Gabriel ya no estaba sosteniéndolo. O al menos, no despierto. Adrián dio un paso y cayó de rodillas. El temblor le recorrió el cuerpo entero. No era dolor físico; era exceso. Demasiada memoria, demasiado poder, demasiada verdad para un cuerpo humano que apenas estaba aprendiendo a respirar con alas invisibles.
—Adrián… —susurró Eryom, aterrado.
El muchacho apoyó una mano en el suelo, la otra sobre el pecho. Sus dedos temblaban sin control. La luz azul se filtraba de manera errática entre sus cabellos negros, que ahora volvían a apagarse lentamente.
—Tranquilo —murmuró, con una sonrisa cansada— Está bien…
Eryom se aferró a su conciencia como pudo.
No… no está bien. Te estás deshaciendo…
Adrián negó apenas con la cabeza.
—No —dijo— Solo… necesito dormir.
Respiró hondo. Cada inhalación le costaba un mundo.
—Eryom… —susurró—. Escuchame.
El Nefilim temblaba. Nunca había sentido tanto miedo. Ni siquiera ante Miguel. Porque aquello no era la amenaza de muerte… era la posibilidad de perderlo.
—Cálmate —continuó Adrián, con una ternura que atravesó cualquier barrera— Somos hermanos nosotros también.
Eryom se quedó inmóvil.
—Y así como vos me cuidás a mí —añadió Adrián, cerrando los ojos— yo te cuido a vos.
El cuerpo de Adrián se desplomó suavemente hacia adelante. No fue una caída violenta. Fue el descanso de alguien que había dado demasiado. Eryom gritó su nombre pero no con voz. Con esencia. No hubo respuesta.nEl silencio se volvió íntimo.
Adrián dormía profundamente, exhausto hasta lo más hondo de su ser humano. Su respiración era lenta, irregular, pero estable. Su rostro, ahora relajado, parecía aún más joven, vulnerable humano. Eryom permaneció alerta dentro de él.
Protegiendo..Pensando.
— ¿Qué eres…? — se preguntó, observándolo desde dentro.
No como recipiente. Como persona.
Solo alguien inmensamente bondadoso…
alguien verdaderamente puro…
Las palabras comenzaron a tomar forma en su conciencia.
Solo alguien así podría haber elegido nacer como humano. Renunciar al cielo. Aceptar el miedo, el dolor, la fragilidad....
Para proteger a alguien como él.
— Y aun así, — pensó Eryom, con un nudo imposible en lo que habría sido su garganta,— arriesgarlo todo para liberar a mi padre.
— Sariel. El Vigilante caído..Uno de los que pecaron, — recordó Eryom ,— no por odio sino por lujuria. Por debilidad. Por amor torcido.
Y aun así, Gabriel lo había elegido. No por ignorancia. Por compasión.bEryom sintió algo nuevo nacer en su interior.nNo admiración solamente.
Lealtad absoluta.
— Si el cielo viene por ti, — juró en silencio, — yo seré tu escudo. Aunque Miguel vuelva a levantar la espada. Aunque el mundo entero nos odie.
Muy lejos de allí, bajo capas de roca, fuego y sellos antiguos, Sariel cayó de rodillas en su prisión. Había sentido todo. No como espectador. Como padre. El diálogo entre los arcángeles había atravesado los sellos como una lanza invisible. Cada palabra de Miguel, cada respuesta de Gabriel… cada elección. Sariel apoyó la frente contra el suelo de su condena.
—No —susurró, con la voz rota—.No debiste…
Las cadenas vibraron.
—Elegirme a mí —continuó— Elegirnos a mi hijo y a mi.
La culpa lo aplastó con más fuerza que los siglos de encierro.
—Yo caí —dijo—. Yo fallé. Yo desobedecí.
Cerró los ojos, y lágrimas de luz oscura cayeron sobre la piedra.
—Y aun así —murmuró— Aun así estás dispuesto a ser borrado de la existencia por mi hijo y por mí.
Sariel levantó el rostro.nPor primera vez desde su caída, no hubo desesperación en sus ojos. Hubo decisión.
—Si este es el precio —susurró— Entonces no voy a permitir que lo pagues solo.
Las cadenas reaccionaron, no debilitándose sino respondiendo. El sistema antiguo percibió algo que no había previsto: No rebelión.nNo violencia.nRedención compartida. Sariel respiró hondo.
—Aguanta, Gabriel… —dijo— Aguanta, Adrián.
Y por primera vez desde el Diluvio, el ángel caído no rogó por su libertad..Rogó por el muchacho humano que había elegido ser ángel para salvar a los que nadie más quiso salvar.
El cielo se preparaba para la guerra.mEl infierno ya se movía..Y en medio de todo, un chico dormía en el suelo de un túnel abandonado, custodiado por un Nefilim tembloroso, amado por un ángel caído, y perseguido por el arcángel más poderoso del cielo.
Porque a veces, la mayor amenaza para el orden del mundo no es el mal sino alguien dispuesto a amar incluso cuando no debería.