—¿Sentís eso? —preguntó Adrián, deteniéndose en seco en medio de la calle.
Era tarde. Demasiado tarde para que el barrio estuviera despierto… y demasiado silencioso para que estuviera dormido. El viento no corría. Los carteles luminosos no parpadeaban. Incluso los perros callejeros habían desaparecido. Eryom se tensó dentro de él.
Sí. Pero no es poder bruto.
Elías levantó la vista al mismo tiempo. Sus ojos dorados se endurecieron.
—Nos están cerrando —dijo.
No hubo explosión. No hubo portales. La oscuridad simplemente decidió existir. Cayó como una manta espesa sobre la calle, doblando la luz, apagando los sonidos. Los edificios parecieron alejarse, estirarse, perder definición. La ciudad dejó de ser ciudad y se volvió un recuerdo mal enfocado.
—No se muevan —ordenó Elías— Esto no es.— Demasiado tarde.
El suelo desapareció bajo los pies de Adrián. No cayó. Fue tragado.
—¡ADRIÁN! —gritó Elías, lanzándose hacia él.
La sombra se cerró como una boca. Adrián sintió el impacto en el pecho, no físico, sino emocional. La oscuridad no lo empujaba ni lo hería: lo rodeaba, se filtraba como un susurro que sabía su nombre.
—Ah —resonó una voz conocida— Al fin solos.
Asmodeo no apareció. No lo necesitaba. La prisión se formó alrededor de Adrián como un espacio imposible: paredes sin forma, suelo que respiraba, un cielo inexistente. No había arriba ni abajo. Solo negrura viva, diseñada para pensar.
—Esto no es para vos —murmuró Adrián, llevándose una mano al pecho—. Lo sé.
La risa fue suave, casi amable.
—Nunca fue para ti, Gabriel —respondió la voz — Es para lo que amas.
La oscuridad cambió. Eryom gritó. No con sonido, sino con esencia.
No…..No, por favor....
Imágenes se desplegaron como heridas abiertas: Eryom desintegrándose, Sariel mirándolo con decepción, humanos muriendo mientras Adrián extendía las manos inútilmente.
—Todo esto es por ti —susurró la prisión— Siempre lo fue.
Adrián apretó los dientes.
—Mentira.
—¿Lo es? —insistió la voz— Elegiste ser humano y ahora el mundo paga el precio.
El dolor atravesó a Eryom como una lanza.
Gabriel… me está debilitando…
Adrián lo sintió al instante. Y algo dentro de él se negó.
—No —dijo con calma absoluta.
La oscuridad vaciló.
—No vas a tocarlo.
La presión aumentó. La prisión reaccionó, comprimiendo, atacando recuerdos, culpas, miedos que no eran suyos… y algunos que sí.
—Te vas a romper —susurró Asmodeo— Como todos.
Adrián cerró los ojos. Y eligió. No luchar. No huir. Recordar. La esencia de Gabriel despertó sin estruendo, sin luz cegadora. Despertó como una verdad que ya no podía esconderse. El cuerpo humano cedió y se adaptó..No se desintegró..Se sostuvo. Un escudo invisible envolvió a Eryom, absoluto, indestructible. La oscuridad chocó contra él una y otra vez… y no pudo atravesarlo.
—¿Qué… qué eres? —gruñó la prisión, por primera vez confundida.
—Soy el que elige —respondió Adrián— Incluso aquí.
El dolor no desapareció. Pero no avanzó. Muy lejos de allí, en la calle donde todo había comenzado, Elías cayó de rodillas. El fuego dorado se apagó de golpe.
—No —susurró— Gabriel…
La sombra retrocedió, frustrada. Los demonios que rodeaban el lugar dudaron. Asmodeo no los llamó. No los necesitaba.
Elías cayó inconsciente, pero no cayó visible. El fuego purificador reaccionó por instinto, envolviéndolo en un velo que distorsionó la percepción. Para cualquiera que mirara… no había nadie allí.
Un cuerpo oculto. Un arcángel dormido. Un aliado fuera del tablero. La oscuridad terminó de cerrarse. Adrián quedó solo. Con Eryom temblando, protegido por una luz que no podía verse pero sí sentirse.
—Tranquilo —susurró Adrián, aunque la prisión escuchaba— No voy a soltarte.
La risa de Asmodeo resonó, ahora más baja.
—Entonces quédate, Gabriel —dijo— Veamos cuánto dura tu luz sin nadie que te encuentre.
La prisión selló su forma..En la Tierra, la ciudad siguió girando sin saber que había perdido a su ángel. En la oscuridad, Gabriel abrió los ojos y por primera vez, la noche no supo qué hacer con él.