Los Hijos Del Olvido

Manual de convivencia para arcángeles

El primer indicio de que algo había cambiado para siempre fue la cafetera.

—¿Por qué está flotando? —preguntó Adrián, con absoluta calma.

La cafetera, obediente a ninguna ley conocida, giraba lentamente en el aire, sirviendo café sola con una precisión impecable.

—No la mires así —respondió Elías desde la cocina— Te sentís tranquilo y la tecnología lo percibe.

Eso explica por qué el microondas cantaañadió Eryom.

El microondas, en efecto, emitía una melodía suave, casi de cuna.

—Perfecto —suspiró Adrián— Arcángel completo, nefilim restaurado y ahora electrodomésticos sensibles.

Uriel sonrió apenas.

—Bienvenido al despertar total, Gabriel.

Adrián se tensó.

—No empieces con eso.

—Es inevitable —dijo Uriel—. Tu cuerpo ya no está adaptándose. Está alineado.

Y es se notaba. El entrenamiento ahora era distinto. Más intenso. Más peligroso. Y, por razones inexplicables, mucho más caótico.

—Bien —dijo Uriel, cruzándose de brazos en la azotea— Hoy vas a canalizar poder completo sin dañar el entorno.

—¿Qué entorno? —preguntó Adrián—. ¿El que explota cuando me enojo o el que se derrite cuando me frustro?

—El que sobrevive —respondió Uriel.

Adrián respiró hondo. Centró la energía. El aire vibró. Las nubes se apartaron como si pidieran permiso. Los teléfonos del barrio perdieron señal. Un dron cercano se arrodilló en el aire y cayó suavemente al suelo.

—¡EH! —gritó un vecino desde abajo—. ¡Eso es nuevo!

—¡Perdón! —respondió Adrián—. ¡Entrenamiento espiritual!

Eso no tranquiliza a nadie, — comentó Eryom.

Uriel levantó una ceja.

—Otra vez.

Adrián cerró los ojos. Pensó en control, no en fuerza. Las alas de luz reales, completas, majestuosas no se manifestaron, pero su sombra sí: perfecta, nítida, obediente. Diez metros de alas proyectadas sobre el concreto… sin un solo temblor.

—Bien —asintió Uriel—. Eso es Gabriel despierto sin perder a Adrián.

Adrián abrió un ojo.

—¿Eso fue un cumplido?

—No te acostumbres.

La sanación de Rafael había sido… incómoda.

—¿Podrías no mirar así? —le dijo Adrián, recostado mientras una luz suave recorría su cuerpo— Me siento como si me estuvieran actualizando el sistema operativo.

—Eso es exactamente lo que estoy haciendo —respondió Rafael, sin humor— Y no te muevas.

Eryom sintió la restauración como un abrazo imposible: su esencia, antes herida y temblorosa, ahora entera, estable, brillante.

Estoy completo, — murmuró, incrédulo.

—Lo estás —dijo Gabriel—. Y no pienso dejar que vuelvas a romperte.

Desde entonces, la unión entre ambos era perfecta..No invasiva. No dominante. Sincronizada. Cuando Eryom se concentraba, los ojos de Adrián adquirían destellos dorados. Cuando Gabriel tomaba el control, la luz celeste se imponía pero sin borrar al otro. Uriel observaba eso con atención silenciosa.

—Esto no debería existir —admitió una noche—. Y sin embargo… es lo más estable que he visto desde la creación.

—Somos talentosos —sonrió Adrián— Multiplano.

Pero Asmodeo no se había ido. Se sentía en detalles mínimos:

  • anuncios publicitarios que mostraban mensajes demasiado precisos,
  • sueños colectivos de miedo en el barrio,
  • discusiones que estallaban sin razón… y se apagaban cuando Adrián pasaba cerca.

—Está probando —dijo Uriel—. Ya no ataca. Observa.

Busca fisuras emocionales, añadió Eryom.

—Mala suerte —respondió Adrián— Estamos emocionalmente agotados, no rotos.

La tecnología, sin embargo, sufría. Cuando Adrián se reía, las luces del edificio parpadeaban como en fiesta. Cuando se entristecía, los celulares se quedaban sin batería. Cuando se enojaba… internet caía en tres manzanas a la redonda.

—¡ADRIÁN! —gritó Elías una tarde—. ¡Acabas de tirar la red del edificio!

—¡ESTOY PROCESANDO TRAUMAS! —respondió él desde el living.

Uriel negó con la cabeza.

—Miguel jamás habría permitido esto.

—Por eso no eligió ser humano —replicó Adrián— Yo sí.

El silencio que siguió fue respetuoso. Esa noche entrenaron juntos.

Gabriel.
Uriel.
Eryom.

Un triángulo imposible. La energía fluía sin resistencia. El aire era claro. El barrio dormía mejor sin saber por qué. Pero en algún lugar, muy lejos de allí, Asmodeo observaba.

—Despierto completo — murmuró, con una sonrisa peligrosa — Sanado. Acompañado.

Apretó los dedos.

—Excelente.

Porque ahora sí valía la pena destruirlo todo. Y esta vez, no vendría por la fuerza. Vendría por lo único que Gabriel aún no había aprendido a proteger del todo: su corazón humano.




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