Los Hijos Del Olvido

Órdenes del cielo, bromas del infierno

El ataque no llegó con explosiones. Llegó con notificaciones.

—¿Por qué mi celular vibra tanto? —gruñó Adrián desde el sillón, medio dormido, medio envuelto en una manta— Si es otro meme mío con alas, juro que....

El teléfono se apagó. Todos los teléfonos del departamento se apagaron. El microondas pitó y murió.

—Eso no fui yo —dijo Elías de inmediato.

Confirmo,— añadió Eryom— Esto no es fuego.

La luz del living se volvió tenue, como si alguien hubiera bajado el brillo del mundo. Afuera, la ciudad seguía igual demasiado igual.

—Ok —murmuró Adrián— Eso es inquietante.

Una vecina del piso de abajo empezó a cantar. No mal. Perfecto.

—¿Ella no odiaba cantar? —preguntó Adrián.

—Odiaba todo —respondió Elías— Incluida la vida.

Asmodeodijo Eryom con un escalofrío— Este es su estilo nuevo.

La puerta del departamento se abrió sola.

—¡EH! —gritó Adrián— ¡Eso es invasión de privacidad demoníaca!

Un hombre entró o algo que parecía un hombre. Traje prolijo, sonrisa amable, ojos vacíos.

—Buenas noches —dijo— Solo quería preguntar si creen en el libre albedrío.

—No —respondieron los tres al mismo tiempo.

Elías suspiró.

—Detesto cuando intenta ser profundo.

El hombre dio un paso más y el aire se volvió pesado.

—No vine a pelear —dijo— Vine a convencer.

Las paredes comenzaron a mostrar reflejos que no estaban ahí: recuerdos, culpas, deseos. Adrián apretó los dientes.

—¡NO! —gritó— ¡Nada de terapia infernal sin consentimiento!

El poder reaccionó. No como explosión. Como rechazo. El demonio se deshizo como humo mal formado.

—Ok —dijo Adrián, respirando hondo— Eso fue nuevo.

Lo borraste sin tocarloobservó Eryom.

—Crecimiento personal —sonrió.

Mientras tanto, muy lejos del caos humano…

Miguel observaba los registros celestiales con el ceño fruncido.

—No hay corrupción —dijo, incrédulo.

Rafael cerró un libro antiguo.

—El Nefilim no se ha vuelto demonio —admitió— Ha cambiado.

Miguel apretó la mandíbula.

—Eso no debería ser posible.

—Y sin embargo lo es —respondió Rafael— Gabriel siempre fue una anomalía.

La luz del recinto se alteró. Alguien descendió.

—Arcángeles Miguel y Rafael —dijo una voz firme, equilibrada— Traigo órdenes del Padre.

Raguel se manifestó, severo pero sereno. Miguel inclinó la cabeza.

—Habla.

—Déjenlos vivir —dijo Raguel— Como una verdadera familia.

Rafael alzó la mirada, sorprendido.

—¿Incluso al Nefilim?

—Incluso a él.

Miguel respiró hondo.

—¿Y los Vigilantes?

La expresión de Raguel se endureció apenas.

—No permitirán que liberen a ninguno. Ni siquiera a Sariel.

El silencio cayó como una losa. Miguel cerró los ojos.

—Entendido.

Raguel los observó un instante más.

—El cielo ya ha cometido demasiados errores.

Y desapareció. En la Tierra, el caos seguía siendo extraño. Un bar entero se había quedado sin alcohol porque todo se volvió agua bendita.

—¡¿QUIÉN HIZO ESTO?! —gritó el dueño.

—No fui yo —dijo Adrián.

Elías levantó la mano.

—Ok, fui yo.

—¡¿POR QUÉ?!

—Tenía mala vibra.

Confirmoañadió Eryom— Muy mala.

De repente, una sombra se deslizó por el techo.

—Ahí está —dijo Adrián— El modo sigiloso de Asmodeo.

Una figura demoníaca cayó entre mesas, pero en lugar de atacar susurró.

—¿No les cansa ser buenos? —dijo— ¿No quieren descanso?

Adrián bostezó exageradamente.

—¿Podés ser más creativo? —preguntó— Este discurso ya lo escuché.

El demonio gritó… y se apagó, como una vela sin oxígeno.

El bar quedó en silencio.

—Ok —dijo Elías—. Esto se está volviendo personal.

Esa noche, de vuelta en el departamento, los tres estaban sentados en el piso.

—Entonces —dijo Adrián— El cielo nos deja vivir… pero no tocar a Sariel.

El silencio fue incómodo.

Eso no significa que yo vaya a rendirmedijo Eryom, firme.

Elías lo miró.

—Ni yo.

Adrián sonrió.

—Genial. Desobediencia familiar.

Se recostó hacia atrás.

—¿Qué sigue?

El aire tembló. Un susurro recorrió la habitación.

—La verdad —dijo una voz que no era del cielo ni del infierno— Y va a doler.

Los tres se miraron. Porque sabían una cosa: Asmodeo ya no quería destruirlos. Quería dividirlos. Y el cielo por primera vez no estaba seguro de tener razón.




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