Los Hijos Del Olvido

Manual Básico para NO Destruir el Mundo (Fallido)

El reposo duró exactamente doce minutos. Doce gloriosos minutos en los que Adrián estuvo tirado boca arriba en la cama, mirando el techo, intentando convencerse de que el mundo humano seguía en pie, que la técnica no había explotado y que nadie había notado que las balas no deberían haberse desviado solas. En el minuto trece, la lámpara del techo empezó a parpadear.

—No —dijo Adrián sin moverse— No, no, no. Hoy no.

La lámpara explotó con un pop seco y dejó el cuarto en penumbra.

Fue mínima —se defendió Gabriel de inmediato— Apenas un residuo de tensión.

—Eso era una lámpara —gruñó Adrián— No un demonio.

La electricidad también siente miedo —agregó el Nefilim, con total seriedad— Empatiza.

Adrián se cubrió la cara con el brazo.

—Necesito algo normal. Algo que no involucre alas, sellos ni Asmodeo.

Como si el universo escuchara solo para burlarse, el celular vibró.

Elías: ¿Querés salir un rato? Helado. Plaza. Nada raro.

Adrián sonrió apenas.

—Sí —susurró— Helado. Normalidad.

Gabriel dudó.

No sé si es buena idea.

—Vos no salís —replicó Adrián— Vos sentís desde adentro.

Eso no me tranquiliza —murmuró Gabriel.

Uriel apareció como una presencia firme y serena.

Salir es correcto —dictaminó— El encierro amplifica el caos.

—Gracias, hermano —dijo Adrián— ¿Ves? Uriel confía.

Confío en vos —aclaró Uriel—. No en Gabriel.

—¡Ey!

Helado, caos y señales del infierno

La heladería estaba llena. Niños, parejas, ruido, cucharitas golpeando vasos de plástico. El ambiente era humano. Adrián respiró hondo.

—Esto está bien —dijo— Esto es bien.

Se sentaron. Elías pidió por los dos. Chocolate amargo para Adrián. Limón para él.

—Estás pálido —observó Elías—. ¿Seguro que estás bien?

—Sí —mintió Adrián con una sonrisa—. Solo cansado.

Gabriel se tensó.

Hay algo raro.

Siempre hay algo raro —respondió el Nefilim— La diferencia es si va a intentar matarnos.

La cuchara de Adrián se dobló lentamente.

—¡NO! —susurró—. Gabriel, controlate.

No fui yo —respondió él, nervioso— Fue el freezer.

El freezer empezó a emitir un zumbido grave. Las luces del local parpadearon.

—Che —dijo alguien— ¿Siempre hace eso?

—Nueva tecnología —improvisó Adrián— Sustentable.

El Nefilim suspiró.

Mentir no es tu fuerte.

Uriel intervino con calma.

—Gabriel, bajá la frecuencia. Estás alterando el campo.

Lo intento, pero… — Gabriel se quedó en silencio— Hay algo más.

El helado de limón de Elías se congeló por completo.

—Ok —dijo Elías lentamente— Esto no es normal.

En ese momento, un hombre entró al local. Alto. Demasiado rígido. Sonrió pero sus ojos no acompañaron.

Gabriel lo sintió de inmediato.

—Demonio menor —susurró— Explorador.

—¿Por qué siempre aparecen cuando estoy comiendo? —se quejó Adrián.

Prioridades cósmicas —dijo el Nefilim.

El demonio avanzó. Cada paso hacía vibrar las cucharas.

—Tranquilo —murmuró Uriel— Discreto.

Adrián se levantó de golpe.

—Voy al baño.

El demonio giró la cabeza hacia él. Mal movimiento. Adrián tropezó a propósito. El vaso de helado salió volando y cayó justo en la cara del demonio. Un splash perfecto. Silencio.

—¿Qué? —gruñó la criatura, limpiándose la cara.

—Perdón —dijo Adrián— Piso resbaloso.

El Nefilim intervino, manipulando mínimamente el entorno. El freezer explotó en vapor frío. El demonio retrocedió, desorientado.

—¡Alarma de gas! —gritó alguien.

Caos humano. El demonio intentó huir pero chocó contra una puerta que casualmente se trabó. Gabriel concentró la energía en una interferencia mínima. El demonio se desvaneció, expulsado sin que nadie notara nada. Silencio otra vez. Elías miró a Adrián.

—¿Esto pasa seguido?

Adrián respiró hondo.

—Menos de lo que debería.

La calma después del absurdo

Caminaron de regreso en silencio. Adrián temblaba. No de miedo inmediato, de agotamiento.

—Estoy cansado, Elías —confesó— Cansado de fingir que todo es normal.

Elías se detuvo y lo abrazó sin decir nada. Gabriel se replegó, avergonzado.

—Lo siento.

Uriel apoyó su presencia con firmeza.

—Lo estás haciendo bien —dijo—. Pero no podés cargar con todo solo.

El Nefilim agregó:

Y claramente no podemos dejarte comer helado en paz.

Adrián rió, agotado, con la frente apoyada en el hombro de Elías.

—Prometeme algo —pidió.

—¿Qué cosa?

—La próxima vez pedimos delivery.

Elías sonrió. A lo lejos, una sombra observaba desde un techo. Asmodeo.

—Interesante —murmuró— Muy interesante.

El juego recién empezaba.




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