La prisión no tenía forma. No tenía paredes visibles ni cielo reconocible. Era un concepto: encierro. Un espacio tejido con castigo, diseñado no solo para retener cuerpos, sino para quebrar voluntades. Allí, el tiempo no avanzaba; se retorcía. El dolor no sanaba; se acumulaba. Adrián cayó de rodillas una vez más.
Su respiración era un hilillo irregular, pero algo había cambiado. Bajo la piel marcada por cicatrices antiguas heridas infligidas para humillarlo, para recordarle lo que era comenzó a arder una luz distinta. No era celestial. No era demoníaca. Era memoria. Las cicatrices del Nefilim empezaron a cerrarse lentamente, como si manos invisibles reescribieran su historia. La carne se regeneraba, los huesos dejaban de doler, y el peso que llevaba siglos oprimiéndole el pecho comenzó a ceder.
—Está… regresando —susurró Adrián, con voz rota— Mi fuerza… mi esencia…
Entonces ocurrió. Una grieta de luz atravesó la oscuridad. No fue violenta. Fue inevitable. El espacio se iluminó con un resplandor dorado que no pertenecía a ese lugar. Desde la espalda de Gabriel, aún atrapado entre la consciencia y el colapso, brotaron alas inmensas, formadas de luz viva, antiguas como la creación misma.
Las alas doradas del arcángel se desplegaron con solemnidad, llenando la prisión de un fulgor que obligó a la oscuridad a retroceder. Cada pluma era una promesa olvidada. Cada movimiento, una sentencia. Los ojos de Gabriel se abrieron. Ya no eran humanos..Eran celestes, profundos, autoritarios. Adrián alzó la vista, sobrecogido.
—Gabriel —susurró— Has despertado.
Gabriel respiraba con dificultad. Cada inhalación parecía costarle siglos.
—No completamente —respondió con una voz que resonaba en más de un plano— Pero lo suficiente… para terminar esto.
La prisión reaccionó. Cadenas de sombra surgieron del vacío, intentando envolverlos, sujetarlos, recordarles su lugar. Runas ardieron en un intento desesperado por restaurar el control. Adrián apretó los dientes y se puso de pie con esfuerzo.
—Si vamos a hacerlo —dijo— debe ser ahora.
No puedo sostener esta forma mucho más tiempo.
Gabriel dio un paso al frente. El suelo inexistente vibró bajo sus pies.
—No lo harás solo —dijo— Une tu voluntad a la mía.
Adrián dudó.
—Soy un Nefilim… —murmuró— Siempre fui lo que nadie quiso.
Gabriel lo miró, y en su mirada no hubo juicio.
—Eres lo que sobrevivió —respondió— Y eso basta.
Las manos de ambos se tocaron. Luz y sombra no chocaron. Se entrelazaron. La prisión gritó. No con sonido, sino con ruptura. Las runas se fragmentaron como cristal antiguo, las cadenas se disolvieron en polvo oscuro, y el concepto mismo del encierro comenzó a deshacerse.
—¡Ahora! —rugió Adrián, canalizando toda su esencia recuperada.
Gabriel desplegó las alas por completo. Un golpe de luz atravesó el vacío. Y la prisión dejó de existir. No hubo explosión. Solo ausencia. El espacio se abrió como una herida cerrándose al revés. El cuerpo de Gabriel cayó. Las alas aún lo sostenían mientras descendía hasta que unos brazos firmes lo atraparon en el aire. Uriel. Lo sujetó con fuerza, como si temiera que incluso el cielo pudiera arrebatárselo.
—Te tengo —dijo, con voz grave— No caerás ahora.
Gabriel respiraba entrecortado. La luz de sus ojos comenzaba a apagarse.
—Uriel — murmuró.
Las alas doradas empezaron a desaparecer, pluma por pluma, como si jamás hubieran pertenecido a ese mundo.
—Ayúdame… Uriel.
Fue lo último que dijo. Su cuerpo se relajó, inconsciente. Todo rastro de poder celestial se extinguió con él. Adrián cayó de rodillas, exhausto, pero consciente. Su cuerpo temblaba, aunque una nueva fuerza latía bajo su piel. No estaba completo pero estaba libre. Uriel miró a Gabriel en sus brazos, luego al Nefilim.
—La prisión cayó —dijo— Pero el precio aún no se ha cobrado.
Adrián alzó la mirada, con una expresión dura, lúcida.
—Lo sé —respondió— Porque alguien nos ha sentido.
En algún lugar más allá del tiempo, algo antiguo abrió los ojos. Y sonrió.