Adrián estaba de rodillas dentro de la prisión de oscuridad, aunque allí no existía suelo ni arriba ni abajo. El cuerpo humano temblaba sin romperse, adaptándose a una energía que crecía como un mar contenido detrás de un dique demasiado frágil.
Cada segundo Gabriel despertaba más. Y cada segundo Eryom sufría peor. El Nefilim ya no podía sostener palabras completas. Su esencia se contraía y se expandía como un corazón herido, desgarrado por recuerdos que no le pertenecían del todo: gritos antiguos, mares cerrándose sobre alas rotas, nombres borrados por decreto divino.
Me duele…...Me duele existir…
Adrián gritó. No hacia afuera. Hacia adentro.
—¡No te atrevas a soltarte! —rugió, con la voz quebrada— ¡No después de todo lo que sobreviviste!
La prisión reaccionó con crueldad refinada. Las sombras se clavaron en su conciencia, no como cuchillas, sino como verdades distorsionadas:
—Todo esto es culpa tuya.
—Si no hubieras elegido nacer humano…
—Si no lo hubieras protegido…
Adrián sintió el impacto físico por primera vez.
Sangre. Caliente. No de heridas externas, sino de una presión interna que comprimía órganos, huesos, nervios, intentando forzar al cuerpo humano a ceder. Pero no cedió. El dolor lo atravesó y fue absorbido. El cuerpo se adaptó. La carne aceptó la luz. Los huesos se reforzaron. La sangre vibró con una cadencia nueva.
Adrián respiró con dificultad, con lágrimas cayendo en una oscuridad que no podía beberlas.
—¿Ves? —susurró— Me está doliendo a mí también.
La prisión vaciló. Eryom sintió el cambio.
Tu cuerpo…..No se rompe…
—Porque no soy solo humano —respondió Adrián— Y tampoco soy solo arcángel.
Algo se afirmó. La esencia de Gabriel dejó de presionar hacia afuera y comenzó a organizarse. No alas. No luz cegadora. Estructura. Elección. El escudo que protegía a Eryom se volvió tan denso que la oscuridad comenzó a resbalar sobre él como agua sobre cristal. Muy lejos, observando, Asmodeo apretó los dientes.
—Esto no estaba previsto…
Y entonces el fuego llegó. No entró como invasión. Entró como sentencia..El plano se rasgó con un sonido que no era ruido, sino autoridad. La oscuridad se encendió desde dentro cuando una figura emergió envuelta en llamas blancas y doradas.
Elías ya no era humano..Su forma se elevó hasta alcanzar casi cinco metros de altura. El cuerpo humano se disolvió en una silueta de fuego contenido, firme, majestuosa. Dos alas inmensas se desplegaron detrás de él, cada pluma una línea viva de purificación. Los demonios que custodiaban la prisión reaccionaron tarde.
—¡URIEL! —rugió uno— NO TIENES....!
No terminó la frase. Uriel avanzó un solo paso. El fuego no explotó. Desapareció a los demonios. No hubo gritos prolongados, ni resistencia. Las entidades infernales se deshicieron al contacto, reducidas a cenizas conceptuales, borradas de la intención misma de existir.
Otros intentaron atacar. Uriel abrió las alas. El espacio se limpió. Las sombras retrocedieron como animales conscientes de estar frente a algo que no podían tocar.
—Esta prisión —dijo Uriel, con voz profunda, que resonó en todas direcciones— no fue hecha para retener verdad.
Clavó los ojos ardientes en la estructura misma del plano.
—Fue hecha para quebrar mentiras.
El fuego purificador se expandió en círculos concéntricos. No destruyó la prisión la desarmó. Cada símbolo infernal se apagó.
Cada susurro se silenció. Cada demonio restante fue reducido a nada con un solo gesto de las alas. Adrián sintió la presencia.
—Elías —susurró, agotado.
Uriel giró el rostro hacia él. Y el fuego se suavizó.
—Resiste un poco más —dijo— Ya voy.
La prisión tembló con violencia. Asmodeo gritó, por primera vez sin sonrisa.
—¡NO!
Pero era tarde. La oscuridad, por primera vez desde su creación, no dominaba el espacio. La luz no estaba luchando contra ella. La estaba reemplazando. Adrián sostuvo a Eryom con toda su voluntad, con toda su alma.
—No te suelto —dijo—. Aunque me cueste todo.
El cuerpo humano ardía pero no se consumía. Porque había sido preparado para ese instante. Y mientras Uriel avanzaba como un incendio consciente dentro de la dimensión prohibida, la prisión de Asmodeo empezó a comprender algo aterrador: no había encerrado a un ángel.
Había encerrado a alguien que eligió serlo.Y eso no podía quebrarse.