Los Hijos Del Olvido

Corriente Alterna

El timbre de la técnica sonó como una descarga mal calibrada. Adrián ya estaba tenso antes de cruzar la puerta del taller de electrónica. Lo sentía en los hombros, en la mandíbula apretada, en la presión constante detrás de los ojos. Había dormido mal. Otra vez. Las sombras de Asmodeo no lo dejaban tranquilo ni siquiera cuando estaba despierto, y Gabriel… Gabriel estaba inquieto. Demasiado inquieto.

Las mesas largas del taller estaban cubiertas de placas, cables, soldadores, multímetros y fuentes de poder. El olor a estaño caliente y polvo metálico solía tranquilizarlo. Ese día, no. Apenas puso un pie dentro, una lámpara fluorescente parpadeó con violencia y se apagó de golpe.

—Genial —murmuró Adrián— Empezamos bien.

El profesor todavía no había llegado. Sus compañeros charlaban, se reían, se empujaban entre sí. Nada fuera de lo normal. Excepto que un taladro se encendió solo en la otra punta del aula y comenzó a girar en vacío, chillando como un animal herido.

—¿Quién tocó eso? —gritó alguien.

Adrián cerró los ojos un segundo.

Respiráintentó decirse.

No es el taladro —dijo Gabriel, desde lo profundo de su conciencia— Sos vos.

—Lo sé —respondió Adrián en voz baja, fingiendo acomodar su mochila— No ayuda que lo digas así.

El taladro se apagó. Dos placas electrónicas chisporrotearon al mismo tiempo. Un multímetro marcó valores imposibles.

—Che, ¿esto anda mal o soy yo? —preguntó un compañero.

Es Gabriel —susurró el Nefilim con calma— Está alterando el campo.

¡Lo estoy intentando controlar! —protestó Gabriel, nervioso— Pero este lugar está lleno de metal, corriente, circuitos todo amplifica.

Una caja de tornillos salió volando de una mesa y se desparramó como una lluvia metálica. Silencio. Todos miraron a Adrián.

—Eh… electricidad estática —improvisó él— Pasa cuando hay humedad.

—Pero no llovió —dijo otro.

—Humedad emocional —agregó Adrián, y enseguida se arrepintió.

El Nefilim suspiró.

Te toca calmarte o esto va a terminar con el taller incendiado.

—Gracias por la imagen mental —gruñó Adrián.

El profesor llegó justo a tiempo para evitar que un osciloscopio comenzara a emitir un pitido agudo que hacía doler los dientes. Dio las consignas, repartió trabajos prácticos y el caos tecnológico pareció estabilizarse. Por cinco minutos.

Cada vez que Adrián se concentraba demasiado en no pensar en demonios, en Asmodeo, en las amenazas constantes, algo fallaba. Un soldador se sobrecalentó. Un cable se fundió sin explicación. Una fuente de poder explotó con un pop ridículo que llenó de humo la mesa de al lado.

—Che, Adrián, ¿vos estás bien? —le preguntó una compañera.

—Sí —mintió— Solo cansado.

Gabriel temblaba dentro de él.

No puedo mantener la calma —confesó— Este mundo es demasiado frágil.

Entonces, una presencia distinta se hizo sentir. Firme. Estable. Cálida.

Gabriel —dijo Uriel, con voz grave y serena— Respirá conmigo.

El temblor disminuyó un poco.

No estás solo —continuó Uriel— Yo sostengo. Vos sentís. Adrián necesita que bajes la intensidad.

Lo intento —respondió Gabriel, avergonzado— Pero tengo miedo.

— El miedo no se combate con fuerza —dijo Uriel— Se atraviesa con calma.

Adrián apoyó ambas manos sobre la mesa, respirando profundo. Por un momento, las herramientas obedecieron. El taller volvió a sonar como un taller y no como una central eléctrica poseída.

Hasta que el estruendo llegó desde el pasillo..Un golpe seco. Un grito. Luego otro. Y después disparos. El sonido fue inconfundible. El profesor reaccionó tarde.

—¡Todos al suelo!

La puerta del taller se abrió de golpe. Tres hombres armados entraron gritando, con pañuelos cubriéndoles el rostro. Uno disparó al techo. El vidrio estalló. Pánico inmediato. Alumnos corriendo. Gritos. Mesas volcadas. Adrián sintió cómo el mundo se ralentizaba.

No —susurró Gabriel—. No acá.

Tranquilo —intervino Uriel—.Adrián, escuchame. Vas a desviar, no a detener. Discreto. Preciso.

Las balas comenzaron a cruzar el aire. Adrián se movió instintivamente. Una bala que iba directo a un chico rebotó contra una pinza metálica que cayó casualmente desde una mesa. Otra se desvió al impactar contra una bandeja de acero que alguien había dejado mal apoyada.

Nadie lo notó. Nadie podía. El Nefilim ayudaba, ajustando trayectorias mínimas. Gabriel contenía la energía, transformándola en interferencias casi imperceptibles. Un proyectil se incrustó en una pared justo donde Adrián había estado un segundo antes.

—¡Gabriel! —jadeó—. ¡Te dije que te calmes!

Estoy calmado —respondió él, con voz tensa— Esto es precisión bajo presión.

Uriel sostuvo el equilibrio como un pilar invisible.

—Falta poco —dijo— Ya vienen las sirenas.

Y así fue. El caos duró minutos que parecieron horas. Cuando la policía finalmente irrumpió, los delincuentes huyeron. Nadie resultó herido de gravedad. Nadie entendía cómo. Adrián estaba temblando cuando los sacaron del edificio. Apenas cruzó la puerta de la técnica, las piernas le fallaron.

—¡Adrián!

Elías estaba ahí. Adrián no pensó. Simplemente se lanzó hacia él, enterrando el rostro en su pecho, aferrándose como si el mundo todavía estuviera cayéndose.




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