Los Hijos Del Olvido

Sonríe: el infierno también tiene Wi-Fi

El primer indicio de que algo iba muy mal fue el cajero automático.

—Me rechazó la tarjeta —dijo Adrián, mirando la pantalla con ofensa personal— Tres veces.

El cajero pitó, parpadeó y mostró un mensaje nuevo:

SALDO INSUFICIENTE. ARREPIÉNTETE.

—Eso no es un mensaje estándar —murmuró Elías, ajustándose la campera— Eso es demoníaco.

Confirmodijo Eryom con fastidio— Los demonios financieros son los peores.

El cajero escupió la tarjeta y, durante un segundo incómodo, sonrió. Una sonrisa pixelada, torcida, apenas perceptible.

—Ok —dijo Adrián— O estoy alucinando o el capitalismo acaba de invocarse.

La gente alrededor estaba rara. No violenta. No histérica. Irritada. Una irritación sorda, constante, como si el mundo entero estuviera teniendo un mal día sincronizado. Un hombre discutía con una farola..Una mujer lloraba porque su celular no reconocía su huella digital. Un adolescente pateaba una papelera mientras gritaba:

¡NADIE ME ENTIENDE!

—Influencia emocional a baja frecuencia —dijo Elías— Demonios camuflados.

Y bien escondidos añadió Eryom— Están disfrutando esto.

—Genial —suspiró Adrián— ¿Dónde? ¿La cafetería de la esquina? ¿El gimnasio? ¿Una oficina de seguros?

Elías cerró los ojos.

—La tienda de electrónica.

—Siempre lo supe —asintió Adrián— Nadie sonríe sinceramente ahí.

La tienda estaba llena.. Demasiado llena. Las pantallas mostraban noticias repetidas con titulares levemente alterados:

TODO ESTÁ MAL.”
“NADIE TE VA A AYUDAR.”
“CONFÍA EN TU PEOR IMPULSO.”

—Eso definitivamente no es programación humana —dijo Adrián.

Un vendedor se acercó. Sonrisa perfecta. Ojos apagados.

—¿Buscan algo en especial?

Elías lo miró fijo.

—Sí. Tu esencia.

La sonrisa se quebró. El aire se tensó. La tecnología reaccionó como un animal nervioso: celulares vibrando solos, parlantes encendiéndose con estática, luces que se oscurecían y volvían a encenderse al ritmo de un pulso infernal.

—¡Cierren la tienda! —gritó alguien.

Demasiado tarde. El vendedor estiró la mano y su sombra no lo imitó. Se alargó, se deformó, mostrando cuernos, alas membranosas, una boca que no estaba donde debía.

—Ángeles —dijo la cosa con voz múltiple— Qué honor.

—¿Ves? —susurró Adrián— Siempre es la tienda de electrónica.

La energía chocó. No como explosión. Como cancelación. La influencia demoníaca se estrelló contra la presencia de Gabriel y falló. Los monitores se apagaron de golpe. Los parlantes quedaron mudos. El silencio fue tan abrupto que dolió.

—¡ADRIÁN! —gritó Elías—. ¡Menos emoción, más precisión!

—¡ME ESTÁ MIRANDO RARO!

Eso no es rarocomentó Eryom— Eso es hambre.

El demonio avanzó, y con él, la gente. No poseída. Empujada. Emocionalmente alterada, furiosa sin saber por qué.

—¡NO LOS LASTIMES! —ordenó Adrián.

—¡ENTONCES APÚRATE! —replicó Elías.

Uriel dejó escapar el fuego purificador, controlado, elegante incómodamente hermoso. No quemó a las personas. Quemó la influencia. El aire se limpió como una habitación después de abrir las ventanas. El demonio chilló.

—¡NO PUEDEN HACER ESTO! ¡ESTÁMOS CAMUFLADOS!

—Y nosotros tenemos mala paciencia —respondió Adrián.

El poder celestial descendió sin alas visibles. Solo presencia. El demonio fue comprimido, despojado de su máscara humana como si nunca hubiera existido.

Desapareció..La gente parpadeó.

—¿Qué pasó? —preguntó una señora—. ¿Por qué estaba tan enojada?

—Ofertas engañosas —dijo Adrián— Pasa todo el tiempo.

Salieron de la tienda justo cuando el Wi-Fi del barrio volvía a la vida.

—Uno menos —dijo Elías— Pero no era el único.

—Nunca lo son —respondió Adrián.

Asmodeo está probando otra táctica murmuró Eryom— Infiltración emocional. Tecnología como amplificador.

—Qué original —ironizó Adrián—. El infierno descubrió los algoritmos.

No llegaron a la esquina. Una cafetería explotó en aplausos espontáneos. Gente riendo sin razón. Excesivamente feliz. Demasiado feliz.

—Uh no —dijo Elías— Ese es el otro extremo.

Entraron. El barista los saludó con lágrimas de alegría.

—¡LA VIDA ES HERMOSA! —gritó—. ¡LOS AMO A TODOS!

—Eso es demoníaco —dijeron los tres.

La entidad emergió detrás de la máquina de café, envuelta en azúcar, euforia y dopamina artificial.

—¡ÁNGELES! —canturreó—. ¡VENGAN! ¡ABRÁCENME!

—¡NO! —gritó Adrián—. ¡NO ME TOQUES!

La energía chocó otra vez. Tecnología colapsando.
Emociones revirtiéndose. La felicidad falsa derritiéndose como caramelo. Uriel selló a la entidad con fuego suave.
Gabriel estabilizó el entorno. Eryom sostuvo la barrera. El demonio se disolvió con un suspiro decepcionado.

—Arruinaron la vibra —se quejó antes de desaparecer.

Silencio. La gente volvió en sí.

—¿Qué pasó? —preguntó alguien.

—Promoción de azúcar —respondió Adrián— Muy agresiva.

Caminaron de regreso al departamento.

—¿Te das cuenta? —dijo Elías— Antes venían con garras. Ahora vienen con sonrisas.

—El mal madura —respondió Adrián— Como el trauma.

Y como nosotros — añadió Eryom.

Las luces del edificio parpadearon y se estabilizaron.

—Seguimos siendo nosotros —sonrió Adrián— Solo que más raros.

Elías se rió.

—Y el infierno sigue subestimando el humor humano.

Muy lejos, observando desde una pantalla que no era pantalla , Asmodeo apagó la imagen.




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