Los Hijos Del Olvido

Fuego, juicio y una persiana rota

La persiana metálica no estaba diseñada para cerrarse sola. Y mucho menos para cerrarse sola con Adrián del lado equivocado.

—¡Ey! —protestó, forcejeando— ¡Pará, pará, pará…!

La persiana cayó con un estruendo que resonó por todo el local abandonado. El eco devolvió un silencio incómodo, espeso, casi teatral. Eryom suspiró dentro de él.

Te dije que no empujaras.

—¡No la empujé! —susurró Adrián— Se cerró sola.

Eso se llama “señal” — respondió el Nefilim. — Y no es buena.

Adrián se giró lentamente..El local estaba iluminado por una única lámpara desnuda que parpadeaba como si también estuviera nerviosa. Vidrios rotos, botellas en el suelo, olor a humedad… y tres hombres congelados en medio de una discusión violenta.

Uno tenía una botella rota en la mano.
Otro estaba subido a una silla, claramente en modo valiente por desesperación. El tercero parecía estar reconsiderando todas sus decisiones de vida.

—Che —dijo Adrián, levantando una mano— Perdón la interrupción. Continúen como si yo no estuviera.

Los tres lo miraron. Algo cambió. No sabían qué. Pero la furia se les desarmó como un castillo de arena.

—¿Qué… qué estábamos haciendo? —murmuró el de la botella.

—No sé —respondió el de la silla— Me dieron ganas de no pegarle a nadie.

—Raro —dijo el tercero— Tengo hambre.

Los tres se miraron, incómodos.

—Bueno ya fue —dijo uno— Vamos.

Salieron sin mirar atrás, tropezando un poco, como si acabaran de despertar de una siesta emocional. Adrián parpadeó.

— Ok. Eso fue nuevo.

Estás irradiando más — advirtió Eryom.

—¿Podrías decirlo sin que suene a te vas a meter en problemas?

No hubo respuesta inmediata..Porque alguien aplaudió.

—Bravo —dijo una voz joven— Desarmar una pelea sin tocar a nadie no cualquiera.

Adrián se giró. Un chico rubio, de unos veinte años, estaba apoyado contra la pared, completamente tranquilo, como si hubiera estado allí todo el tiempo. Ropa simple. Sonrisa ladeada. Ojos dorados que no brillaban pero observaban. Eryom se tensó al instante.

Adrián ese no es humano.

—Genial —murmuró Adrián— ¿Hoy es el día de “conozca a su ser celestial”?

—Depende —respondió el rubio— ¿Sos bueno recordando nombres?

El aire se calentó. No como fuego descontrolado. Como una llama precisa, contenida, que no quemaba pero exigía respeto. Adrián dio un paso adelante sin darse cuenta.

—Si viniste a pelear —dijo—, aviso que hoy estoy cansado.

El rubio soltó una risa breve.

—No vine a pelear —respondió— Vine a ver.

Eryom tragó saliva dentro de él.

Es Uriel. El arcángel del fuego purificador.

—Miguel y Rafael quieren destruirte —dijo Uriel, sin rodeos, mirando directamente a Adrián— Al último Nefilim.

Adrián cruzó los brazos.

—Qué considerados. ¿Mandaron invitación o vienen directo?

Uriel arqueó una ceja, sorprendido.

—Seguís igual.

—¿Nos conocemos? —preguntó Adrián.

—Más de lo que recordás —respondió Uriel— Gabriel.

El nombre cayó pesado. Eryom se encogió dentro del escudo natural que Adrián levantó sin pensarlo.

—No —dijo Adrián— No acá. No ahora.

Uriel dio un paso más cerca. El fuego se manifestó alrededor y rodeó a Eryom. El Nefilim gritó, esperando el dolor. Pero el fuego no lo quemó.

—Uh —murmuró Adrián— ¿Eso es bueno o malo?

Uriel frunció el ceño.

—Eso —admitió— no debería pasar.

Eryom temblaba.

— ¿Me vas a destruir? — preguntó, con la voz hecha pedazos.

Uriel cerró los ojos un instante.

—Miguel y Rafael no dudan —dijo— Para ellos, sos una herida abierta. Un error del Diluvio.

Adrián dio un paso al frente, interponiéndose.

—Entonces van a tener que vivir con el error.

Uriel lo miró..Por primera vez, el fuego titubeó.

—El fuego no encuentra corrupción —dijo lentamente — Solo miedo y una lealtad que no debería existir.

—Existe igual —respondió Adrián— Mala suerte.

Muy lejos, el cielo reaccionó. La voz de Miguel resonó, dura:

Uriel. Retírate.

Y junto a ella, la de Rafael, serena y peligrosa:

La compasión no absuelve la corrupción.

Uriel levantó la vista.

—Estoy juzgando —respondió— Y todavía no terminé.

El fuego se replegó y luego se expandió, formando un escudo alrededor de Adrián y Eryom.

—No lo destruiré —dijo Uriel—.No mientras el fuego no lo reclame.

Silencio. El cielo no respondió..Uriel bajó la mirada hacia Adrián.

—No soy tu aliado —advirtió.

Adrián sonrió, cansado.

—Tranquilo. Tampoco tengo presupuesto para aliados.

Uriel soltó una risa breve, involuntaria.

—Entrena —dijo— Porque cuando Miguel baje no va a haber chistes.

Desapareció entre el calor que se disipaba. La persiana del local, como si recién se diera cuenta de todo, volvió a abrirse sola con un chirrido. Adrián suspiró.

—Bueno —dijo— ¿Vamos al hotel? Necesito una ducha, una cama y probablemente terapia.

Eryom, aún temblando, sonrió.

Pero admitilo…

—¿Qué?

Fue divertido.

Adrián negó con la cabeza, caminando hacia la salida.

—Estamos condenados.

Y en el cielo, mientras Miguel y Rafael afilaban decisiones, el fuego había elegido no consumir.. Por ahora.




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