último. El último Nefilim vivo, Gabriel.
Y si sigue existiendo el error nunca se cerrará.

Eryom sintió el terror verdadero por primera vez. No miedo a morir. Miedo a ser borrado. Porque conocía ese poder. El que había derrotado a Lucifer. El que había alzado la espada cuando el cielo decidió no dudar más.

Gabriel… — susurró, quebrado. — Yo… yo no quiero morir…

La presencia de Miguel se intensificó.

Si sigues protegiéndolo tendré que descender.

El silencio que siguió fue devastador

Y atacarte en persona.

La frase no era amenaza. Era dolor..Gabriel abrió los ojos. Los celestes brillaban con una luz profunda, triste, infinita.

—Lo entiendo —dijo— Cada palabra.

El aire vibró.

—Entiendo la ley..Entiendo el miedo..Entiendo lo que pasó en el Diluvio.

Su voz no tembló.

—Pero también entiendo algo que vos olvidaste.

Miguel guardó silencio.

—Eryom no eligió corromperse. No eligió el Abismo. No eligió el odio.

Gabriel respiró hondo.

—Eligió vivir sin destruir. Eligió esconderse para no dañar. Eligió confiar en mí.

Eryom sintió algo romperse dentro.

Gabriel…

Miguel respondió con voz más baja.

Eso no lo vuelve inocente.

—No —asintió Gabriel— Pero lo vuelve responsable.

La luz azul volvió a surgir. No explosiva. Protectora. Un escudo inmenso se desplegó alrededor de Gabriel, envolviendo también a Eryom como un manto vivo. No era una barrera rígida, sino una presencia cálida, firme, imposible de atravesar. Eryom sintió el poder envolverlo. No lo aplastó. No lo dominó. Lo sostuvo.

Me… me estás protegiendodijo, entre sollozos silenciosos.

—Siempre —respondió Gabriel— Con toda mi luz.

Miguel sintió ese gesto como una herida abierta.

Hermano….No te reconozco.

Gabriel alzó la mirada hacia lo invisible.

—Nunca me reconociste del todo —dijo con suavidad— Porque yo nunca fui la espada.

La presencia de Miguel osciló.

—Voy a liberar a Sariel —continuó Gabriel— Es el único Vigilante que se arrepintió..El único que aceptó la culpa sin volverse monstruo.

La voz de Miguel se quebró apenas.

Si haces esto…

—Lo sé —respondió Gabriel— Si hago esto, el cielo me va a señalar. Vos me vas a perseguir hermano.

El silencio volvió a caer.

No quiero enfrentarte.

Gabriel cerró los ojos un instante.

—Yo tampoco —susurró— Pero si bajás no voy a retroceder.

Miguel no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz ya no era solo la del general del cielo. Era la de un hermano.

Reza para que no sea yo quien cruce primero el velo.

La presencia se retiró. El túnel recuperó el sonido. El aire volvió a moverse. Eryom temblaba dentro de Gabriel, contenido por el escudo de luz.

Él….él puede matarme…

Gabriel apoyó una mano sobre su pecho.

—No mientras yo exista.

Eryom sollozó en silencio.

—Y si tengo que enfrentar al arcángel que derrotó a Lucifer —continuó Gabriel, con voz serena pero firme— entonces que el cielo recuerde por qué yo era el mensajero.

El escudo brilló con más intensidad. Y muy lejos, en los cielos que comenzaban a dividirse en bandos, Miguel alzó la espada no con rabia, sino con un dolor tan grande
que amenazaba con partir el firmamento en dos. Porque la próxima vez que hablara con su hermano, ya no sería solo con palabras.




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