Los Hijos Del Olvido

La ciudad que recordó unas alas

La mañana llegó tarde.

No porque el sol no saliera, sino porque la ciudad despertó con miedo. Las calles del sector sur estaban llenas de polvo, vidrios rotos y marcas imposibles en el pavimento. Edificios con fachadas abiertas como heridas mal cerradas. Autos aplastados unos sobre otros. Postes de luz doblados como si algo gigantesco hubiera caminado entre ellos.

Pero lo más inquietante era el silencio respetuoso. Las personas salían de a poco de sus casas, de los refugios improvisados, de debajo de mesas y escaleras. Se miraban entre sí con los ojos rojos, cansados… pero vivos.

—Yo pensé que no salíamos de esa… —murmuró una mujer abrazando a su hijo.

—Yo vi algo… —dijo un hombre, temblando—. No era un avión. No era una explosión.

—Era una sombra —intervino otro—. Con alas.

Esa palabra se repitió como un eco.

Alas.

En la plaza pública ese lugar olvidado donde nadie quería quedarse de noche el pavimento estaba marcado con una silueta oscura, inmensa, apenas visible desde cierto ángulo. No era pintura. No era quemadura. Era presencia grabada.

—Ahí estaba —decían—. Ahí se paró.

—Nos cubrió.

—Nos salvó.

Los teléfonos comenzaron a levantarse. Fotos. Videos borrosos. Relatos superpuestos. Las redes sociales explotaron.

Un ángel salvó el barrio.
No fue un dron.
No fue una banda.
Yo lo vi.
Todos lo vimos.

Los noticieros llegaron tarde, como siempre. Helicópteros. Cámaras. Micrófonos.

—¿Usted afirma haber visto un ángel?

—No lo afirmo —respondió una anciana— Lo sentí.

Esa frase se volvió viral. Adrián observaba todo desde la ventana de un departamento limpio, luminoso y demasiado silencioso para su gusto.

—Esto es —murmuró—. Esto es demasiado.

—Se llama “no dormir con ratas”, —respondió Elías, dejando una bolsa de supermercado sobre la mesa— Eventualmente te acostumbrás.

Adrián se giró. Elías , rubio, relajado, con ropa sencilla, parecía cualquier joven de veinte años salvo por el detalle de que cada vez que se enojaba, la tostadora empezaba a humear.

—Todavía no entiendo cómo pasamos de hotel barato a esto — dijo Adrián.

Elías sonrió.

—Influencia divina —respondió— Y un poco de manipulación de sistemas humanos.

—¿Hackeaste algo?

—No. Purifiqué voluntades —dijo, encogiéndose de hombros— Un agente inmobiliario muy corrupto tuvo una revelación personal.

Eryom intervino, divertido.

Lo hizo llorar.

—No fue para tanto — se defendió Elías — Solo le mostré quién era.

Adrián tragó saliva.

—Recuérdame no discutir con vos.

El entrenamiento comenzó esa misma tarde.

—Muy bien —dijo Elías, cruzado de brazos— Primera lección: no intentes salvar al mundo todo el tiempo.

—¿Eso es una lección?

—Es una advertencia —corrigió— Si Gabriel despierta completo de golpe, tu cuerpo humano no va a aguantar.

Adrián levantó una ceja.

—Sobreviví a Asmodeo.

—Sí —respondió Elías— A medias.

Eryom se acomodó dentro de él, atento.

Escuchalo.

—Perfecto —suspiró Adrián— ¿Qué hacemos entonces?

Elías señaló el balcón.

—Saltá.

—¿Cómo que salte?

—Tranquilo —dijo—. No vas a caer.

—Esa frase ya la escuché —murmuró Adrián— Y siempre termina mal.

Saltó igual. Cayó y quedó flotando a un metro del suelo.

—¡LO ESTOY HACIENDO! —gritó, emocionado— ¡MAMÁ, ESTOY VOLANDO!

—No grites —le dijo Elías—. Hay vecinos.

Adrián bajó torpemente… y aterrizó de culo.

—Ok. Aún no soy elegante.

Pero no te rompiste nada señaló Eryom.

—¡Progreso!

Los días pasaron..La ciudad seguía hablando del ángel. Murales improvisados aparecieron en paredes rotas. Velas en la plaza. Personas ayudándose sin razón aparente. Pandillas que dejaban comida en la iglesia del barrio.

—Algo cambió —decían— No sabemos qué pero cambió.

Adrián lo sentía cada vez que salía.

—Me miran raro —comentó una noche.

—No te miran —respondió Elías— Te reconocen.

—Pero no saben quién soy.

—El alma sí —sonrió— El alma siempre sabe.

El entrenamiento se volvió caótico.

—¡No invoques luz cuando te enojás! —gritó Elías desde la cocina.

—¡Me quemaste el pan! —respondió Adrián.

Eso fue yo — admitió Eryom.

—¡PEOR!

Una tarde, Adrián logró sostener un campo protector mientras Eryom proyectaba energía dorada desde dentro. La luz azul y el oro se entrelazaron sin rechazo. Elías los observó en silencio.

—Funciona — dijo finalmente — Se están sincronizando.

—¿Eso es bueno? —preguntó Adrián.

—Es peligrosísimo —respondió— Y necesario.

Esa noche, Adrián se dejó caer en el sillón, exhausto pero sonriente.

—Nunca tuve esto —dijo en voz baja.

—¿Qué cosa? —preguntó Elías.

—Un hogar.

Eryom sintió algo apretarse en su esencia.

Ni yo.

Elías los miró con una seriedad nueva.

—Entonces entrenen —dijo— Rían. Descansen.

La sonrisa se borró apenas.

—Porque el cielo y el infierno ya se están moviendo.

Muy lejos, Miguel afilaba su espada con tristeza infinita...Rafael cerraba antiguos libros prohibidos con gran preocupación. Asmodeo observaba la ciudad con odio intenso.

Y en un departamento luminoso, en un barrio que había visto alas proyectadas sobre el pavimento, un arcángel reaprendía a vivir,
un Nefilim aprendía a confiar, y el fuego purificador había elegido enseñar en lugar de quemar.

La tregua no duraría mucho. Pero por primera vez, no estaban solos.




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