—Estoy concentrado —respondió él, con los ojos cerrados y una ceja fruncida— Muy concentrado.
—Estás dormido — replicó Eryom.
Adrián abrió un ojo.
—Descansando estratégicamente.
— Babeando — corrigió el Nefilim.
Adrián suspiró y se incorporó en la cama angosta del hotel. El colchón crujió como si fuera a partirse en dos y un resorte le respondió con un chirrido indignado.
—Bueno, perdón por intentar entrenar después de casi morir, hablar con tu tío arcángel guerrero y desmayarme en un túnel —gruñó— No todos tenemos miles de años de experiencia.
— Precisamente por eso — dijo Eryom—, si no controlas el flujo celestial, tu cuerpo humano no va a resistir otro despertar brusco.
Adrián miró alrededor. El hotel era miserable. Una habitación pequeña, paredes amarillentas, una lámpara que parpadeaba como si dudara de su vocación, una ventana que no cerraba del todo y un baño compartido al final del pasillo. Pero estaba caliente. Tenía agua caliente. Y una puerta con cerradura.
—Para alguien que fue arcángel —dijo Adrián—,esto es un downgrade importante.
— No te quejes,— respondió Eryom— El lugar está limpio.
Adrián levantó la mirada hacia una mancha sospechosa en la pared.
—Define limpio.
El entrenamiento comenzó de la forma menos épica posible.
—Respirá —dijo Eryom.
—Estoy respirando.
No así.
—¿Así?
No.
—¿Así?
Eso es suspirar con drama.
Adrián se dejó caer sentado en el suelo.
—¿Cómo querés que respire entonces?
Eryom guardó silencio un segundo.
— Como cuando consolás a alguien,— dijo finalmente— Sin intentar arreglarlo todo.
Adrián parpadeó.
—Eso es extrañamente específico.
Cerró los ojos otra vez. Pensó en la anciana que había visto en la recepción del hotel, que sonrió al verlo entrar sin saber por qué. En el chico del pasillo que dejó de llorar cuando Adrián pasó a su lado. En el recepcionista cansado que, sin darse cuenta, le dijo gracias como si Adrián le hubiera hecho un favor invisible. El aire se calmó. La luz azul no apareció. Pero algo se ordenó.
— Bien — dijo Eryom, sorprendido— Eso fue correcto.
Adrián sonrió.
—¿Ves? No soy un desastre total.
Bajar a la calle fue interesante. La gran ciudad no dormía. El bajo mundo respiraba violencia, cansancio, hambre y rabia acumulada. Adrián caminaba con una mochila vieja al hombro, ropa gastada, el cabello negro cayéndole sobre los hombros. No parecía un ángel. Ni siquiera alguien peligroso.
Pero algo en él desentonaba. Un grupo de hombres discutía a gritos en una esquina. Uno empujó al otro. El puño ya estaba en alto cuando Adrián pasó entre ellos.bNo dijo nada. No miró a nadie. La pelea se apagó.
—Che —murmuró uno, bajando el brazo— No sé por qué… pero ya fue.
—Sí —respondió el otro— No valía la pena.
Ambos se quedaron mirándolo alejarse, confundidos, con una sensación extraña en el pecho.
— Estás filtrando luz — dijo Eryom.
—¿Eso es malo?
— No — respondió— Pero es evidente.
—Genial. Arcángel fluorescente.
Más adelante, un hombre cayó al suelo tras un golpe. Sangre. Gritos. Sirenas a lo lejos. Adrián se acercó sin pensar.
—Eh —dijo, arrodillándose— Tranquilo. Respirá conmigo.
El hombre lo miró, agitado… y luego obedeció. Las manos de Adrián temblaron al apoyarse sobre la herida. No invocó poder. No quiso sanar. Solo estuvo. El sangrado se detuvo. No del todo. Lo suficiente.
—Gracias —susurró el hombre, con lágrimas— Gracias, hermano.
Adrián se quedó quieto.
—No soy…
Pero el hombre ya se estaba calmando.
— No dijiste nada, — señaló Eryom.
—No hizo falta.
El entrenamiento continuó entre callejones, escaleras de incendio y techos húmedos.
—Saltá —ordenó Eryom.
—Eso está alto.
Confía.
Adrián saltó. Cayó mal. Rodó.
—¡AU! —se quejó— ¡Eso no fue volar!
— Pero no te rompiste nada — dijo Eryom— Progreso.
—Tu estándar es muy bajo.
Sin embargo, cada intento era mejor. No aparecían alas..No había explosiones. Pero el cuerpo aprendía. A sostener. A amortiguar. A fluir. Y la ciudad respondía. Las discusiones se volvían conversaciones. Las miradas duras se suavizaban. El odio se disolvía sin explicación. Incluso en los lugares más violentos, algo se desarmaba.
—Eryom —dijo Adrián una noche, sentado en la cama del hotel— ¿Esto soy yo?
—Esto es Gabriel, —;respondió el Nefilim— Sin la armadura.
Adrián sonrió, cansado.
—Entonces quiero aprender a usarlo bien.
Eryom lo observó en silencio. A ese chico humano que entrenaba hasta quedar exhausto..Que dormía en hoteles baratos. Que caminaba por el bajo mundo sin miedo. Que sanaba sin imponer.
— El cielo no te merece, — pensó.
Y mientras Adrián cerraba los ojos para dormir, la ciudad respiró un poco mejor sin saber por qué..Pero no todo lo que despierta esperanza pasa desapercibido.
Muy lejos de allí, algo antiguo volvió a abrir los ojos..Y esta vez, no se sintió amenazado sino invitado. Porque el arcángel estaba recordando cómo amar en forma humana. Y eso, para muchos, era más peligroso que cualquier espada.