Y Eryom…..Eryom se estaba rompiendo. El Nefilim temblaba dentro de él como una llama expuesta a un viento constante, cruel, interminable. No gritaba por miedo a morir, sino por algo peor: el dolor de recordar cada error, cada culpa heredada, cada nombre borrado por el Diluvio.
No puedo…...No puedo sostenerlo más…
Adrián apretó los puños.
—No —dijo con firmeza, aunque la voz le tembló— No te vas a romper. No acá.
La prisión reaccionó. Las sombras se cerraron un poco más, como si el espacio mismo se encogiera. Imágenes surgieron de la nada: mares negros, cuerpos cayendo, alas desgarradas, Sariel encadenado mirando a su hijo con una tristeza insoportable.
—¡BASTA! —gritó Adrián.
La oscuridad rió. No con burla. Con paciencia.
—¿Ves? —susurró la prisión— No hace falta tocarte. Basta con esperar.
Eryom gimió, su esencia desgarrándose bajo un peso invisible.
Gabriel…..Yo… estoy fallando…
Adrián sintió el terror verdadero..No el miedo a la muerte, sino el miedo a perderlo.
—No me llames así —respondió, con voz rota— Soy Adrián. Tu amigo. Tu hermano, ¿me escuchás?
Algo se encendió No luz..Decisión. La esencia de Gabriel respondió como un latido profundo, antiguo, cada vez más fuerte. No explotó. No desató alas. Simplemente se afirmó..El escudo alrededor de Eryom se volvió absoluto. Indestructible. La oscuridad chocó contra él y retrocedió por primera vez. Muy lejos de allí, Asmodeo frunció el ceño.
—Interesante —murmuró, observando la prisión desde fuera del plano— Muy interesante.
Se inclinó hacia adelante, irritado.
—El Nefilim fue muy listo al elegir ocultarse dentro del arcángel Gabriel.
La prisión tembló. Asmodeo apretó los dientes.
—Pero no importa —continuó— El plan sigue en marcha.
Y mientras hablaba, el mundo ardía. En la gran ciudad, el caos se expandía como una mancha imposible de limpiar. Personas discutiendo sin razón, violencia sin origen claro, incendios que nacían de la desesperación. Demonios sutiles, casi invisibles, susurraban en oídos humanos cansados. Sin ángel. Sin escudo. La ciudad empezaba a quebrarse. En la prisión, Adrián lo sintió. Un tirón en el pecho. Un eco lejano de dolor humano.
—No —susurró— Esto es por mí…
La esencia de Gabriel se intensificó aún más, no por rabia, sino por urgencia. El cuerpo humano resistía, adaptándose segundo a segundo, como si hubiera sido preparado desde siempre para este momento. Pero Adrián sabía la verdad.
—Si seguimos acá — dijo, con voz quebrada— Si pasa más tiempo…
Eryom no respondió. No porque no quisiera. Porque el dolor lo estaba ahogando.
—Escuchame —dijo Adrián, acercándose como si pudiera abrazarlo desde dentro— No te elegí para perderte. No elegí esto para quedarme quieto.
La oscuridad se replegó un instante. No por derrota. Por inquietud. Asmodeo lo sintió.
—No —gruñó—. Todavía no.
Y en ese mismo instante, en un plano distinto, algo cruzó el umbral. Fuego. No violento. No destructor.. Fuego decidido.
Elías abrió los ojos en medio de una nada ardiente. Su forma humana tembló, pero no se deshizo. El fuego purificador lo sostuvo, marcando el camino como una cicatriz luminosa en la oscuridad dimensional.
—Ya basta —dijo, con una calma peligrosa— Nadie toca a mi familia.
La prisión de Asmodeo sintió la intrusión. Por primera vez desde su creación alguien estaba entrando.
Y no venía a negociar.