La luz regresó de a poco. No como un estallido, sino como un suspiro cansado que se permite existir después del dolor. Adrián despertó primero. Su cuerpo aún pesaba, pero ya no ardía. Las heridas que antes supuraban vergüenza ahora eran apenas sombras rosadas, cicatrices nuevas sobre piel que volvía a ser suya.
Gabriel seguía inconsciente. Uriel lo sostenía con una delicadeza que no coincidía con su fuerza. No se había movido desde que lo dejó recostado; vigilaba su respiración como si contara los segundos.
—No voy a perderte —murmuró— No después de todo.
Eryom, aún débil, respiraba con dificultad cerca de ellos. El Nefilim había recuperado la consciencia, pero no la estabilidad. Su poder latía de forma irregular, como un corazón que aprende de nuevo a marcar el ritmo. Uriel cerró los ojos. Y llamó. No con palabras. Con vínculo.
—Uriel —respondió una voz suave, serena, conocida— Te siento alterado.
Rafael.
—Necesito tu ayuda —dijo Uriel sin rodeos—
Gabriel está vivo, pero agotado. Y el Nefilim su esencia se reconstruye, pero está fracturada.
Hubo un breve silencio al otro lado del plano.
—¿Dónde están? —preguntó Rafael, con un dejo de preocupación que rara vez se permitía.
—Fuera de la prisión —respondió Uriel— Pero no fuera del peligro.
Rafael suspiró.
—Entonces haré lo único que puedo desde aquí.
La presencia de Rafael se intensificó.
—Te enviaré parte de mi poder de cicatrización. No es infinito..Ni inmediato.
—Bastará —respondió Uriel— Gracias, hermano.
—Cuídalos —añadió Rafael— Especialmente a Gabriel.mY a ese Nefilim no es lo que creen.
Antes de que Uriel pudiera preguntar más, el vínculo se transformó. La esfera violeta apareció flotando en el aire. No brillaba con arrogancia. Latía. Era pequeña, del tamaño de un corazón humano, y contenía una energía profunda, envolvente, antigua. La esencia sanadora de Rafael condensada en un fragmento consciente. Uriel extendió la mano. La esfera respondió.
—Primero Adrián —dijo en voz baja— Tu cuerpo fue el que más cargó.
Colocó la esfera sobre el pecho de Adrián. El violeta se abrió como una flor líquida, deslizándose bajo la piel, entrando en la carne, los huesos, la esencia misma del Nefilim. Adrián arqueó la espalda, jadeando.
—No… duele —dijo sorprendido— Se siente como descanso.
Las grietas internas se cerraron. El caos se ordenó. El poder dejó de desgarrar y comenzó a obedecer. Uriel retiró la esfera, ahora un poco más tenue.
—Ahora Gabriel.
Colocó la energía sobre el corazón del arcángel. Las alas no regresaron, pero algo más importante sí: la estabilidad. La luz celeste se reacomodó en su interior, sellando fisuras invisibles, anclando su esencia a su cuerpo humano. Gabriel respiró más profundo.
—Uriel —murmuró, sin abrir los ojos— Siempre llegas tarde.
Uriel sonrió por primera vez en mucho tiempo.
—Y tú siempre sobrevives para reprochármelo.
Por último, la esfera fue aplicada sobre Eryom. El Nefilim tembló. Su poder, antes desbocado, se alineó. No se redujo. Se centró. La esfera violeta se apagó lentamente, disolviéndose como ceniza luminosa.
—Eso es todo —susurró Uriel— El resto deberán hacerlo ustedes.
La vida continuó. De forma torpe. Imperfecta.
Gabriel despertó horas después exigiendo agua y preguntando por qué tenía que usar ropa humana tan incómoda. Adrián se burló de su dramatismo mientras intentaba caminar sin parecer que iba a desarmarse. Eryom, aún débil, se quejó de que nadie le había explicado que la libertad incluía responsabilidades.
—Quiero quejarme formalmente —dijo— Me prometieron caos, no convivencia.
Uriel los observó discutir y por un instante, permitió que la paz existiera..Incluso rieron. Por primera vez en mucho tiempo..Pero esa noche…
Mientras Gabriel dormía profundamente y Adrián recuperaba fuerzas, Uriel sintió algo..Un tirón. Leve. Insidioso. Como una garra acariciando el borde de la realidad. Muy lejos de allí, en el lugar donde las prisiones no se rompen sino que se recuerdan, una voz resonó:
—Sanaron qué conmovedor.
Ojos se abrieron en la oscuridad.
—Ahora vendrá el verdadero cobro.
Uriel abrió los ojos de golpe. Y supo, con una certeza helada, que la paz que habían ganado
solo era prestada.