Los Hijos Del Olvido

Cuando la luna proyectó alas

—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—¡No podés entrenar equilibrio sobre un cartel oxidado a diez metros del suelo!

Adrián miró hacia abajo, aferrado al borde de un viejo cartel publicitario que parpadeaba “HABITACIONES POR HORA”.

—Eryom —dijo— Si me caigo, me caigo mejor.

Eso no es una técnica, — respondió el Nefilim, exasperado. — Eso es irresponsabilidad humana.

—Ah, perfecto —gruñó Adrián— Porque esconderte dentro de un arcángel reencarnado perseguido por el cielo y el infierno es súper responsable.

El cartel crujió peligrosamente.

—Ok —admitió—.Quizás… solo quizás… bajemos.

Saltó..Aterrizó mal..Rodó..Se levantó intacto.

—¡¿Viste?! —exclamó—. ¡Ni un raspón!

Eso es porque tu cuerpo ya está adaptándose, — dijo Eryom, sorprendido— Hace unas semanas te habrías partido en dos.

—Progreso —sonrió Adrián— Arcángel de bajo presupuesto, pero funcional.

Caminaron por la avenida rota, entre vendedores nocturnos, música lejana y gente que discutía por monedas, tragos y deudas. El bajo mundo los rodeaba con su violencia habitual pero algo había cambiado.

Las discusiones se apagaban al pasar Adrián. Los empujones se detenían. Las miradas duras se suavizaban sin explicación.

—Che —murmuró un hombre a otro— No sé por qué, pero me dieron ganas de pedirte perdón.

—Sí —respondió el otro— A mí también.

Adrián los miró de reojo.

—No estoy haciendo nada, ¿no?

Estás existiendo — respondió Eryom— Eso ya es suficiente.

Adrián estaba por responder cuando el aire se quebró. No se abrió. Se rasgó. Un sonido grave atravesó la ciudad como un rugido ahogado. Las luces parpadearon. Las ventanas estallaron. El suelo tembló.

—No —susurró Eryom— Esto no es un ataque menor.

Del cielo nocturno descendieron formas imposibles, envueltas en sombras densas y símbolos ardiendo. Demonios mayores. No cazadores. No exploradores.

Ejecutores.

—¡CORRAN! —gritó alguien.

La ciudad estalló en caos. Gritos. Corridas.
Edificios colapsando como castillos de papel..Personas heridas, atrapadas, llorando. Adrián se quedó quieto.

—Eryom…

respondió el Nefilim, con terror contenido — Vienen por nosotros.

Uno de los demonios descendió en picada, concentrando energía suficiente para borrar un barrio entero.

—Objetivo localizado —rugió— Desintegración total.

Adrián dio un paso adelante. No sintió dolor.
No sintió miedo. Sintió certeza. El poder despertó. No completo. No absoluto. Pero suficiente. El suelo bajo sus pies se iluminó.

Y entonces la sombra apareció. Gigantesca. Proyectada por la luna y las luces rotas de la ciudad, una silueta colosal se extendió sobre el pavimento. Diez metros de altura. Alas inmensas desplegadas, majestuosas, imposibles. Las personas se detuvieron.

Algunas cayeron de rodillas..Otras lloraron sin saber por qué. Adrián alzó la mirada. Sus ojos celestes ardían con una luz antigua. Destellos azules recorrieron su cabellera negra, agitada por un viento que no existía.

Pero entre el azul, destellos dorados. Eryom había avanzado.

No voy a escondermedijo el Nefilim, firme— Si van a matarnos lo harán juntos.

—No —respondió Adrián, con calma absoluta— Hoy no muere nadie.

Las energías se fusionaron. No hubo choque. Hubo armonía. El ataque demoníaco impactó y se extinguió, como una llama sofocada por una luz más pura. Los símbolos infernales se disolvieron. Los demonios gritaron, no de dolor, sino de incredulidad.

—¿Qué… qué es eso…? —rugió uno— ¡Ese poder…!

La respuesta llegó desde todas partes. No una voz. Una presencia. Asmodeo observaba desde un plano superior, con una sonrisa torcida que esta vez no era divertida.

—Así que era verdad — murmuró— Gabriel despertó.

El poder que lanzó no buscaba destruir solo. Buscaba absorber.

—Muere, mensajero —susurró— Y dame lo que necesito para liberar a los Vigilantes.

Adrián extendió los brazos. La sombra alada lo imitó.

—No —dijo— No vas a tocar esta ciudad.

La luz se expandió. No quemó edificios.
No hirió humanos. Solo borró demonios. Uno a uno, fueron desintegrados, expulsados del plano, reducidos a nada. El ataque colapsó sobre sí mismo como un error imposible de sostener. El silencio volvió. Adrián bajó lentamente los brazos. La sombra se desvaneció. Las alas desaparecieron del pavimento. Él seguía de pie. Respirando.

Entero.

—¿Estás? —preguntó Eryom, incrédulo.

—Cansado —respondió Adrián— Pero bien.

Tu cuerpo…

—Se adaptó —sonrió— Te dije que el entrenamiento servía.

Muy lejos, Asmodeo dejó de sonreír.

—Interesante —murmuró—.No solo sobreviviste…

Sus ojos ardieron.

—Me negaste lo que necesitaba.

La guerra había cambiado de fase. Y mientras las personas comenzaban a salir de sus escondites, ayudándose unas a otras sin saber por qué sentían tanta unión, Adrián miró el cielo.

—Eryom…

.

—Creo que ahora sí nos van a venir con todo.

El Nefilim sonrió, con una mezcla de temor y orgullo.

Entonces entrenemos más.

Porque el infierno acababa de declarar la cacería. Y el arcángel acababa de proyectar sus magestuosas alas sobre la ciudad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.